Una refelxión "desde el río" sobre el ataque directo al descanso que trae consigo la reforma laboral, y la carga simbólica que acarrea, reflejo del profundo odio de las elites hacia los sectores populares.

Yo me quiero ir
Buscando la flor
Del amanecer
Ramón Ayala “El Mensu”
Estoy sentada frente a la costa del río Uruguay en la playa de Colón; Entre Ríos.
Destino turístico familiar; popular; que por sus bellezas naturales, sus propuestas gastronómicas, culturales y de hotelería se convirtió en las últimas décadas en una nueva opción; distinta a la Costa Atlántica, para vacacionar o pasar un fin de semana en familia o en pareja. Colón ofrece además otro beneficio a quienes viven en el AMBA: la cercanía, tan solo 324 km de la Capital Federal.
Ciudad forjada por la inmigración en la segunda mitad del siglo XX, principalmente proveniente de Suiza, Francia e Italia, se consolidó como puerto natural. Si bien en temporada el aluvión de turistas cambia su fisonomía y su ritmo, esta ciudad todavía ofrece calma, contacto con la naturaleza y un ritmo de vida mucho más lento al que estamos acostumbrados quienes vivimos en el conurbano o CABA.
Tarde de viernes, la temporada está terminando de a poco, después del fin de semana largo de carnaval el flujo de visitantes baja considerablemente, la playa está tranquila.
Observo a la gente en lo que para mí es su estado más puro y honesto; con sus cuerpos relajados; colorados por el sol o en algunos casos con bronceados más avanzados y prolijos (aunque esos casi siempre corresponden a colonenses oriundos del lugar); la mayoría lleva a cabo un mismo ritual: toman mate; con bikinis o enterizas; con bermudas, o en algunos casos con shorts que hacen las veces de malla; en general esos los portan mujeres que. atravesadas por mandatos y la mirada ajena, tienen vergüenza de mostrar sus cuerpos ; pero que tampoco piensan resignarse a no disfrutar de un chapuzón en el río.
Calor mata vergüenza y al río no le importan las modas. Porque el río además es de todos. Incluso mucho más, a veces, que el mar.
El día anterior, jueves 19 de febrero, lejos de la lógica democrática que ofrece el río, mientras un porcentaje amplio, pero cada vez más reducido de la población argentina todavía se encontraba en destinos como éste u otros de vacaciones, el gobierno nacional, casi como una perversa venganza, votaba en la cámara de Diputados la Ley de Reforma Laboral, que entre muchas otras cosas impone modificaciones sobre la regulación de las vacaciones, pero que en términos generales afecta la idea del descanso, del uso del tiempo libre, y tuvo incluso en su proyecto original con el artículo 44 – hoy eliminado por la catarata de críticas recibidas que ponía en riesgo incluso la aprobación de la ley – la intención de castigar- dicho en boca de sus propios representantes libertarios- a quienes tengan el tupé de lesionarse jugando al fútbol o haciendo cualquier otra cosa que lo haga feliz fuera de su horario de trabajo. Porque en ese caso el empleador no tendría por qué hacerse cargo de sus licencias de forma completa.
Como si fuera posible y normal escindir a una persona y su cuerpo de su ser “sujeto trabajador” y su ser persona que tiene una vida libre, con actividades, recreaciones, situaciones familiares o problemas personales. La lógica es irracional y perversa. Y aunque el artículo fue retirado; la carga simbólica de lo instalado discursivamente ya dejó un precedente . Y sabemos el peso que tiene eso en la Argentina de hoy.
En relación a las vacaciones la reforma esclavista plantea además del fraccionamiento de las mismas; un punto escandaloso. La posibilidad que tendrá el empleador de otorgar vacaciones a sus empleados durante el verano solo cada tres períodos. “ Tú no puedes comprar el sol; tú no puedes comprar el viento; tu no puedes comprar el calor” decía la canción de Calle 13.
Bueno; parece que ahora sí pueden.
Al lado mío hay una pareja que debe rondar los 65 años. Ella mira al río con la mirada relajada mientras sus pies descalzos juegan en la arena húmeda. Él mira a la nueva tanda de personas que se sube a la «banana loca» y esboza una sonrisa ante la primera caída que siempre viene acompañada del griterío.
Del otro lado, unas nenas hacen castillos de arena. Están abocadas a la tarea hace más de una hora; con una seriedad y una entrega digna de un arquitecto experimentado.
Un poco más atrás un grupo de adolescentes juega al fútbol con esa facilidad que les da la pelota para hacerse amigos entre desconocidos. Imagino a esos mismos pibes en un par de años; con miedo a jugar para no perder el presentismo en el trabajo en caso de lesión. Me resulta una imagen apocalíptica y deprimente.
Una trabajadora de la economía popular a la que veo año tras año caminar toda la playa con su canasta de mimbre pasa ofreciendo pastelitos de batata o membrillo. Se cruza con otro que pasa ofreciendo copos de azúcar: «lloren chicos lloren»; provocando la demanda instantánea de un nene que no debe superar los 3 años.»No eso no; hace mal y además no podemos gastar más» le responde la mujer que parece ser su abuela.
Mientras los últimos rayos de sol iluminan a lo lejos la «Isla Los Hornos»; otro de los atractivos al cual se llega cruzando en lancha o catamarán, y antes de que empiecen a encenderse las luces que iluminan el puente “General Artigas” que une Colón con la uruguaya ciudad de Paysandú, y mientras miro a la derecha para ver el enorme mural del papá Francisco que vigila la costa desde la pared inmensa de un hotel sindical de la Costanera, pienso en la maravilla que es el descanso, el no hacer nada más que estar vivo junto a los seres queridos o disfrutando de la soledad. Ver un atardecer, leer un libro bajo el sol o simplemente estar ahí mientras el tiempo pasa.
Miro a la gente que está cerca mío. No hay dudas, son todos trabajadores. Posiblemente de los más variados rubros. Docentes, obreros de fábrica, comerciantes. No es este un destino de grandes empresarios ni millonarios. Pienso que sin dudas, todos y cada uno de ellos será cruelmente afectado por esta nueva ley.
Está claro que el objetivo principal de esta reforma es generar la transferencia de recursos más enorme de la historia, por supuesto para que los recursos de los trabajadores pasen a manos de los grandes grupos empresariales y económicos, pero no podemos negar ni pasar por alto la enorme carga cultural que trae consigo y esconde, y que no refleja otra cosa más que el profundo odio de las elites hacia los sectores populares, y la profunda rabia que les genera que éstos hagan uso de su derecho del tiempo libre, del disfrute, o en palabras del artista plástico Daniel Santoro del “goce”. Porque si el peronismo vino a democratizar el goce en estas tierras, la derecha, la oligarquía y ahora los entreguistas libertarios se encargaron cada vez que tuvieron oportunidad de negarle el placer, el disfrute y la alegría a los trabajadores.
El turismo nacional, conocido popularmente como la “industria sin chimeneas” viene sosteniendo una caída estrepitosa desde que Javier Milei asumió como presidente. En 2024 el INDEC ya anunciaba una baja interanual del 11,8% en la cantidad de viajeros que pasaron sus noches en hoteles y otros albergues, el organismo dio cuenta también que se registró un fuerte descenso del 13,7 % en la cantidad de noches que estos turistas pasaron en el país, en comparación con agosto de 2023.
Sin poder adquisitivo no hay vacaciones, o si las hay son austeras, y cada vez más breves.
Sin salidas a comer; sin regalos para los familiares; sin compras. Un descanso breve y restringido; que es la antesala a directamente dejar de salir de vacaciones.
Una realidad que afecta y afectará aún más no solo a empleados sino a pequeños empresarios del turismo o dueños de comercios que se sostienen principalmente de las ganancias de la temporada. Cada vez más lejos en el tiempo quedan las largas vacaciones de la clase media argentina con estadías de 15 o 20 días.
Ellos que no conocen otro placer que el de adorar al dios dinero; y el de subordinarse ante los poderosos del mundo; nos quieren tristes, nos quieren agotados, nos quieren convencidos de que nuestro único propósito es ser productivos y que esa productividad se la debemos a quienes “dan trabajo” como si el trabajo fuera algo que se da y no algo que se ejerce; nos quieren negando la vida, la cultura, sin tiempo, sin deseos, resignados. Nos quieren sin poder compartir la vida con nuestros hijos, hermanos, padres y amigos, que es lo mismo que condenarnos a una vida miserable.
“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar”, ya lo dijo Jauretche. Es también la dictadura del hacer de la que habló el argentino más importante de la historia; cuya imagen vigila este río que a esta hora ya está iluminado por la luna: el papa Francisco; cuando advirtió: “En las familias, padre y madre deberían tener tiempo para compartir con sus hijos, para hacer crecer ese amor familiar y no caer en la dictadura del hacer. Pensemos qué podemos hacer para ayudar a las personas que se ven obligadas a vivir así. Esto es una injusticia social”.
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