Las bases materiales del 17 de Octubre: industria y masas obreras en expansión

Por: Randy Stagnaro

El proceso se inició en los años '30 con la ayuda del Estado. El crecimiento fue exponencial. Desde 1943, los asalariados vieron legalizados viejos reclamos. La reacción patronal derivó en un choque histórico.

Para la época del 17 de Octubre, la economía argentina se encontraba en pleno proceso de transformación, con alcances sociales radicales. El eje de la producción había pasado de la actividad agropecuaria primaria hacia la industrial con base agropecuaria pero diversificada. Este cambio también se percibía en el comercio, con el sector primario dominando claramente el comercio exterior, aunque con una presencia cada vez más destacada de la industria, mientras que la actividad fabril tenía una fuerte presencia en el comercio interior especialmente en los productos de consumo masivo, tanto alimentos y bebidas como bienes durables.

La clase social que había llevado adelante este proceso de cambio radical era la misma que durante los 80 años anteriores había sido la beneficiaria del modelo agroexportador, consolidado con la unificación federal de la república, durante la presidencia de Bartolomé Mitre. Tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial, en la que una parte de la producción local se vio afectada por la falta de maquinarias y repuestos, especialmente los ingenios azucareros y las estructuras portuarias, la idea de desarrollar una industria local que permitiera un abastecimiento local de productos esenciales comenzó a ser tema recurrente en los debates económicos de la época.

La oportunidad se presentó con la crisis global de 1929 y la posterior desestructuración del comercio internacional. El cierre de los mercados internacionales, eje de los ingresos de la clase terrateniente local, la llevó a usar el poder del Estado para paliar y eventualmente confrontar los efectos de esa nueva realidad. Ese intervencionismo en ascenso se usó para varios fines, desde firmar el pacto Roca-Runciman –que aún hoy es tenido como ejemplo de entreguismo de la soberanía nacional– hasta la experimentación de una política para sustituir importaciones industriales por medio de producción fabril local, para lo cual hubo que crear las instituciones públicas adecuadas y –más importante– buscar el financiamiento de esa nueva expansión.

La industria se expande

Los gobiernos que se sucedieron desde el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen fueron tomando medidas que fomentaron el crecimiento de la industria. Se comenzaron a aplicar medidas arancelarias que limitaron la introducción de productos fabriles importados al tiempo que se facilitó el ingreso de las inversiones extranjeras directas (IED), las que efectivamente crecieron en magnitud y profundidad.

Ello derivó en una expansión de diversas industrias, especialmente en el sector de transformación liviana, como el textil y la alimentación, pero también en la industria pesada, hacia donde se dirige una parte de la IED, especialmente al sector petrolero y derivados y a la producción de metales. La mayoría de las exportaciones de productos manufacturados tenían base agropecuaria como la carne y la harina.

Hacia 1940, con la segunda guerra mundial ya iniciada, la industria local abastecía el total del consumo de cemento, aceites, calzado de cuero, neumáticos y productos cosméticos. También un porcentaje considerable de tejidos de lana, rayón y algodón, además de medicamentos, cocinas, calentadores y artículos de acero. Se comenzaban a producir heladeras, motores eléctricos, radios, maquinarias agrícolas y equipos sencillos para industria. Había plantas de montaje de tractores, camiones y automotores, estos últimos más vinculados a la IED.

Movimiento obrero

La masa obrera que se movilizó el 17 de octubre venía de una experiencia particular en la que el incremento de sus derechos y la mejora de sus condiciones salariales y de vida se habían cristalizado con el gobierno surgido del golpe de 1943 y de la actividad de Juan Perón en la Secretaría de Trabajo, pero que su lucha por lograrlos venía de mucho antes.

Las sucesivas legalizaciones de los derechos arrancados con la lucha pusieron a Perón en la mira de la patronal en general y de la industrial en particular. El golpe contra Perón de principios de octubre de 1945 buscó derribar al gobierno a fin de dar marcha atrás con las nuevas normas. El 17 de Octubre lo impidió.

Para ese momento, el movimiento obrero no era el sector social raquítico de los años 20. Entre 1935 y 1943, la cantidad de asalariados prácticamente se duplicó, hasta llegar a casi un millón.

El incremento numérico y de fuerza social de los trabajadores se dio junto con una mejora importante de los ingresos y las condiciones de vida en general. Pero, al mismo tiempo, la industria por esos años casi carecía de competencia por la ruptura del comercio global, primero, y la guerra mundial, después, con lo que su tasa de ganancia era enorme y podía asimilar los beneficios que Perón legalizaba.

Pero lo que para la clase terrateniente había sido un desvío -una industrialización para sostener el negocio agroexportador en decadencia- comenzaba a formar estructuras cada vez más complejas y por fuera de su control. Sin embargo, el regreso a la «normalidad» fue imposible y en ello jugó un rol el movimiento obrero movilizado el 17 de Octubre.

Así, la clase social que pergeñó la industrialización también potenció al sector social que luego le pelearía una fracción de la renta nacional, en una tarea que está inconclusa.

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