La «campaña anti Argentina», el algoritmo que amplifica el odio y la banalidad del mal digital

Por: Esteban Magnani

Las teorías conspiranoicas o las campañas de desprestigio existieron siempre, pero los algoritmos (tuneados exclusivamente para incrementar las ganancias de las empresas y tecnócratas) profundizan el proceso. Las emociones por sobre la argumentación, la polarización, el peso de lo digital y el uso político.

Nunca un fenómeno social puede explicarse solo por el uso de una tecnología. Por ejemplo, la caída de la bomba atómica en Japón al terminar la II Guerra Mundial ocurrió gracias a una serie de razones políticas, sociales y militares que habilitaron que se tomara esa decisión, no a la existencia de la bomba en sí. Dicho esto, tampoco cabe subestimar el rol que tienen algunas tecnologías poderosas para catalizar, acelerar y profundizar los procesos cuyas raíces provienen de la sociedad o de cambios epocales. Para decirlo de otra manera, si la bomba atómica no hubiera existido, probablemente Hiroshima y Nagasaki (o Kokura, ciudad que era el objetivo originario pero amaneció cubierto de nubes) hubiesen sido bombardeadas igual pero con muchas menos víctimas.

Lo que está pasando con las redes sociales es muy parecido. Las teorías conspiranoicas o las campañas de desprestigio existieron siempre, pero los algoritmos profundizan el proceso de una manera tal que nos saca el aire. Gracias a esto un país más como la Argentina, puede ser comparado repentinamente y de manera avasalladora con la Alemania Nazi (o con una España genocida de pueblos originarios americanos, o unos Estados Unidos e Inglaterra esclavistas, para el caso).

En el corazón de esta aceleración están los algoritmos tuneados exclusivamente para incrementar las ganancias de las empresas que los desarrollan. Grandes corporaciones manejadas por tecnócratas, como Elon Musk, de estrecha relación con líderes de extrema derecha como el presidente Javier Milei, quienes apelan a mensajes de odio y ataques para avanzar con sus políticas de ajuste. Los mismos mensajes de odio que son amplificados y multiplicados por los algoritmos de las redes sociales de estos tecnócratas.

Un algoritmo es un procedimiento lógico para resolver un problema. De la misma manera que hacemos una serie de pasos para resolver una división, los algoritmos de las redes sociales los cumplen para alcanzar un objetivo que, en este caso, es maximizar los ingresos de la empresa.

Algoritmos, correlaciones y emociones

Estos algoritmos informáticos de las redes sociales además utilizan mecanismos de machine learning: gracias a contar con muchos datos y realizar millones de pruebas cotidianas encuentran correlaciones que les permiten maximizar las respuestas de los usuarios.

¿Por qué es tan importante que los usuarios no puedan abandonar la pantalla? Porque lo que venden estas plataformas es, justamente, su atención a los anunciantes que pagan para que los anuncios sean vistos. Cuanto más tiempo pasa la gente frente a la pantalla más publicidades se le pueden mostrar y más pagan los anunciantes por ello. El algoritmo es la herramienta clave para automatizar esta tarea con la mayor ganancia posible.

Musk, uno de los tecnócratas beneficiados con la multiplicación de los mensajes de odio, a los que apunta el discurso de la derecha.

¿Qué es lo que han «descubierto» los algoritmos (aclaremos que en realidad no descubren nada porque no piensan)? Que apelar a las emociones más básicas es mucho más efectivo que a la argumentación. Esto está lejos de ser una novedad: hace décadas, tal vez siglos, que se sabe que la mayor parte de las decisiones se toman a partir de emociones. Los productos no se venden tanto por la función que cumplen sino por cierta aura que brindan como explica una y otra vez Don Draper en Mad Men.

Los políticos hacen promesas generales («Síganme, no los voy a defraudar») que no tienen nada que ver con un plan de gobierno. La neurociencia hace tiempo explica que lo más frecuente es que la argumentación racional venga después de una decisión tomada en base a emociones. Los algoritmos ofrecen una abrumadora cantidad de información cuantitativa que ratifica que es así para la inmensa mayoría de los casos.

La polarización y el peso de lo digital

Este modelo de negocios basado en algo tan simple como la maximización de la ganancia, tiene tantos efectos secundarios que llena las páginas de libros completos. Uno de estos efectos es fomentar la polarización: si bien siempre existieron las noticias falsas, mucha gente estaba ocupada en su vida por fuera de ellas y estas no les llegaban o lo hacían en tiempos muy largos que incluso permitían desmentidas previas que amortiguaran el impacto. Ahora los argentinos, por dar solo un ejemplo, pasan más de 5 horas diarias mirando el celular. El peso de lo digital en lo que «nos pasa» cotidianamente, además, no para de crecer.

¿Pero por qué los mensajes de odio son preferidos por el algoritmo? ¿Por qué no los buenos libros o las charlas sobre filosofía? Evidentemente, para esta herramienta informática no existe ni el odio, ni la mentira, ni el amor ni ninguna otra emoción. Lo que registra es que ciertos contenidos generan más «engagement«, es decir, reacciones que se miden en likes, reenvíos, comentarios… Si un posteo genera mucho de eso cumple mejor el objetivo de mantener a la gente pegada a la pantalla y el algoritmos lo distribuye mucho más rápidamente.

Esto, a su vez, es detectado por generadores de contenidos como los influencers que reciben milésimas de centavos de las plataformas por contenidos que se viralizan: ellos suman más leña al fuego. Si lo que genera «engagement» es decir que Argentina es el país más racista del mundo rápidamente deberán salir con contenidos que se monten sobre esa tendencia para explotarla.

Gracias a la IA esto es más fácil aún y no importa en absoluto si el mensaje es cierto o no. Las respuestas razonadas y argumentadas basadas en datos ciertos, en cambio, aburren, se saltean y son rápidamente descartadas por los algoritmos. A estos fenómenos se les suman campañas orquestadas con bots que hacen como si fueran humanos para  empujar al algoritmo a distribuirlo y generar una tendencias que se transforma en una profecía autocumplida. Quién mire una red social en ese momento quedará convencido de que todo el mundo está de acuerdo en este punto.

Los fines políticos

Otro efecto secundario de este modelo de negocios es que los contenidos que apuntan a nuestras partes menos racionales son adictivos y afectan la salud mental, en particular de niños y adolescentes. Eso se ya ve en toda su dimensión en estadísticas sobre depresión y otras patologías, aunque por suerte está generando juicios y prohibiciones tal como ocurrió tardíamente con industrias brutalmente dañinas como el tabaco.

Otro efecto es la explotación de este know-how publicitario para fines políticos. Es la herramienta ideal de la ultraderecha que sabe cómo usar estos recursos para captar millones de personas, en particular varones jóvenes frustrados por no poder cumplir los mandatos de consumo que promueve esta sociedad o, siquiera, conseguir un trabajo más o menos digno.

Sin ir más lejos, en las últimas horas legisladores de La Libertad Avanzar tomaron como «justificativo» los ataques o la «campaña anti argentina» para impulsar (de nuevo) el arancelamiento de la educación y salud a extranjeros.

Foto: Eduardo Sarapura

Esa frustración acumulada es un campo de cultivo ideal para ser canalizado por los algoritmos en favor de un proyecto político, el odio hacia un rival o la misoginia lisa y llana. Los argumentos de izquierda más complejos, en cambio, no generan tanto engagement y languidecen con más frecuencia en las redes sociales.

Los efectos de estos algoritmos cuyo único objetivo (al menos al comienzo) era generar ganancias permitirían escribir varias páginas más sobre la banalidad del mal. Pero no debe olvidarse que para que ellos prosperen como lo están haciendo tienen que darse condiciones sociales, políticas y económicas que les den el fundamento. Así podemos entender los Hiroshimas y Nagasakis de la actualidad.

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