
Lo que sí es indudable es que, a veces, fenómenos que parecen no tener explicación sí la tienen y un día, de pronto, esa explicación, por estrafalaria que sea, sale a la luz y termina con la incertidumbre que supimos conseguir. Justo en el momento en que nos acercábamos al modelo de argentino que promueve el senador Esteban Bullrich, es decir, cuando comenzábamos a ser capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla, nos cae como un castigo bíblico un rayo de verdad que ilumina nuestra conciencia y lo comprendemos todo de golpe.
A través de una entrevista televisiva que Joaquín Morales Solá le hizo al presidente, nos enteramos de que en el gran “éxito” (Mauricio dixit) del G20 mucho tuvieron que ver los buenos oficios de la primera dama, a la que su esposo menciona como “la hechicera intergaláctica”. En ese momento tuvimos una revelación, una verdadera epifanía: Macri está hechizado como el rey Carlos II de España al que llamaban, precisamente, el Hechizado. Este pobre monarca, que rigió los destinos de su reino entre 1665 y 1700, era víctima, según se cree hoy, de una enfermedad causada por la consanguinidad a que estaba condenada la nobleza que sólo podía reproducirse entre pares para no perder su sangre azul ni sus abultados patrimonios. Es cierto que en Argentina no existe la monarquía, pero no es menos cierto que las clases altas también se reproducen entre ellas para garantizar una familia “blanca, hermosa y pura”, como bien definió Pamela David a la del presidente hechizado, y para que las cuentas offshore, los dinerillos obtenidos por la venta de parques eólicos y toda la amplia gama de transacciones que incrementan diariamente sus fortunas no caigan en manos de los bárbaros de piel oscura, los integrantes de La Cámpora o las huestes marxistas de Kicillof.
Volviendo al hechizo, según parece, a Carlos II, el último monarca de los Austria, lo hechizaron con las malas artes de la magia negra dándole a beber una pócima inmunda que lo transformó en un ser débil, enfermizo, enclenque y carente de gracia y belleza. Por suerte, también él tuvo un asesor de imagen, una suerte de Durán Barba de la Casa Real que lo hacía retratar por los pintores de la Corte entre águilas, leones y elefantes para indicar su poderío. Con el mismo criterio, al hechizado argentino, en cada visita a una fábrica le colocan dos obreros a cada lado con impecable ropa de trabajo, casquito amarillo y una rigidez propia de un muñequito Playmobil. También lo hacen saludar a una multitud inexistente y ejercer violencia contra los niños que no quieren acceder a la foto tierna que debe sacarse todo presidente que se precie. Eso sí, para los devastadores efectos que generan las medidas de gobierno en el pueblo, no hay disimulo posible. Tampoco para los espásticos movimientos del presidente al que se le da por andar bailando en los balcones con una gracia digna de un miembro del ballet estable de una sala hospitalaria de traumatología.
Resulta evidente que el hechizo no se circunscribe solo al presidente. No se puede explicar de otro modo sino por la pócima malvada que nos hechizó dejándonos inmóviles, que hayamos soportado tres años y medio de vejaciones, discursos delirantes, mentiras y tomaduras de pelo. Quienes han ingerido las mayores cantidades de Mandrágora, fanerógama infaltable de los rituales mágicos, aunque parezca mentira, están dispuestos a seguir soportándolo.
El único balance positivo que puede hacerse del hechizo colectivo es que las mujeres, como siempre, llevamos la delantera de la lucha política: si en otro momento de nuestra historia tuvimos un brujo, hemos logrado la paridad de género incorporando a una hechicera. ¿Será esta realmente una conquista femenina genuina? Por las dudas, hay que estar alerta, hacerle caso a Charly García y prender los candiles “que los brujos piensan en volver a nublarnos el camino”.
Por su parte, el presidente no solo está hechizado, además, está encantado de estarlo. Cuando se ve respaldado por Trump y el FMI, alucina que es Súper Hijitus, un superhéroe vintage. Y en realidad, en parte lo es, porque es nada menos que el hijitus de Franco (Macri, no del Franco que se llamaba Francisco). Tal es su confianza en que es el superhéroe de García Ferré que venía con hélice de helicóptero incorporada, que propulsado por su fantasía hasta levanta vuelo y recorre el cielo para ir a cortarse en pelo a 30 kilómetros de distancia.
Si hay algo que él nunca podrá decir de su gestión de gobierno es que no fue magia. Y menos aún repetir: “No fue magia”. «
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