Abrumado por el efecto de la pandemia, el presidente de los EE UU avanzó en la escalada sobre Venezuela, con la excusa de la lucha contra el narcotráfico en el Pacífico y en el Caribe.

La escalada contra Venezuela no comenzó ahora. Trump profundiza lineamientos que había dejado Barack Obama, pero de un modo más brutal. Desde elevar sanciones tanto al país como a funcionarios y a los gobiernos y empresas que comercien con Caracas.
Luego, forzó la designación del diputado Juan Guaidó como presidente interino, siguiendo el modelo utilizado contra Muhammad Khadafi en Libia. Logró que 60 gobiernos lo reconocieran como único representante de Venezuela. Washington bloqueó cuentas bancarias, se apropió fondos venezolanos en el exterior y buscó cualquier alternativa para asfixiar al chavismo con la esperanza de generar un levantamiento popular.
Trump siempre dijo que para solucionar el “problema venezolano” tenía todas las opciones sobre la mesa, sin descartar una invasión.
La semana pasada el fiscal general William Barr anunció que, según una investigación de la DEA, en base a declaraciones, entre otros del mayor general retirado Cliver Alcalá, los más altos dirigentes de Venezuela lideran un cártel que comercializa droga en EE UU junto con las FARC. El exmilitar vive en Colombia desde hace dos años y fue detenido con un cargamento de armas que, dijo, iba a utilizar para dar un golpe contra el chavismo. De inmediato se anunció que EE UU ofrecía una recompensa por datos que lleven a la captura de Maduro y sus más inmediatos seguidores. Desde 15 millones de dólares por la cabeza del presidente.
Esta semana, el secretario de Estado Mike Pompeo anunció un “plan para una transición pacífica” en Venezuela. Consiste en que renuncien Guaidó y Maduro, y facilitar elecciones presidenciales sin ellos. Como ninguna de esas opciones parece haber despertado demasiada atención, se lanzó una megaoperación antinarcótico en el Caribe y el Pacífico para la cual en la Casa Blanca dicen que esperan contar con la participación de 22 países socios. Seguramente los mismos que votaron por la continuidad de Luis Almagro en la OEA a los que se agregarían Gran Bretaña y Francia.
Con lo que no contaba Trump es que en la Marina no están muy conformes con las últimas medidas de su gobierno. No lo dicen a voz en cuello, pero una fuente anónima habló con la revista Foregin Policy, una publicación de política internacional de consulta de especialistas y funcionarios de todo el mundo, para mostrar ese descontento. Están, por lo que parece, hartos de ser usados para operaciones de distracción política. Pero sobre todo están indignados por el despido del capitán Brett Crozier, comandante del portaaviones USS Theodore Roosevelt. La nave estaba en aguas japonesas cuando detectaron los primeros casos de coronavirus en la tripulación. Cuando la cifra superó los cien, se filtró al San Francisco Chronicle una carta donde Cozier reclamaba a sus jefes que tomaran medidas para evitar más contagios. «Si no actuamos ahora, no nos ocupamos adecuadamente de nuestro activo más confiable: nuestros marineros. Mantener a más de 4000 hombres y mujeres jóvenes a bordo es un riesgo innecesario y rompe la fe con los marineros confiados a nuestro cuidado «, dice la misiva. “No estamos en guerra. Los marineros no necesitan morir”, agregó.
El jueves, el secretario de la Armada, Thomas Modly, le sacó el mando del portaaviones. Crozier salió por la escalerilla entre vivas de sus hasta entonces subordinados. Modly dijo que Cropzier es un oficial valiente y muy respetado pero que había cometido el error de pasar por sobre la cadena de mando. Cozier dice que la envió a 20 o 30 personas, pero no al diarioEl clarinetista y saxofonista francés cruzó el free jazz con la música contemporánea. Por qué…
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