La demanda de escucha se agudiza en un escenario de atomización social. El modelo necesita individuos, autoexigencia, disciplinamiento y la escuela surge como el ámbito contracultural donde todavía se pueden reunir los fragmentos.

Muchos diálogos con jóvenes desde la pandemia para acá derivan por lo general en una demanda común: “Necesitamos atención en salud mental”. En parte tienen razón. Los servicios de salud mental públicos históricamente fueron (y son) escasos. Poner este tema en la agenda política como lo hacen las y los jóvenes debería movilizar a la dirigencia (sensible). En territorios como la provincia de Buenos Aires, promovió respuestas concretas desde el Estado, como el Programa para adolescentes “La salud mental es entre todas y todos”. Mientras, el Estado nacional reacciona como lo viene haciendo: rompamos la ley de salud mental, rompamos la ley de educación nacional. La justicia social es una aberración. Rompamos todo. De hacer ni hablar.
La sociedad está rota se escucha y es una expresión palpable de lo que se propuso el neoliberalismo desde su origen: no se necesita sociedad, sólo individuos, a lo sumo familias. Pero en este tiempo las familias están quebradas y los individuos también. Vivimos en un sistema diseñado para agotarnos como forma de disciplinarnos. No es necesaria la vigilancia externa, sólo la propia autoexigencia para sobrevivir nos disciplina, nos roba el ocio, el descanso pero también la palabra. Nos roba el lenguaje y con ello la posibilidad del vínculo. Se nos roba la Ley y se disparan las violencias. Es todos contra todos. Los autopercibidos fuertes son débiles ante otros más fuertes, y la crueldad es el ensañamiento contra los débiles. Los despreciados a su vez desprecian para sentirse menos humillados, para reafirmarse en su identidad.
Vivimos un modelo de sociedad archipiélago que se traduce en hogares archipiélagos. No importa la cantidad de ambientes que tenga una casa, podemos compartir un único ambiente entre varios, estando todos conectados y a la vez profundamente aislados. Nada nuevo de unos años a esta parte. El triunfo del neoliberalismo se expresa en la ruptura del lazo social, la entronización del individualismo extremo y en la economía familiar como herramienta de disciplinamiento social y moral.
Volvemos a Federica entonces y la preocupación de sus “viejos” porque la guita no alcanza, esa preocupación que no les permite “escucharla”. Una sociedad endeudada para sobrevivir que encuentra la respuesta del día a día en la nueva deuda para pagar la deuda anterior. Cadenas de deudas y de culpas. Disciplinamiento cruel de las finanzas hogareñas. Sentirse responsable por no poder romper el círculo, por vivir la pesada experiencia de que el esfuerzo cotidiano desmedido no tiene correlato en la posibilidad, ya ni siquiera de la mejora de la vida cotidiana, sino de la mera sobrevivencia. No hay dinero que retribuya el agotamiento. Dicen las noticias que el promedio de días que aguanta un sueldo es de catorce.
La procesión va por dentro. Corroe. Erosiona la autoestima, rompe la confianza. Si sos autor de tu propio éxito, porque tenés la libertad de elegir tu camino, entonces sos también responsable de tus fracasos. Sistema que te desprecia y humilla. ¿Tiempo para escuchar qué y a quién en estas condiciones? No hay derivación del malestar en acción política. La ruptura del lazo es también eso. Despolitizar los vínculos y el enojo, la bronca. No hay estallido, como advierten Gago y Bartolotta son tiempos de “implosiones” El conflicto es interior y doméstico. Las autolesiones aumentan y los suicidios adolescentes ya son la segunda causa de muerte joven en nuestro país.
La esfera pública es cada más privada. En todos los sentidos. Lo privado es más individualizado. La soledad de la habitación, paradoja ficticia de los pibes y pibas cuidados de los “peligros externos”, conectados a quien sabe qué o con quién, hasta que se les cierran los ojos. El peligro del repliegue sobre sí en un mundo que funciona al ritmo del miedo. En esta sociedad fragmentada y fuertemente individualizada y privatizada las juventudes estallan, no en el sentido de la explosión sino de la atomización. Estallan como una pantalla que cae al piso y se hace trizas. Se dispersan, se fragmentan, se encierran en sí, cada quién hace lo que puede como puede.
La esfera pública sigue siendo pública en la escuela. Hoy el único lugar capaz de reunir los fragmentos es la escuela. Sabemos que mucho se le pide a la escuela, o casi todo. Pero su función originaria de construir lo común nunca fue tan contracultural, tan importante Quizás esa construcción nunca tuvo enfrente una tiranía del individualismo como ahora. Lo que está en juego es el reconocimiento, la dignidad, el respeto, la transmisión de humanidad para con nuestras/ os jóvenes. Las y los docentes saben de eso.
El reclamo por la salud mental (sin desoírlo tal y como es pronunciado) es también el mismo reclamo de Federica. Adultos: escúchennos. Hay que valorar que estas nuevas generaciones hablen de “salud mental” sin tapujos, sin prejuicios, con frontalidad. Los adultos tenemos la responsabilidad de tamizar ese pedido de salud mental y ver cuánto hay de discursos psicologizantes y patologizantes de los malestares de la vida cotidiana en una sociedad que niega el dolor y necesita anestesiar todo sufrimiento. Cuánto de ese pedido de salud mental necesita separar el temor del ataque de pánico, la depresión de la tristeza, el trastorno de ansiedad de la imposibilidad de la espera. Las condiciones sociales devienen en fracasos individuales. El diagnóstico que etiqueta emociones fácilmente, es también el recurso urgente y tranquilizador de esta sociedad en la que el error o la vulnerabilidad se traducen en desprecio, vergüenza, humillación. Luego en resentimiento y odio.
Es necesario profundizar una “pedagogía de la escucha”. Pedagogía en su sentido de “acompañar/guiar al niño”. Para acompañar hay que escuchar y demostrar que se escucha. De nada sirve escuchar con los oídos mientras los ojos miran una pantalla. Nuestras/os jóvenes sufren una orfandad adulta a pesar de su presencia física. Necesitan el reconocimiento que se expresa en el límite, en la ley, en la escucha paciente, en el afecto. Recomponer lo corroído, restaurar lo erosionado por dentro es posible en comunidad, la soledad sólo profundiza el sentimiento de ser despreciado/a. La salud mental que pibes y pibas demandan no se resuelve con un profesional por habitante, la red que sostiene es la comunitaria, la colectiva, la de los vínculos.
No es posible la escucha sin reconocimiento porque este es previo a la disposición de escucha. Te escucho porque te reconozco sujeto de atención y no objeto de distracción. Esa capacidad de escuchar requiere tiempo, un tiempo distinto al de la vorágine del tiempo productivo o el que se busca no “perder”. Ese tiempo “otro” es tiempo de escuela, es la pedagogía de quien guía. Es también el tiempo no interrumpido porque escuchar no es preguntar todo, es por el contrario dejar hablar, por eso la escucha es paciente.
La escuela escucha, los adultos de la escuela escuchan. No es una tarea más, tampoco una tarea menos (algo que se deja de hacer para escuchar). Es lo que hay que hacer porque la escuela es lo que nos queda de lo común. Porque la escuela reconoce sin despreciar, repara la humillación, se abre y disputa el repliegue.
La sociedad necesita de la escuela tanto como la escuela necesita de su comunidad. Tenemos que poder traducir a la acción efectiva y concreta el enunciado de la corresponsabilidad. Cuando un estudiante nos cuenta que está tan solo que opta por hablar con la inteligencia artificial, no nos dice solo que hay un avasallamiento de la tecnología por sobre lo humano, nos dice más bien que hay una ausencia de lo humano que le hace lugar a la tecnología. La puesta en valor de la palabra, la recuperación del lenguaje y la producción del deseo de un futuro menos cruel y más vivible son parte de la promesa de la educación en este tiempo. La escuela, como la entendemos, fue, es y seguirá siendo contracultural. Seguirá con su tarea de reconstruir, una y otra vez, tercamente y sin fin el lazo social y con ello los sueños de nuestros/as pibes y pibas.
*El autor es docente de UNaHur – UNRN
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