Los 228 años de farsa electoral en Estados Unidos

La democracia made in USA no es imperfecta ni tramposa. Es una estafa, así está pensada,  que no han ni corregido ni disimulado tras más de dos siglos de vigencia.

Dentro de dos días, el martes, los 336 millones de norteamericanos participarán, votando o mirando votar, de la elección del nuevo presidente del país más poderoso del orbe. El que dirá dónde comenzará y cuándo terminará la próxima guerra. El que señalará cuál será el próximo gobierno a derrocar y ordenará los nuevos bloqueos económicos y genocidas allí donde haya un pueblo dispuesto a defender su soberanía. El que se presenta cómo faro de las libertades y guardián de las democracias, aunque de unas y otras tenga cada vez menos para mostrar. Los adivinos del establishment y los medios dicen que son las elecciones más reñidas de la historia reciente. Que Kamala Harris y Donald Trump están empatados.

 Según académicos y estudiosos de variadas raíces, dadas las características del modelo aplicado para elegir al presidente, esa referencia al empate técnico no tiene valor alguno para imaginarse quién será el nuevo inquilino que albergará la Casa Blanca desde enero de 2025 y por los cuatro años siguientes. Por qué semejante cachetada. Simplemente porque desde hace 228 años (1796), y sin que a nadie desde entonces se le haya ocurrido cambiar las cosas y acatar la voluntad soberana de los ciudadanos, como reza el credo democrático occidental y cristiano, el sistema electoral no tiene en cuenta, desde, siempre, el voto popular. Así de simple, no valoriza la opinión ciudadana.

La farsa comienza un año antes de las presidenciales, cuando los votantes son convocados a elegir quién será el candidato de cada partido y en realidad lo que elijan es a los miembros de una convención que luego hará lo que mejor le convenga a la superestructura partidaria. Así pasó este año con los demócratas, que habían optado por la reelección de Joe Biden y cuando vieron que este patinaba  psíquicamente lo cambiaron, manu militari, por Kamala Harris. El juego se repite después en las elecciones como la del martes, en las que se elegirá un Colegio Electoral que será el que designe al futuro presidente, no importará quién saque más votos, si la demócrata Harris o el republicano Trump.

El Colegio está integrado  por 538 delegados que son, en realidad, los verdaderos electores. En las urnas los votantes optan por uno de los candidatos, pero no es este el que recibe el voto, sino el grupo de «notables» designado por el partido. La elección de delegados no es proporcional, la cosa es a todo o nada. El que obtenga más votos, así fuera uno solo, se lleva el total de los delegados de cada estado (50 más el distrito federal de Columbia). El postulante que de este rejunte resulte beneficiario de los primeros 270 votos del Colegio (la mitad más uno), se lleva como premio la Presidencia de la Unión.

Un premio logrado por el antidemocrático voto indirecto, una modalidad ya extirpado de la democracia global.

La democracia made in USA no es imperfecta ni tramposa. Es una estafa, así está pensada,  que no han ni corregido ni disimulado tras más de dos siglos de vigencia. Como el número de delegados del Colegio es par, tres veces en la historia se dio el caso de que cada uno de los candidatos obtuviera 269 colegiados. ¿Cómo lo arreglaron? Resolvieron la «imprevisión» pasándole la pelota a la Cámara de Representantes, que está habilitada para otorgarle la presidencia a uno de los dos candidatos o, si no hay trenza posible, designar a un tercero sacado de la galera de las componendas. Alguien que nunca estuvo en la cabeza de nadie, llevándose por delante, una vez más, a la llamada «voluntad soberana del pueblo».

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