La cultura de la cancelación provoca efectos contrarios al deseado

Por: Mónica López Ocón

Prohibida recientemente por una junta escolar de Tennessee, Estados Unidos, la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman, referida al Holocausto aumentó significativamente sus ventas. Un fenómeno que se repite.

Que Maus sea quitada de los planes de estudio del octavo año del distrito escolar de McMinn, al que asisten preadolescentes de 13 y 14 años es, como toda prohibición, un gesto de autoritarismo. Pero en este caso la arbitrariedad de la medida llega al límite. Se acusa a la obra de Art Spiegelman de usar palabras blasfemas, de representar las diferentes nacionalidades que conviven en el campo de exterminio como animales y de mostrar desnudos. En la Maus los judíos son ratones; los nazis, gatos; los polacos, cerdos; y los franceses, ranas.

Nadie puede dudar de que Maus es un manifiesto contra el Holocausto. Está inspirado en los padres de su autor –sobre todo, en su padre- judíos polacos, que trataron de escapar de su país tras la invasión nazi, pero fueron atrapados y llevados a Auschwitz.

Ambos sobrevivieron, pero su madre, Anja, se suicidó en 1968. Art grabó los recuerdos de su padre, residente en Nueva York, para recabar material para su obra.

El comic se publicó inicialmente por entregas en los años 80, en la revista Raw de la que el autor fue fundador y coeditor. La obra ganó nada menos que el Premio Pulitzer, por citar solo el más prestigioso, convirtiéndose en la única novela gráfica en hacerse acreedora de ese galardón.

En la Argentina, fue publicada originariamente en dos tomos por Emecé, Maus. Mi padre sangra historia, y Maus. Y aquí comenzaron mis problemas. Tuvo en este país la misma exitosa acogida que en el resto de los países del mundo en que se editó. Constituyó, sin duda, un acontecimiento editorial internacional.

Entre las cientos de críticas positivas que cosechó, se destaca la de Umberto Eco, quien dijo: “Maus es un libro que no se puede dejar ni siquiera para dormir. Cuando dos de los ratones hablan de amor, uno se conmueve; cuando sufren, uno llora. Lentamente, en este pequeño relato hecho de padecimientos, humor y los desafíos diarios de la vida, uno queda atrapado por su ritmo suave y magnético y cautivado por la antigua familia de Europa del Este”.

La resolución de que Maus haya sido quitada de los programas del distrito escolar de McMinn desató la ironía del autor, que dijo en una entrevista en The Guardian: «Veo un futuro donde diga: ‘Publicado el 3 de abril, prohibido el 12 de mayo'». Y agregó: «Espero que la realidad que se vislumbra añada algo de claridad a la guerra cultural, y por eso es reconfortante ver cómo Maus llega a los puestos más alto de las listas de ventas».

El fenómeno de la prohibición no es nuevo, pero es inadmisible que se de en el siglo XXI y más inadmisible aún que se haga en nombre de minorías que pueden sentirse afectadas. Tampoco es nuevo el fenómeno no deseado de que la prohibición genere más interés por la obra, ya se trate de cine, literatura o cualquier otra expresión. Basta con citar la película La última tentación de Cristo, dirigida por Martín Scorsese, que fue prohibida en Turquía, México, Chile y Argentina. En nuestro país, la prohibición fue decretada en 1996 por el juez federal Edmundo Carbone porque, según sus argumentos, “podría implicar una profanación de la fe católica”, por lo que ningún argentino en condiciones de hacerlo dejó de verla en otros países.

Es bien conocida la lista de obras prohibidas por la feroz dictadura cívico militar que asumió el poder en 1976. Pero la prohibición es la esencia misma de la dictadura. El 16 de agosto de 1979, María Elena Walsh se atrevía a publicar en Clarín la nota Desventuras en el País- jardín-de –Infantes. En ella decía, entre muchas otras cosas: “Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o «invitado»—, hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.” (…) “Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para que no exista”. ¿No es precisamente esto lo que hacen hoy ciertos grupos que, en nombre de la corrección política, ponen en el índex de la Inquisición no sólo obras sino también palabras? Lo más grave es que contrariando al máximo la consigna del mayo francés “prohibido prohibir”, hoy se prohíbe o, por lo menos, se intenta sancionar obras y hasta palabras que parecen no coincidir con el canon del ciudadano bien pensante. ¿Se diferencian en algo la censura dictatorial de la censura “democrática”? ¿Existe alguna censura que no infantilice al ciudadano al negar su capacidad para decidir por sí mismo?

Afortunadamente, como sucede con Maus, la censura no hace más que estimular el interés por la obra censurada. Pero no deja de ser lamentable que aflore el espíritu censor en tiempos democráticos y, más lamentable aún, que se censure en el nombre mismo de la libertad.

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