Los debuts en los Mundiales, una cuadrícula para medir el tiempo

Por: Andrés Burgo

Cada estreno de la selección en las Copas del Mundo es un mojón en nuestras vidas: nos permite un viaje a cuando nos enamoramos del fútbol.

Bienvenidos a este newsletter de Tiempo, a estas cartas del Mundial, Postales del Norte, que Alejandro Wall y Andrés Burgo se intercambian desde Norteamérica. Hoy Burgo, desde una Ciudad de México con una invasión colombiana a la espera de su partido del miércoles en el Azteca, le escribe a Wall, ya en Kansas, donde la selección tendrá su debut esta noche en el Mundial ante Argelia.

Llegó la hora, Wall, yo a la distancia desde México -ya rodeado de miles de colombianos, que esté miércoles debutarán en el Azteca contra Uzbekistán-, vos ahí en Kansas

Ya estamos algo curtidos, algo duchos, pero el debut de la selección en el Mundial es un mojón: nos permite un viaje a cuando nos enamoramos del fútbol. No sé cuál será el recuerdo de tu Mundial iniciático, pero estoy seguro que también para vos se convirtieron en una cuadrícula para medir el tiempo de tu vida.

Yo tenía 7 años cuando perdimos contra Bélgica en el debut de España 1982 y un hilo de la memoria -que no es mi fuerte- me lleva a otras palabras en la casa de mis tíos: «Guerra, Malvinas, rendición». Tenía 11 cuando le ganamos 3-1 a Corea del Sur en México 1986 y yo estaba en quinto grado: los partidos se jugaban a las 3 de la tarde y aquel debut fue un lunes, justo a la salida del colegio. Puedo verme enfrente del televisor blanco y negro. Tenía 15 cuando perdimos 1-0 con Camerún en Italia 1990, una bienvenida a las dificultades de la vida adulta.

Podría seguir hasta la derrota 2-1 contra Arabia Saudita en Qatar 2022, frente a un televisor con amigos en Buenos Aires, pero prefiero quedarme con un recuerdo personal y familiar del último partido de Argentina en los Mundiales hasta el de hoy: el 18 de diciembre de 2022, en la final ante Francia, primero en el gol de Messi en el alargue y luego en el penal de Montiel, salí disparado hacia mi hijo, Félix, entonces de 7 años -como yo en España 1982- a quien el Mundial, como a las nuevas generaciones de jóvenes, le había multiplicado su interés por el fútbol: lo abracé tan fuerte que nos caímos sobre el césped del edificio de Palermo en el que estábamos.

Fuera de mí, en estado de catatonia, mientras gritaba “goool” y “goool” y “goool”, llegué a decirle con la voz entrecortada y respirando agitado, como si hubiera llegado de correr una
maratón, “no tenés idea de lo que es esto”, “somos campeones del mundo”, “no lo olvidas más” y “pasa una vez en la vida”, todo un borboteo de frases ridículamente racionales que él, en su primer Mundial con consciencia, no dimensionaba ni tenía por qué hacerlo. Acostado contra el piso, debajo mío, mientras nos mirábamos a los ojos, Félix se mataba de la risa y solo atinaba a decirme: “No me aplastes”.

En aquella explosión cultural monomaníaca, de delirio sobre una sola idea, que la Scaloneta había despertado en el país, enfoqué mi microscopio personal sobre los más jóvenes, en todos los Félix de Argentina. A medida que Argentina avanzaba en el torneo entendí por qué me invadieron unas ganas locas de que la selección se consagrara campeona: claro que era por Lionel Messi, como el genio que lo merecía, y más aún por el pueblo -el fútbol, otra vez, regalando a millones lo que la vida no siempre regala-, pero en especial, si calibraba mis deseos, quería que Argentina ganara por las nuevas generaciones.

Tal vez también porque mi viejo ya no estaba hace diez años y mi vieja se había ido hace veinte, llegó un momento en que ansiaba mucho más el título por Félix y por todos los Félix del
país que por mí y los amigos de mi edad. Como el fútbol es una actividad que realizan los jugadores pero nos pertenece a los hinchas, los que vivimos México 1986 ya habíamos festejado una Copa del Mundo y habíamos alargado esa celebración durante los 36 años siguientes. Era hora, de una vez por todas, de que los más chicos dejaran de recurrir a videos en VHS y que vivieran su propia épica con un héroe de su tiempo, no con uno heredado, por más fantástico que haya sido Maradona.

El título llegaría, además, a punto del gong final de una pelea que los futboleros más clásicos creíamos estar perdiendo: el avance de la tecnología en la industria del entretenimiento, las tres décadas y media sin Mundiales ganados y la globalización de los clubes europeos que, junto a la incapacidad organizativa de los torneos argentinos, formaban un combo por el que los jóvenes y los más chicos empezaban a rehuir del fútbol -o de nuestro fútbol-. Y eso que todavía no había llegado el fútbol de los cuatro tiempos y tres intervalos, como tenemos ahora en este Mundial.

El camino que comienza hoy no será fácil. Los debuts nunca lo son. España lo comprobó contra Cabo Verde y Brasil, con Marruecos. Nosotros, justamente, el Mundial pasado, aquel 1-2 contra los saudíes. Pero también Argentina perdió los hasta hoy únicos dos partidos que jugó como campeón defensor debutante: son los recuerdos que, Wall querido, te conté arriba, del 0-1 ante Bélgica en 1982 y del 0-1 con Camerún en 1990, cuando yo me enamoraba del fútbol.

Ya estarás en la cancha cuando leas este envío. Que no haya tornados en Kansas. Que no haya UFC. Que las nuevas generaciones recuerden este partido dentro de muchas décadas como, quien te dice, el inicio a la cuarta estrella.

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