La sociedad y su cáncer, por Fernando Rosso

Por: Fernando Rosso

Columna de opinión.

La detección de un cáncer en el cansado cuerpo de mi vieja nos llevó hasta el Instituto de Oncología Ángel Honorio Roffo, dependiente de la Universidad de Buenos Aires.

El lugar y su universo concentran todo lo que está bien y todo lo que está mal. La calidad humana de la mayoría de los médicos y la pedantería insoportable de algunos integrantes de la pequeña elite profesional; los esfuerzos extraordinarios de gran parte de los empleados y los recursos salvajemente escasos del Estado; la paciencia infinita de los «pacientes» y el laberinto kafkiano de obras sociales y administraciones públicas en la larga marcha hacia la «autorización» , uno de los premios más valorados de este torneo. Todo un tema, porque el clásico tiene un único, eterno e incansable rival: el tiempo.Los payamédicos que buscan poner color y alegría a un circo triste y gris por naturaleza.

El sistema funciona, pese a todo, mitad con la burocracia y mitad con «autoorganización». Los más experimentados instruyen a los novatos sobre los pasos a seguir, sobre las consultas a realizar, sobre las leyes y sobre las trampas. Revelan las características de las personas que visten esos impecables guardapolvos blancos y que son seguros portadores de malas noticias. Se dividen básicamente en dos clases: los que saben explicar y los que no.

Hay envidiables optimistas de la voluntad que alientan a herméticos pesimistas de la inteligencia; viejos más o menos sabios con una vida hecha que aconsejan a jóvenes con una vida que no saben si podrán hacer; vendedores de alimentos caseros para enfermos y familiares desprevenidos que desconocían que todo llevaba tanto tiempo. Un magnífico mercado del trueque de los medicamentos entre los que ya los consiguieron pero todavía no los necesitan y los que los necesitan de manera urgente y aún no los consiguieron. Un ejército caótico que se va organizando en una microbatalla cotidiana por y contra el Estado.

También hay pequeños mercaderes de humo religioso que creen tener entre esas paredes desvencijadas y persianas invadidas por óxido, un mercado cautivo para su predicamento. Mi vieja le hizo el ole a una de estas profetas cuando venía directo a hacer el cuento del tío Dios. La perspicaz señora se dio cuenta, realizó una maniobra envolvente y tercamente regresó. Después de casi cinco horas interminables de dulce espera, la paciencia se había acabado y no nos dejó otra posibilidad que espantarla a golpes de Woody Allen puro y duro. Mire señora, Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y nosotros nos estamos sintiendo bastante mal; aparte si Dios ama a los pobres, ¿cómo sería si los odiara? Fin del delivery de misa.

Las estadísticas certifican cosas terribles. El cáncer es la segunda causa de muerte en la Argentina. En el año 2014, por ejemplo, hubo 60.791 fallecimientos, de acuerdo al Boletín de Vigilancia Epidemiológica elaborado por el Instituto Nacional del Cáncer (INC). Y como si se estuviera hablando de la cantidad de turistas en las playas caribeñas, afirman que para 2035 aumentarán 50,2% los casos de cáncer en el país y crecerán 55,7% las muertes por esa causa, según estimaciones de la Agencia Internacional de Investigaciones en Cáncer. Es decir, una enfermedad cuyas consecuencias tienen que ver con las condiciones sociales, se aborda como un desastre natural del que se pueden contabilizar los muertos que habrá dentro de 20 años!

En este predio de casi cuatro hectáreas, trece pabellones y espacios más o menos verdes, lo que sobran son las miradas: de incertidumbre, de expectativa, de miedo, de sorpresa, de resignación; también hay algunas miradas que no miran nada.

Existen múltiples consejos en torno a con qué ojos aprender a observar la vida para captar su esencia. En este momento, yo sugiero mirarla con los ojos de los enfermos crónicos en general y de los que se tienen que atender en el Roffo en particular. Despejará las dudas o reafirmará las convicciones sobre por qué es necesario (y además, posible) cambiar el mundo. Como sintetizó Ernst Bloch antes de escribir El principio esperanza, por una simple razón: porque lo que existe no puede ser verdad. «

*Director de La Izquierda Diario

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