Claudia Sheinbaum gobernará un país donde por día matan a diez mujeres. En el que son mujeres 26.498 de 115.723 personas desaparecidas.

En tres décadas, seis mujeres se postulan para la presidencia del país: Rosario Ibarra de Piedra (1982 y 1988), Cecilia Soto y Marcela Lombardo (1994) y Patricia Mercado (2006) protagonizan candidaturas más bien testimoniales, con escaso caudal de votos. En 2012, Josefina Vázquez Mota queda en tercer lugar con el 25% de los sufragios. Un récord. En 2018, Margarita Zavala se inscribe como falsa candidata «independiente» pero el fracaso de su campaña la fuerza a renunciar antes de la jornada electoral.
En 2019, se avala la reforma constitucional conocida como «paridad en todo». La ley obliga a que la mitad de las candidaturas y de los cargos a nivel Ejecutivo, Legislativo y Judicial sea para las mujeres, que ya representan más del 50% de la población. El poder comienza a repartirse en serio. Por fin.
2023, Claudia Sheinbaum, por izquierda, y Xóchitl Gálvez, por derecha, se convierten en las dos primeras mujeres que protagonizan una elección presidencial.
2 de junio de 2024, Sheinbaum es la primera mujer que gana la presidencia en dos siglos de historia del México independiente. En un país profundamente machista, el 60% del electorado opta por Sheinbaum y el 28% por Gálvez. En otras palabras, nueve de cada diez votantes elige a una mujer.
El triunfo de Clara Brugada, otra militante de izquierda, en la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México implica que, por primera vez, el país y la capital serán gobernados por mujeres. Por primera vez, también, 13 de las 32 gubernaturas serán encabezadas por mujeres. Nunca habían sido tantas. Desde 2021 ya ocupan la mitad de las curules en el Senado y en la Cámara de Diputados; gracias a la ley, así será en cada Legislatura. En la Ciudad de México, ahora habrá ocho alcaldes y ocho alcaldesas.
El Poder Judicial no es ajeno a la lucha por la paridad. En la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que ya preside una mujer, cinco de sus 11 integrantes son ministras. Junto con Piña, son pioneras Yasmín Esquivel, Ana Margarita Ríos Farjat, Loretta Ortiz y Lenia Batres.
Una obviedad que hay que repetir cada tanto: la presencia de mujeres en cargos de decisión no garantiza feminismo. Es apenas un necesario pero insuficiente avance en la representatividad que merecemos. Las luchas siguen y los desafíos son muchos.
La cautela predomina sobre el optimismo. Sheinbaum ha militado el derecho al aborto pero escatima su identidad feminista y llega a la presidencia arrastrando tensiones y contradicciones con los colectivos de mujeres que enfrentó (y reprimió) durante su paso por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.
Ya en campaña, retomó el clamor feminista: «No llego sola, llegamos todas». Y prometió una agenda con perspectiva de género que incluye un Sistema Nacional de Cuidados; apoyos económicos para mujeres mayores por el trabajo no pago realizado en los hogares; programas para mujeres víctimas de violencia; la obligatoriedad de que las denunciantes sean atendidas por abogadas cuando se presenten en los ministerios públicos; la creación de fiscalías especializadas en femicidios; la garantía de que, ante situaciones de violencia, las mujeres y sus hijos permanezcan en sus casas y los agresores sean expulsados.
Pero va a gobernar un país en el que cada día matan a diez mujeres. En el que las madres buscadoras, ante un Estado ausente, se dispersan por todo el país para excavar con sus propias manos fosas clandestinas con la esperanza de encontrar restos de sus hijos, de sus hijas, de sus parejas. En el que 26.498 de las 115.723 personas desaparecidas son mujeres.
La agenda de Derechos Humanos, que es prioritaria, fue marginal en su campaña. Las reservas hacia su verdadero compromiso con la justicia y la memoria se alimentan ante la cercanía de Sheinbaum con Omar García Harfuch, un exjefe policiaco acusado de haber formado parte del entramado de poder alrededor de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. La presidente electa lo ha defendido sin fisuras, e incluso puede ser uno de los miembros de su gabinete.
Sheinbaum, además, va a gobernar un país que Andrés Manuel López Obrador, a contramano de sus propias promesas, deja hipermilitarizado. La relación de las Fuerzas Armadas (que no se caracterizan precisamente por su deconstrucción feminista) con quien será su primera comandanta suprema es una más de las incógnitas que rodean a una política que ya hizo historia. «
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