De Edgar Allan Poe a Juan José Castelli: el inesperado viaje teatral de Juan Manuel Correa

Por: Belauza

Después de interpretar al escritor estadounidense, el actor se pone en la piel del “orador de Mayo” en la obra "Castelli, el rayo". En el proceso encontró una historia que lo terminó transformando.

Hay actores y obras que se buscan. O al menos eso parece cuando se revisan las trayectorias de algunos y algunas que, a veces, como en el caso de Juan Manuel Correa, coinciden en la dirección: en este caso, la de Castelli, el rayo, que los miércoles se presenta en Hasta Trilce. El también docente, que se formó en Puesta en Escena en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD) y realizó un posgrado en Artes Escénicas en la UNA, venía de Goethe y de Edgar Allan Poe, cuando Lía Salas, autora de Castelli, el rayo, lo vio y lo esperó a la salida para decirle -afirma Correa- que quería que él, y no otro, fuera el prócer de la Revolución de Mayo sobre el que había construido una dramaturgia.

-¿Castelli llegó a vos más que vos a Castelli?

-Castelli llegó a mí. La autora, Lía, me vio en varias oportunidades actuando. La última vez me recordaba viéndome hacer Israfel, donde yo encarnaba a Edgar Allan Poe. Me esperó a la salida y me dijo directamente: «Quiero que seas mi Castelli». Le respondí que me encantaba la idea, aunque conocía poco del personaje, pero que me atraía meterme en ese tema. No me equivoqué al sentirme encantado al principio; después profundicé y confirmé que valía la pena. Llegó la obra y, cuando se alinearon los tiempos y las ganas, lanzamos Castelli, el rayo. Este proyecto surgió después de Fausto. Primero cumplí mi compromiso con el Centro Cultural de la Cooperación para estrenar Fausto en la sala Leonidas Barletta. Una vez que eso tomó vuelo en Buenos Aires, a partir de marzo empezamos a trabajar en Castelli. Y así lo hicimos.

-¿Modificaste el texto original de la autora?

-Sí, siempre con mucho respeto. Lía me propuso ser su Castelli. Entonces llamé a un director con el que venía trabajando -habíamos trabajado muy bien con Severino, el infierno tiene nombre-, Mariano Docena, y empezamos a plantearlo: Mariano en la dirección, yo como Castelli y luego armar el equipo. Sin embargo, las agendas y la velocidad de los proyectos complicaron la coincidencia. Las funciones ahora son menos frecuentes (una vez por semana o cada quince días), lo que hace que el trabajo entre obra y obra sea intenso y fragmentado. Así que me tomé la osadía de decirle a Lía que asumiría la dirección y la actuación simultáneamente. La dirección requiere un trabajo previo de visualización de los bocetos. Y, como actor y director, tenía mis pinceladas iniciales. Pero fue necesario el trabajo práctico en escena con un asistente de dirección y compañeros experimentados para encontrar el punto justo.

-¿Ahí empezaron los cambios?

-Sí, le pedí permiso a Lía para retocar el texto. Pasar de la literatura y la poesía a la escena es un salto importante. Una cosa es la obra escrita y otra la obra viva: los ritmos, la fuerza poética para que el gesto no sea redundante y la puesta en escena rescate la «perla» que late en el texto.

-¿Qué cambios específicos introdujiste?

-Trabajé con Rubén de León para reversionar el texto sin alterar la estructura original. Le propuse hacer la obra coral, que las mujeres tuvieran mayor presencia y que el bibliotecario, que aparecía de forma monologal, interviniera más. Lo convertí en un relator que guía la escena, como un «doble plano» que rescata la fiebre de Castelli. Y también profundicé en la historia de amor y el contexto humano. La autora se basó en varios libros: La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera; investigaciones de historiadores como Julio César Chávez, quien detalla la experiencia de Castelli desde Buenos Aires hasta su actuación en el norte en busca de la independencia en América; y el trabajo de Fabio Wasserman, que es uno de los investigadores que más saben de Castelli, por no decir que es quien más sabe. Entonces hice más hincapié en la historia de una esclava que Rivera llama Belén, con la que Castelli tiene una relación y a quien busca antes de ser preso porque la habían vendido y no sabía a quién, para liberarla. También en su mujer, que lo acompaña en la campaña y con quien discute entre quedarse a cuidar a la familia o ir a liberar América. Y, crucialmente, incorporé a Juana Azurduy. Cuando lo persiguen, es recibido en la chacra de Juana, y él enciende una llama en ella: la impulsa, y ella se convierte en una de las mayores generalas que conocemos. Es una hermandad entre una esclava negra, una patricia y un hombre revolucionario que impulsa el deseo de igualdad y justicia.

-¿Por qué considerás que la figura de Castelli y el rol de las mujeres en la historia han estado tan ocultos?

-Porque estos relatos vienen a cuestionar privilegios de cientos de años. El patriarcado es una estructura transversal del poder que se defiende casi como una herencia de sangre. Cualquier movimiento que intente romper o desarticular ese orden es corrido o silenciado por temor a que se destruya la estructura corporativa. Y esos status quo se defienden casi como una herencia de sangre. Quizás desde el punto de vista de las etnias -los negros, los asiáticos, digo-, hay algo de eso que se configura un poco más. Pero, en definitiva, no cambió mucho la foto, o no sé si cambió tanto la de otrora y la actual. Estamos en una especie de ilusión según la cual creemos que ahora somos mejores que antes, pero no somos tan buenos. Hoy, si miramos las fotos de los líderes mundiales, la mayoría siguen siendo varones. Aunque hay evoluciones, la foto no cambió tanto. Pensamos que somos mejores que antes, pero en muchos aspectos seguimos igual o peor. Sin embargo, siempre hay esperanza en las nuevas generaciones.

-¿Cómo invitarías al público?

-Vengan a Castelli, no para conocer datos históricos fríos, sino para conocer un corazón, emociones y ritmos. Hay música en vivo a cargo de Kirill y un equipo increíble. Son un pensamiento y un sentimiento vivos que dialogan desde ayer con el hoy. Nos invitan a pensar en qué tipo de territorio queremos construir, no solo en nuestro hogar, sino en la ciudad, la provincia, el país y el continente. Esa discusión sigue viva. Y en Castelli, el rayo se vive esa experiencia.

Castelli, el rayo

Autora: Lía Salas. Elenco: Juan Manuel Correa (Juan José Castelli), Juan Fernando Martín (Bibliotecario), Gabriela Pastor (Juana Azurduy), Alejo Mango (Deán Funes), Julieta Carpentieri (María Rosa Lynch), Rafaela Isadora Rivas (Belén). Músico en vivo: Kirill Odoevsky. Vestuario y escenografía: Paula Molina. Dirección: Juan Manuel Correa. Duración: 65 min. Miércoles a las 21 en Teatro Hasta Trilce (Maza 177, Buenos Aires).

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