Se estrenó en la cartelera local una nueva producción francesa que aborda la fragilidad de la vida y los nuevos modelos que atraviesan a la sociedad contemporánea. Dirigida por Guillaume Nicloux.

Su estreno llega con el título original en francés, que se traduce como la pequeña, un guiño a esa tradición que prefiere lo sobrio y esencial, evocando al mismo tiempo la fragilidad de aquello que apenas comienza.
La historia arranca luego de una tragedia: Joseph (Luchini) acaba de perder en un accidente aéreo a su hijo y a su pareja del mismo sexo, quienes habían iniciado un proceso de gestación subrogada en Bélgica, con la esperanza de traer al mundo a una niña. De pronto, Joseph se enfrenta a un duelo profundo y, al mismo tiempo, comienza el camino para encontrar a Rita (Mara Taquin), la madre gestante. El encuentro entre ambos será el eje central de la narración, cargado de tensiones éticas, afectivas y legales.
En Francia, la subrogación está prohibida, y en Bélgica -donde fue realizada- la normativa protege la identidad de la mujer gestante. La película explora este terreno incierto con sobriedad, mostrando cómo la legalidad, la moral y los vínculos personales se entrecruzan en un mismo punto.
En paralelo, Joseph debe enfrentar a su hija Aude (Maud Wyler), un personaje marcado por la amargura y los reproches, que añade otra capa de conflicto, aunque sin alcanzar un desarrollo narrativo demasiado sólido. Esa tensión familiar funciona más como contrapunto que como eje dramático, en contraste con la poderosa presencia de Luchini.
Lo singular de La Petite no se encuentra en la trama, de relativa sencillez, sino en el modo en que se construye como vehículo interpretativo para su protagonista. A los 73 años, Luchini vuelve a demostrar que continúa siendo uno de los actores más refinados del cine europeo.
Su mirada intensa, sus gestos medidos y esa ironía natural que siempre lo acompaña le otorgan a Joseph una humanidad conmovedora. Su duelo no se vive en arrebatos melodramáticos, sino en pequeños gestos y silencios que consiguen transmitir más que largos discursos.
La dirección de Guillaume Nicloux, coautor del guion junto a Fanny Chesnel, se aparta de la solemnidad habitual de su filmografía. Aquí apuesta por un relato más accesible, pensado para un público amplio, sin sacrificar del todo la densidad temática.
Su objetivo es contar una historia universal sobre la pérdida y la continuidad de la vida, sin enredarse en debates legales demasiado técnicos ni en dilemas morales sobrecargados. Y en gran medida lo logra: el filme conmueve, pero evita los golpes bajos y se sostiene en un registro de sensibilidad contenida.
Uno de los aspectos más interesantes es cómo La Petite abre interrogantes sobre los modelos familiares contemporáneos. El duelo de Joseph se entrelaza con la necesidad de asegurar un futuro para la niña que está por nacer, y en esa búsqueda aparecen también los otros abuelos, que ofrecen una mirada distinta, igualmente atravesada por la pérdida.
El relato juega con la tensión entre la biología, los afectos y el derecho, sin dar respuestas cerradas. Lo que queda en primer plano es la voluntad de preservar un legado, aunque sea en la figura de una nieta que todavía no existe.
La relación con Rita aporta los momentos más ricos de la narración. Ella es una figura con la que Joseph debe negociar más allá de fronteras físicas y emocionales. Su resistencia no es arbitraria: encarna la autonomía de una mujer que no quiere ser reducida a un rol instrumental en la vida de otros. Ese vínculo irregular refleja bien las tensiones de un mundo en el que las formas de familia se redefinen constantemente.
En el aspecto formal, La Petite aprovecha las virtudes del cine francés: el gusto por los paisajes, el ritmo pausado, los silencios significativos y una puesta en escena que prefiere los matices a la espectacularidad. Los noventa minutos de metraje se sostienen gracias a la precisión de las actuaciones, aunque en algunos tramos la narración pierde fluidez. La cámara, sin embargo, se mantiene siempre al servicio de los personajes, y la ausencia de artificios excesivos refuerza la naturalidad del relato.
Si bien la historia carece de grandes giros y en ocasiones se percibe cierta previsibilidad, es una obra que confirma la vigencia de Luchini y que propone, con sencillez y honestidad, una reflexión sobre la familia, el duelo y la trascendencia. Una oportunidad para reencontrarse con el cine francés y volver a ver a un inmenso actor en la gran pantalla.
Dirigida por Guillaume Nicloux. Con Fabrice Luchini y gran elenco. Actualmente en cines.
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