Las playas que le bajan un cambio al verano

Por: Jorgelina Naveiro

Surgieron en los últimos años como alternativa de desconexión frente al bullicio de los balnearios tradicionales. Desde Costa del Este, Nueva Atlantis y la exclusiva Costa Esmeralda hasta Pehuen-Có, en el confín de la costa bonaerense, una oferta que crece.

Nacieron como alternativas al crecimiento acelerado de los balnearios de cabecera más antiguos de la Costa Atlántica. Empujados, tal vez, por la necesidad de traspasar los límites que impone el desarrollo inmobiliario y que sacrifica cada año metros cuadrados de naturaleza. Tienen, como rasgo común, playas públicas despojadas de carpas, escasos paradores, calles de arena. Abundan los médanos, el bosque, la vegetación agreste, la construcción baja, una oferta comercial controlada y cierto consenso en torno a la necesidad de un descanso verdadero, sin apuros, de sincera desconexión de las rutinas urbanas. En general, surgieron como loteos en la periferia de los centros turísticos tradicionales, pero hoy enriquecen la oferta vacacional de los 1200 kilómetros de playas bonaerenses.

Según la Secretaría de Turismo del Partido de la Costa, solamente entre los 45 kilómetros de playas vírgenes del total de 96 kilómetros de costa que tiene el municipio, brotaron en los últimos años una decena de nuevos emprendimientos urbanísticos: Costa Chica, Nueva Atlantis, Kilómetro 314, Santa Teresita sobre el Monte, La Reserva de Costa del Este, el Pinar de la Lucila, Punta Médanos, la exclusiva Costa Esmeralda, Villa Robles y Pinares del Sol. 

Se trata de balnearios cuyos límites respecto de las ciudades cabecera son difusos, por lo que a veces resulta complejo dictaminar dónde comienzan y dónde terminan, si no fuera por el predominio de lo natural por sobre la aglomeración turística. Es el caso de Santa Teresita sobre el Monte, Nueva Atlantis como extensión de Mar de Ajó, La Reserva de Costa del Este y el Pinar de La Lucila del Mar, en continuidad con las localidades del mismo nombre, Costa Chica respecto de Las Toninas, y Costa Esmeralda en relación a Pinamar. Aunque no pertenece a ese municipio, su cercanía con la “Punta del Este bonaerense” convierte a este último loteo de lujo en un virtual barrio cerrado para sectores de alto poder adquisitivo, con una oferta ad hoc: canchas de golf, arquitectura de diseño, chacras, un sector ecuestre y carta gastronómico ABC1. 

Un relevamiento del Partido de la Costa sobre la cantidad de arribos durante la temporada 2016-2017 refleja el nuevo menú de opciones para los veraneantes. Mientras las ciudades cabecera recibieron cientos de miles de turistas –San Clemente, 937.580; San Bernardo, 478.870–, los balnearios slow confirmaron su rol de opción ecológico-alternativa con una cantidad de arribos mucho menor pero en constante crecimiento: Costa Esmeralda, 19.640 visitantes; y Costa Chica con 15.610, son algunos de los ejemplos.

Hacia el Sur ya habían surgido en los años ’90 y como extensión de Villa Gesell, las localidades slow de Mar de las Pampas y Mar Azul. En una franja angosta entre ambas, se erigió luego con características particulares Las Gaviotas, un balneario cuyo rasgo urbanístico diferencial es la proliferación de apart hoteles de baja altura y con servicios premium. Pese a que esta zona mantiene las características agrestes que constituyen su esencia, en los últimos cinco años viene registrando un crecimiento urbanístico y comercial sostenido. En el caso particular de Mar Azul, este poblado lleno de pinos cuenta con una nutrida población estable durante todo el año, lo que garantiza la existencia de servicios, aun cuando su vecino Mar de las Pampas concentra en temporada alta la mayor propuesta de entretenimiento y gastronomía de la zona.

A 29 kilómetros de Mar del Plata, entre Mar Chiquita y Santa Clara del Mar, aparece La Caleta: una extensión de la más antigua Mar de Cobo de características únicas, con un mar espumoso y virgen, playas más angostas pero protegidas por pequeñas escolleras y una construcción que recuerda los balnearios uruguayos de Rocha, con sus casas de colores, calles irregulares, bosque y playa.

Más allá de Miramar, cuando la provincia comienza a desplegar un sur de playas extensas donde el sol sale y se pone en el mar, se encuentra, a sólo cinco kilómetros del centro de Monte Hermoso, Sauce Grande, un balneario agreste y de vegetación frondosa al que se accede a través del camino costero que nace en la rambla de la ciudad cabecera. Y un poco más al sur, el turismo alternativo eligió a Pehuen-Có, una localidad del partido de Coronel Rosales, a escasa distancia de la ciudad de Punta Alta y uno de cuyos tesoros es el yacimiento de huellas de animales prehistóricos.

En la franja costera del distrito de Tres Arroyos, y a ambos lados de la cabecera, Claromecó, existen otras dos playas cuyo escaso desarrollo termina siendo su principal punto de atracción. Reta y Orense concentran un importante número de porteños entre sus veraneantes, que se suman, por cercanía geográfica, a los bahienses. Orense es conocido también con el nombre de Punta Desnudez por su paisaje solitario. En los últimos años cobró fama el Médano 40: una gran duna forestada que se denomina así por la altura que presentaba hace mucho tiempo, cuando realmente medía 40 metros. En la parte superior, posee un mirador desde el que se obtiene una imponente vista panorámica del balneario. Y Reta, además del descanso, propone una oferta cultural muy rica, que incluye muestras de arte y espectáculos para todas las edades, como una señal de que la playa y el mar pueden ser gozados sin los infaltables atractivos tecnológicos que proliferan en las grandes ciudades.  «

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