La trompada de la soledad

Por: Ricardo Ragendorfer

Desde el recuerdo íntimo de las madrugadas compartidas en los años de Cerdos y Peces, una herida profunda recorre las calles ante la partida del Indio Solari, el héroe popular que logró el milagro de congregar en su garganta todas las voces de una Argentina que hoy se descubre en una conmovedora y tremenda orfandad.

Los Redondos empezaron en la década de los años ’70. Yo entro en contacto con ellos algunos años después, cuando todavía hacían música en teatros y salones muy pequeños e íntimos. En esa época yo trabajaba en el diario Sur y también escribía en la revista Cerdos y Peces, que estaba dirigida por mi amigo Enrique Symns, quien, a su vez, intervenía en los recitales de los Redondos, haciendo monólogos. Ese es el camino en común que construimos en la vida. Un camino que, después de sus recitales, derivaba en lo podríamos llamar “largas sobremesas». Sobremesas que se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. Ese es el comienzo de mi relación con ellos y particularmente con el Indio.

Sería difícil de resumir en unas pocas palabras lo que significa el legado que nos dejó el Indio. Por un lado está su excelencia artística y cuando hablo de excelencia artística, quiero decir exactamente eso, sin eufemismos.

 Y por otra parte, se manifiesta en la reacción popular ante su fallecimiento. Creo que nunca -o muy pocas veces en la historia argentina, tal vez sólo comparable con Maradona-, el fallecimiento de un héroe popular congregó tantas manifestaciones, tantas movilizaciones, tantas emociones, tanta gente con tal diversidad, gente tan heterogénea, como la que estuvimos viendo durante toda la jornada del viernes.

En ese sentido, me doy cuenta que de alguna manera y por una constelación de factores que serían difíciles de interpretar, a las autoridades, a la Argentina, a los argentinos -o mejor dicho a los habitantes de este país, porque no todos somos argentinos-, nos cuesta, nos resulta difícil, nos resulta casi imposible de dar nuestros primeros pasos en un mundo sin el Indio.

Hubo infinitos testimonios. Tantos se escucharon en estas horas. Los que hablaban en los diferentes móviles que iban cubriendo lo que sucedía cerca de la casa, en las plazas, el Obelisco: eso tenemos también los argentinos, eso de ir a encontrarnos, cuando sucede algo que nos moviliza. Nos movemos para encontrarnos. Intentamos que lo sepa todo el mundo, que todos se enteren que estamos acá. Y ver al otro. Tocarse con el otro,  encontrarse con el otro. Eso también te confirma y, en un punto, te tranquiliza.

Y hace que ese momento triste termine también con una sonrisa.

También en este contexto era necesario el Indio. Hoy sigue siendo muy necesario el Indio. Desde hace mucho tiempo nos desbordaba con su música. El tipo era muy necesario para todos nosotros y eso se manifiesta porque de algún modo es increíble que en sus cuerdas vocales corra lo que todos nosotros somos, lo que todos nosotros sentimos. Interpretarlo es una tarea tremendamente difícil. Así como es una tarea absolutamente milagrosa que a través de una sola garganta salgan tantas voces.

Foto: Eduardo Sarapura

Tantas voces como manifestaciones encontramos en estas horas en Plaza de Mayo, en Parque Leloir, en Córdoba, en Mar del Plata. Es verdaderamente impresionante.

Hoy sentimos no sólo una terrible soledad, sino una terrible orfandad que nos atrapó, que nos tomó por asalto en la mañana de este viernes. Podría relatar, por ejemplo, mi caso. Al despertarme, al prender la tele para enterarme qué pasaba en el mundo, me enteré que había muerto el Indio Solari. Esas palabras, esas cuatro palabras, “murió el Indio Solari”, fueron para mí, desde luego, como una trompada en la boca del estómago. Porque si bien el Indio estaba atravesando una enfermedad muy difícil y progresiva, de ninguna manera estaba en nuestros planes que pasara así, como sucedió en la mañana del viernes.

Y eso que se inició como una trompada en el estómago se convirtió en la trompada de la soledad.

Esa soledad que se extendió en todas las personas que salieron a la calle, en todas las clases, en todas las edades. Esas personas que comenzaron a juntarse con otras personas que se sentían con esa misma soledad.

Esa soledad que los torna por las calles. Porque la soledad puede ser lenta, la soledad puede ser torpe. Pero llega. «

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