La reforma laboral y el hechizo de la marmota

Por: Diego Fernández

Las narrativas conservadoras en las que se encolumna el gobierno de Milei buscan repetir el “hechizo” mediante una promesa y una advertencia.

¿Qué tienen que ver el actor Bill Murray, el intelectual andino Felipe Guamán Poma de Ayala y el “banco de horas” de la reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei? Nada … y todo. Veamos.

En la película El día de la marmota Bill Murray interpreta a un periodista creído de sí mismo que queda atrapado “en el tiempo”. Este “hechizo” lo obliga a experimentar una y otra vez un mismo día. Los más mínimos detalles se repiten sin cesar. Al principio ignora la evidente repetición; luego se resigna ante lo inevitable, hasta que descubre que puede introducir pequeñas diferencias que, al final de la jornada, lo cambian todo.

Ahora bien, les propongo advertir un desliz en la figura del “hechizo”. Lo irreal es suponer que el presente sea otra cosa que el acumulado de las experiencias y prácticas del pasado.

Desde esta otra perspectiva, lo que Murray experimenta es la ruptura, la suspensión de la fantasía del tiempo lineal, siempre distinto, que solo cabe transitarse en una dirección. Así, el personaje transita “el mismo día”, pero cada reiteración del bucle incorpora siempre el acumulado de la “vuelta anterior”. A su vez, también enfrenta la ruptura del supuesto de la falta de alternativa. Es decir, no elige las circunstancias en las que vive, pero sí puede actuar, transformarlas.

En cambio, las narrativas conservadoras del mundo, en las que se encolumna el gobierno de Milei y en las que confían sus aliados circunstanciales, insisten en evitar esas dos rupturas. Buscan repetir el “hechizo” mediante una promesa y una advertencia: la promesa de un tiempo lineal que culmina en una suerte de paraíso llamado “desarrollo”, y la advertencia sobre la futilidad del pensamiento alternativo que intente introducir la diferencia. “La fatal arrogancia de los zurdos”, se jacta Milei.

Por ello, quieren convencer a la sociedad de que la “modernización” de las relaciones de trabajo que pretenden imponer, a fuerza de compra de voluntades en los Congresos y represión en las plazas públicas, es el resultado de un progreso histórico inevitable.

El caso es que múltiples actores vienen discutiendo las medidas concretas y señalando que sí existen alternativas. El aporte de quienes hacemos ciencias sociales y humanidades —y aquí es donde entra Felipe Guamán Poma de Ayala— es señalar con evidencia científica el bucle en el que estamos. Dicho al revés: señalando el bucle reforzamos las propuestas alternativas. Por eso resultamos “odiosos” y objeto de escarnio público.

Todavía recuerdo el momento exacto en que, tras un primer desdén hacia la extravagancia de este “indio” que habla de todo, advertí la sincronía milimétrica entre nuestro horizonte temporal y el de Guamán Poma en 1614. En uno de los casi 400 grabados de su crónica, incorpora a un “indio” descalzo del común que maneja (y custodia) un reloj solar dispuesto en la plaza pública.

Casi como un primer delegado de fábrica, su objetivo es tocar la campana para que se respeten las horas de trabajo y de descanso. Pero, sobre todo, busca evitar que el afán privatizador del mundo común de quienes quieren “poner a trabajar al indio” haga imposible la reproducción de la vida.

Guamán Poma no describe un reloj existente, sino una medida para instalarlo y así quitar a los explotadores el control del tiempo laboral. Desde esa perspectiva, resulta absurdo llamar “modernización” a propuestas actuales como el “banco de horas”, que devolverían al patrón la campana para decidir la duración efectiva de la jornada.

Lo más probable es que quien lea estas líneas no sea miembro de ningún ayllu, como tampoco lo es quien escribe, y que vacile ante la interpelación que propone este fugaz vistazo a su crónica. Con todo, insisto en estos interrogantes: ¿Cuántos velos habrá que dejar caer para poder imaginarnos a un “indio” con la lucidez que el miserabilismo colonial nos ha acostumbrado a negarles? ¿Cuánta precariedad podemos experimentar al vernos ocupando, cuatro siglos después, su misma posición? ¿Cuánto de su coraje seremos capaces de repetir en cada ocasión en que nos asedie la fantasía de que no importe qué ocurra “igual me tengo que levantar a trabajar”?

Pero, más importante aún, ¿qué clase de “hechizo” hace posible que en los Andes peruanos de 1614 —es decir, mucho antes de la consolidación de la revolución industrial y muy lejos de los grandes centros “civilizados”— ya se cuadren las condiciones para enunciar un problema de forma tan similar a la nuestra? Parte de la explicación la traigo aquí con el ejemplo de la película El día de la marmota. Con lo cual, querida lectora, querido lector, puede usted volver a leer desde el principio para ver si ahora experimenta alguna diferencia.

El autor es compilador de “La libertad tiene espina” (EUDEBA, 2025). Profesor de Filosofía y teoría políticas en la Universidad de Buenos Aires, Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.

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