Están en cuestión los "activos soberanos rusos" congelados por Inglaterra y EE UU. Pero varios países, más allá de su posición ideológica, adelantaron su voto negativo, lo que trabaría la decisión.

Sin embargo, esa es la sensación que queda a 46 meses del inicio de los enfrentamientos en Ucrania, una tierra arrasada y empapada en sangre de jóvenes propios y mercenarios de todos los orígenes. Después de que desde mitad de año los europeos comulgaran con la torpe idea de que la paz estaba ahí –sería el octavo final feliz que se anotaría Donald Trump en su inventario imaginario–, ahora todos esperan al jueves 18, cuando en una nueva cumbre podrían contentarse, apenas, y con viento a favor, con acordar un enésimo envío de armas y dólares para reponer los arsenales y las arcas.
La realidad no pinta bien para los 27 de la UE, y todo indica que la del jueves no será mucho más que una nueva sesión en la terapia comunitaria. No importan el tamaño y el poderío de cada quién. El asunto es, guste o no guste, financiar los costos de la aventura ucraniana. En la comunidad las decisiones se toman por consenso, y Bélgica, Eslovaquia, Italia y Hungría, junto con una Alemania confusa y contradictoria, dan a diario claras señales que van alejando cada vez más las soluciones. Sobre la mesa hay dos proyectos diseñados por la Comisión Europea (CE): la emisión de deuda con garantía del presupuesto conjunto de la UE o un llamado “préstamo de reparaciones” graciosamente respaldado por los activos soberanos rusos depositados para su custodia en el sistema financiero europeo y congelados en los sistemas del belga Euroclear.
Desde febrero de 2022, inicio de las confrontaciones en Ucrania, varios países occidentales (Estados Unidos y Reino Unido en punta), mantienen congelados más de 300.000 millones de dólares en activos estatales rusos. Cada vez que en los 46 meses transcurridos se habló de usar esos recursos, Bélgica pidió garantías de respaldo solidario con Euroclear en caso de acciones defensivas de Moscú. Nunca, y ahora tampoco, recibió alguna mínima garantía de compartir los costos. En septiembre, la CE replanteó la segunda opción, la del préstamo de reparaciones, y hasta le puso números: 162.000 millones de dólares. Otra vez financiado con los activos rusos y otra vez sin ofrecimientos solidarios. Vladimir Putin abandonó los usos diplomáticos para asegurar que “esto es un robo que tendrá consecuencias negativas para el sistema financiero mundial”.
Y se vino lo imaginable. El viernes el Banco Central de Rusia presentó una demanda contra Euroclear ante un tribunal de arbitraje de Moscú, “debido a las acciones ilegales” de la entidad belga, dijo, y de paso mencionó el “uso directo o indirecto de los activos del Banco Central que está siendo examinado por la CE sin consentimiento”. Está claro que alude a las dos opciones que estarán en la agenda de la cumbre del jueves. En relación con esto, el banco ruso planifica la toma de medidas para recuperar las pérdidas experimentadas. “Las acciones del depositario Euroclear han causado perjuicios al impedir disponer de los fondos y valores que pertenecen al Banco”, dice el anuncio oficial. Al cierre de las actividades del viernes la CE no había expresado ninguna forma de solidaridad con la entidad belga.
Todo este desbarajuste comenzó con la guerra, obviamente, pero se aceleró en junio/julio pasados, cuando Donald Trump llegó a Europa coronado por la gloria de haber humillado en el Salón Oval al ucraniano Volodímir Zelenski y al sudafricano Cyril Ramaphosa. Y siguió humillando. El primero fue Mark Rutte, secretario de la OTAN. Lo comprometió a un maravilloso negocio: que los 32 de la alianza le compren a Estados Unidos las armas que Ucrania pida, lo reciba, lo mande a Kiev y pague la cuenta. La Asociación de Industrias Aeroespaciales, de Seguridad y de Defensa lo aplaudió. La segunda fue la presidenta de la CE, Úrsula von der Leyen. Firmó un documento por el que comprometió a la UE a invertir en Estados Unidos 600.000 millones de dólares. Eso fue el 27 de julio. El 28, la comunidad pidió perdón y dijo que no tiene poder para asumir semejante compromiso.
A Bélgica, Eslovaquia y Hungría los siguieron Alemania e Italia. Una aplastante mayoría del parlamento alemán rechazó dos iniciativas presentadas por Los Verdes y que no apoyaron ni los nazis de Alternativa para Alemania. Por una pretendían “poner a plena disposición de Ucrania los bienes estatales rusos congelados”. Por la otra buscaban “impedir los negocios nucleares rusos con la fábrica de combustible de Lingen”, en Baja Sajonia. Para Italia es prematuro hablar de más armas para Ucrania cuando Rusia y Estados Unidos negocian los términos de una eventual paz. Y por si quedaban dudas, el canciller Antonio Tajani aclaró lo dicho por la primera ministra Giorgia Meloni: “No se deben entregar más armas mientras se negocia un alto el fuego”.
Con el gobierno fascista de la italiana Meloni, el ultranacionalista húngaro Viktor Orbán integra una dupla pragmática que tiene en alerta a las alianzas europeas. La semana pasada, en Moscú, y sin reparos, Orbán señaló su apoyo al diálogo de paz, pero aclaró que, antes, Hungría debe proteger los insumos de gas y petróleo rusos de los ataques externos. “No es un asunto político ni ideológico, sino físico –y eso es lo que se niegan a entender los supremos europeos–, no podemos operar sin Rusia. Nuestras decisiones se basan en el interés nacional y en criterios de realidad económica, y Europa y Ucrania ejercen presión sobre esta cooperación. Vivimos bajo una insoportable doble presión, los ataques militares ucranianos y los ataques jurídicos de la UE”. Hay que acabar con la brutal ecuación que establece que Estados Unidos pone las armas, Europa la plata y Ucrania la sangre.
Sonreía ante su colega turco. No parecía alterado. Nunca lo parece. Tal vez la procesión vaya por dentro. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, apretó la mano de su colega turco, Recep Tayyip Erdogan, en un encuentro bilateral que tuvo lugar en la capital de Turkmenistán, Asjabad. Luego, ante la prensa se refirió con llamativa brevedad y el mismo talante al con conflicto con los bienes rusos congelados. Simplemente dijo que es “un gran fraude”.
También escueta fue la definición brindada por el Kremlin. “Es enfermiza”, dijo Dimitri Peskov, uno de los habituales funcionarios que dialogan con la prensa.
Quién se explayó con mayor detalle, a su vez, fue la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores rusa, María Zarajova. “La disposición de nuestros activos soberanos sin consentimiento de la Federación Rusa, sea un bloqueo indefinido, una confiscación o presentar una ‘confiscación de facto’ como algún tipo de préstamo de reparación absolutamente ilegal y supondría una evidente violación del derecho internacional».
En cuanto a la reunión en Asjabad, tanto Putin como Erdogan intercambiron invitaciones para volver a reunirse en Rusia o Turquía, encuentros que «serán organizados lo antes posible». Ambos presidentes dieron a entender que las relaciones entre ambos países son «auspiciosas».
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