Cuando el poder se ejerce desde la descalificación, la burla y la amenaza, se instala una pedagogía social: se aprende que humillar es válido, que el otro es descartable, que el conflicto se resuelve aplastando.Trump ha sido especialmente eficaz en construir esta escena.

Desde una mirada psicoanalítica, lo que aparece con claridad en Trump es un liderazgo articulado alrededor de un núcleo narcisista fuerte, de una dificultad estructural para alojar el límite y de una relación particular con el goce: el goce del dominio, de la humillación del otro, de la exhibición de fuerza. Freud señalaba que en las masas el líder funciona como Ideal del Yo: concentra identificaciones, deseos y fantasías. No sólo dirige acciones; organiza imaginarios. Trump no se presenta como representante de una institución, sino como encarnación del poder mismo. En su discurso, la frontera entre Estado y persona se vuelve borrosa. Él no ejecuta decisiones: él “es” la decisión. No comunica hechos: se adjudica escenas. Ese desplazamiento es clave para comprender su estilo.
Desde el punto de vista psíquico, este tipo de liderazgo se sostiene en lo que podríamos llamar un ideal del yo inflado: una figura que no tolera la duda, la contradicción ni la pérdida. El límite —condición básica de la vida psíquica y política— es vivido como humillación. Por eso es combatido, ridiculizado o directamente aplastado. Allí donde debería haber mediación, aparece la imposición. Donde debería haber conflicto elaborado, aparece la guerra.
La escena venezolana fue paradigmática en ese sentido. Más allá de las lecturas políticas que puedan hacerse, el modo en que Trump la inscribió discursivamente refuerza una matriz constante: el mundo como escenario de demostración de potencia. No hay complejidad histórica ni tejido social; hay enemigos y vencedores. No hay instituciones; hay gestos. No hay procesos; hay golpes de efecto.
Este estilo no se limita a Trump. Encuentra resonancias claras en otros liderazgos contemporáneos, entre ellos el de Javier Milei. Contextos distintos, escalas distintas, pero un aire de familia reconocible: personalización extrema del poder, desprecio por las mediaciones institucionales, retórica de guerra, erotización de la fuerza, descalificación del adversario, dificultad para tramitar el límite sin convertirlo en afrenta.
Desde una mirada de género, estos rasgos se articulan con lo que constituyen las pautas hegemónicas de los modelos de masculinidad: aquellas que asocian valor con dominio, autoridad con dureza, potencia con negación de la vulnerabilidad. No es casual que estos liderazgos se organicen alrededor de escenas de confrontación permanente. El conflicto no es algo a procesar: es algo a ganar. Y ganar implica derrotar, exponer, humillar.
El psicoanálisis permite ir un poco más lejos. No se trata sólo de narcisismo. Se trata también de goce. Un goce particular, ligado a la transgresión del límite, al ejercicio unilateral del poder, a la producción de un otro degradado. En términos lacanianos, podríamos pensar que estos liderazgos encarnan un superyó que ya no prohíbe, sino que ordena: atacar, expulsar, destruir, exhibir fuerza. Un superyó feroz que no dice “no”, sino “más”. Por eso la violencia, en estos discursos, no aparece como un fracaso de la política, sino como su realización. La agresión se vuelve signo de eficacia. La crueldad se vuelve prueba de autenticidad. El líder fuerte es el que no tiembla, el que no duda, el que no negocia. El que avanza.
Esta lógica tiene efectos subjetivos profundos. Porque los liderazgos no sólo gobiernan Estados; educan sensibilidades. Habilitan emociones, legitiman gestos, modelan modos de vincularse. Cuando el poder se ejerce desde la descalificación, la burla y la amenaza, se instala una pedagogía social: se aprende que humillar es válido, que el otro es descartable, que el conflicto se resuelve aplastando. Trump ha sido especialmente eficaz en construir esta escena. Una política convertida en espectáculo de omnipotencia. Una palabra que no busca convencer, sino imponerse. Un discurso que no admite la fragilidad ni el error, porque ambos remiten a la falta, y la falta es lo que este tipo de subjetividad no puede tolerar.
Allí aparece uno de los núcleos más delicados: la relación entre liderazgo, masculinidad y violencia. Estos estilos encarnan masculinidades profundamente defensivas. Masculinidades que se muestran expansivas, pero que en el fondo están organizadas alrededor de la imposibilidad de tramitar la vulnerabilidad, la dependencia y el límite. Por eso todo desacuerdo se vive como ataque. Toda regulación como castración. Toda crítica como traición. En Milei esta estructura se expresa de otro modo, pero con puntos de contacto claros: la centralidad del yo, la escena de guerra permanente, la exaltación del shock, el desprecio por la negociación, la construcción de enemigos absolutos. En ambos casos, el liderazgo no se apoya tanto en un proyecto colectivo como en una economía afectiva: rabia, euforia, humillación, identificación. Compararlos no implica igualarlos. Trump opera desde el corazón del poder global; Milei desde un país periférico, con una historia de crisis y frustraciones. Pero ambos participan de un mismo clima cultural: un tiempo donde el límite es vivido como intolerable y la fuerza como valor en sí mismo.
Desde una lectura psicoanalítica, lo que se juega aquí es la dificultad contemporánea para alojar la castración simbólica: el reconocimiento de que no todo se puede, de que no todo depende de uno, de que la vida social se organiza necesariamente alrededor de reglas, mediaciones y renuncias. Cuando esa operación falla, lo que aparece es la fantasía de omnipotencia. Y cuando esa fantasía se vuelve política, la violencia se convierte en método.
El episodio venezolano, en ese sentido, no es un hecho aislado. Es un síntoma. Un ejemplo de cómo ciertos liderazgos convierten la geopolítica en escenario de reafirmación narcisista, y la violencia en recurso de legitimación. Allí donde la política debería complejizar, se simplifica. Donde debería simbolizar, se actúa. Donde debería elaborar, se arrasa.El peligro no reside sólo en las decisiones concretas, sino en la normalización de este estilo. Porque cuando la violencia se vuelve lenguaje, ya no se discuten solamente políticas públicas: se transforma el clima moral de una sociedad. Se corre el umbral de lo tolerable. Se entrena la mirada para aceptar la crueldad como eficacia.
Pensar a Trump desde esta perspectiva permite también leer algo más amplio: una época atravesada por crisis, miedos, fragmentaciones y pérdidas de referencia, donde el líder fuerte aparece como respuesta imaginaria al desamparo. Un líder que promete restaurar un orden perdido, pero al precio de endurecer los lazos y empobrecer la vida democrática.La pregunta que queda abierta no es sólo qué hace Trump o qué hace Milei. Es qué subjetividades se producen cuando estos estilos se vuelven admirables. Qué masculinidades se legitiman. Qué violencias se vuelven decibles. Qué niños están mirando estas escenas como pedagogía del poder.Porque todo liderazgo es, en última instancia, una fábrica de subjetividad. Y cuando el poder se organiza alrededor del goce de dominar, el resultado no es sólo un gobierno: es una cultura donde la crueldad empieza a parecer una virtud.
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