Sin certezas sobre la presencia de los campeones del mundo, fueron miles quienes decidieron que el mejor lugar para festejar era el de siempre. Crónica de otra jornada inolvidable.

Un poco más temprano, el ambiente en todo el centro porteño auguraba el peor desenlace. A medida que las horas pasaban, la falta de certezas sobre el paradero del micro que conducía a la Selección campeona del mundo tras su aterrizaje en Ezeiza caldeaba los ánimos colectivos.
La policía de la Ciudad brilló por su ausencia en toda la zona, lo cual explique, muy probablemente, la casi nula cantidad de incidentes. La enorme mayoría de la gente vivió la tarde entre la incertidumbre y el festejo, guiada por los rumores sobre cuál era el destino final de la caravana que en un principio se dirigía al Obelisco.
Alrededor de las 15 horas, la situación sobre la Autopista Ricchieri justo llegando al ingreso a la General Paz se complicó: dos personas cayeron desde uno de los puentes hacia el micro descapotable. Uno de esos dos hinchas aterrizó entre los jugadores, mientras que otro rebotó contra la parte posterior y siguió su caída hacia el suelo, donde fue atendido por las personas que rodeaban y acompañaban la procesión hacia CABA.
Es probable que ese episodio haya transformado de manera drástica el recorrido y las urgencias del plantel, ya que el presidente de la AFA, Claudio «Chiqui» Tapia tuiteó: «No nos dejan llegar a saludar a toda la gente que estaba en el Obelisco, los mismos organismos de Seguridad que nos escoltaban, no nos permiten avanzar. Mil disculpas en nombre de todos los jugadores Campeones. Una pena», a lo que luego agregó: «Agradecemos a la provincia de Buenos Aires, encabezada por su ministro de seguridad Sergio Berni, que fue el único que acompañó durante toda la recorrida hasta la entrada a la capital sin registrar ningún incidente, permitiendo a los jugadores abrazarse al pueblo argentino».
Lo que se rompió entre los gobiernos de la Ciudad, la provincia de Buenos Aires y el gobierno nacional en ese momento, dinamitó la continuidad del plan original. El micro fue desviado hacia un improvisado helipuerto cercano al Parque Roca, que subió a los jugadores a aeronaves de Prefectura y Policía Federal, que los hicieron ver la fiesta inconmensurable que había debajo, donde la noticia de que los jugadores no llegarían pegó duro. Personas que habían llegado desde muy lejos debían volver con las manos vacías y la bronca, si estallaba, sería entendible.
Pero no. Los rostros enrojecidos, las caras cansadas, las canciones en la boca, el agite en los brazos. Por Defensa, por Bolívar, ríos de gente comenzaban la vuelta a casa. Algo de la alegría duraba, insuflaba un aire cansino y a la vez bailarín en las madres con sus hijos, en las cientos de miles de camisetas de Lionel Andrés Messi de todas las calidades posibles.
La fiesta siguió, contra todo pronóstico, en el espacio ganado sobre la Plaza de Mayo y sus alrededores a medida que muchos y muchas se dirigieron hacia Constitución o Retiro. Sobre el vallado ubicado entre la reja de la Casa Rosada y el mástil de la gran bandera argentina, cientos de chicos y chicas se pararon y alentaron a la Scaloneta, cantaron contra Mbappé y Francia, contra Brasil, también contra ciertos sectores del periodismo deportivo. El agua de las mangueras que los bomberos de la Policía Federal arrojaba era festejada para frenar el sol impiadoso.
Ellos cantaron de espaldas a las instituciones: frente a la Rosada o el ministerio de Economía, pero mirando hacia el resto de las cientos de miles de personas que bailaban y agitaban mientras se sacaban fotos. Un día inolvidable para más de una generación que ve por primera vez en su vida a la Argentina campeona del mundo.
Podría hablarse de agites, pero quizás haya que describirlos: acá y allá en todo el territorio de la Plaza, distintos grupos rodeaban a un bombo y un redoblante (incluso alguna trompeta) para bailar y seguir cantando. Apenas bastó con cruzar desde la Rosada hacia el Cabildo para escuchar algo así como un canto gregoriano de «Muchaaachos…» que empezaban ahí y empezaban un poco más lejos.
Al cierre de estas líneas, la fiesta seguía. Otro 20 de diciembre que será difícil de olvidar: millones en la calle, helicópteros sobrevolando y la sensación de que lo verdadero, lo sabio y lo justo estuvo ahí, entre los tantos y los muchos que revoleaban una camiseta argentina.
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