La asamblea que lideró el reclamo de justicia y sigue activa veinte años después

Por: Celeste del Bianco

El de Rosario fue el primer colectivo en reunir a los familiares de las víctimas de todo el país en 2010. Para sus integrantes, la construcción de memoria y el pedido de justicia se convirtió en una forma de vida.

Los últimos días de diciembre del 2001, un grupo de militantes sociales, sindicales y de derechos humanos comenzó a recorrer los barrios más vulnerables de Rosario. Necesitaban reconstruir la represión del 19 y 20. Caminaron por las calles de tierra en busca de testigos, pruebas y material para presentar en la justicia. Así, a principios del 2002 se creó la Comisión Investigadora No Gubernamental para esclarecer los asesinatos de las nueve víctimas de la provincia de Santa Fe. Walter Campos, Rubén Pereyra, Yanina García, Ricardo Villalba, Juan Delgado, Claudio Lepratti en Rosario, Graciela Acosta y Graciela Machado en Villa Gobernador Gálvez y Marcelo Pasini en la Ciudad de Santa Fe.

En esas recorridas, los vecinos y vecinas se acercaron con casquillos de balas que habían quedado tirados en la calle. Otras personas contaron cómo la policía disparó sin reparos durante los saqueos. Y otras relataron cómo los efectivos salieron de camionetas y reprimieron a personas que esperaban por bolsones de comida en los alrededores de los supermercados. Liliana Leyes caminó en el barrio Bella Vista, donde la policía provincial asesinó a Yanina García, de 18 años, cuando salía de su casa en el oeste de Rosario a buscar a su hija de casi dos años que se había escapado. Murió por el impacto de un perdigón de escopeta calibre 12.70. “Fuimos recabando diferente información, grabando las vivencias de los vecinos, que después por miedo no pudieron plasmar en la justicia. Había mucho miedo porque la policía salió a hostigar para que los testigos no hablaran, amenazaron a la familia de Yanina en el propio velorio. Generaron terror para que la gente no pueda hablar”, le contó Leyes a Tiempo Argentino.

Ella conocía a Yanina, había sido alumna de la Escuela 109 donde trabaja. También conoció a su hija Brenda que estudió en el mismo lugar. Cuenta que el 19 y 20 los alumnos llegaban asustados con restos de balas que encontraban en las calles. “Estábamos trabajando en el comedor de la escuela y llegaban los chicos contando que estaban reprimiendo y nosotras definiendo si cerrábamos o no el comedor porque tenían que comer igual. No cerramos el comedor. Las madres llegaban muy asustadas a contarnos la situación que estaban viviendo ahí”, recuerda.

Meses después, la comisión mutó: se creó la Asamblea 19 y 20 de diciembre de Rosario que hoy, dos décadas después, se mantiene activa en la tarea de mantener la memoria y reclamar justicia. Fue el primer colectivo en reunir a los familiares de las víctimas de todo el país en 2010. Llegaron personas de la ciudad y la provincia de Buenos Aires, de Corrientes, Córdoba y Río Negro. Las formas fueron cambiando: desde la primera marcha por los barrios, hasta murales, recorridas en bicicletas por distintos pueblos para marcar el mapa de la impunidad, actos y obras de arte.

“El dolor es como si fuera hoy, en los familiares y en las personas que vivimos estos 20 años que marcan un número tan importante en el dolor y en la presencia de los que no están. Sigue muy vigente. En estos 20 años hemos hecho miles de actividades para seguir marcando que el 19 y 20 es una fecha que no sólo tiene que ver con un estallido social, con cacerolas y con un ‘Que se vayan todos’ sino con nueve víctimas en la provincia de Santa Fe. Las 39 en todo el país, que para nosotros no son 39 sino que es una cifra incierta”, explica Leyes.

Familiares y personas heridas buscaron también en el arte una forma de sobrellevar el dolor. “En cada asamblea y en cada barrio hicimos una reconstrucción que tiene que ver con el arte. Para nosotros fue esencial. Los murales del grupo «Arte por Libertad» marcaron la presencia de la víctima y de lo que el familiar traía: qué le gustaba hacer y cómo vivía. Eso fue parte esencial de la construcción que fuimos haciendo y del acercamiento a los familiares”, recuerda.

“La asamblea se transformó en parte de nuestras vidas. En una forma de vivir. Yo aprendí muchísimo en estos 20 años, en la práctica. Seguimos aprendiendo en cada asamblea que hacemos en los barrios. Vemos diferentes situaciones. Es increíble, pero siguen apareciendo vecinas que recién pueden decir lo que vieron. A mí me atravesó la vida. Nuestro eje principal sigue siendo la memoria y la reconstrucción de la justicia. Es una experiencia que después fue multiplicada en los familiares de víctimas de femicidio, de gatillo fácil. Por haber tenido esta práctica pudimos acompañar a muchas otras víctimas”, cuenta la mujer.

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