Hola, Burgo, cómo va
Recién vuelvo de un bar de Westport, uno de los barrios más nocturnos de Kansas City. Se llamaba Dos Lokos y servían comida mexicana: tacos, quesadillas y enchiladas, que estaban muy bien, pero nada se compara con lo que se come ahí mismo, in situ, donde estás vos. Espero que la estés disfrutando.
Igual no entré a ese bar porque me llamara la atención la comida, sino porque el cartel decía que era una sports cantina y tenía pantallas gigantes, por lo que podía ver el segundo tiempo de Suecia-Túnez mientras cenaba. Además, no había tantos lugares para elegir. Ya eran las once de la noche y acá se sabe que todo cierra más temprano.
Pero el partido del Mundial apenas se veía en una pantalla pequeña. Lo que todo el mundo miraba ahí no era fútbol sino UFC. Se trataba de una noche especial porque estaban luchando en los jardines de la Casa Blanca para celebrar los 80 años de Donald Trump. El evento se llamó UFC Freedom 250. Armaron una jaula gigante y todo un dispositivo que costó 60 millones de dólares. Uno de los auspiciantes fue la cripto de World Liberty, la empresa de Trump, el cumpleañero.
Estados Unidos: mucho show, poco fútbol

Toda la fiesta la animó la Banda de los Marines y los luchadores hacían su aparición en el Jardín Sur de la Casa Blanca recorriendo los pasillos del edificio. Un rato antes se había anunciado un acuerdo con Irán para poner fin a la guerra. Pero ahora era tiempo del combate y el show. Hubo mucho festejo, muchos gritos, cuando finalmente el estadounidense Justin Gaethje, que en un momento pareció tenerla complicada, le ganó al georgiano Ilia Topuria.
Pero la noticia deportiva del fin de semana fue la de la NBA, donde los New York Knicks le ganaron el quinto partido de la final a los San Antonio Spurs, se quedaron con la serie por 4-1 y se consagraron campeones después de 53 años. Las celebraciones se extendieron por Nueva York. Trump había estado en el tercer partido, justamente el que habían ganado los Spurs. No solo lo abuchearon: también le colgaron el mote de yeta. Son caprichos de Trump, igual que este Mundial, al que lo recorre el caos pero que tiene estadios llenos y partidos con goles.

Llegamos a Kansas City el sábado por la mañana. Debimos haber estado antes, pero el viernes nos cancelaron el vuelo justificándose en las tormentas. Como tampoco nos garantizaban que saldríamos la noche siguiente a la hora prometida, con Dani Arcucci y Ezequiel Fernández Moores, junto a quienes comparto este viaje, decidimos alquilar un auto para recorrer los más de 800 kilómetros hasta la ciudad donde se encuentra la selección argentina y en la que nosotros también haremos base.
Después del reclamo a American Airlines para que se hiciera cargo de este desajuste y del trámite para alquilar el auto, salimos del aeropuerto de Dallas y tomamos la George Bush hasta el empalme con la interestatal 35. Ese era el plan original hasta que nos convencieron de que lo mejor era el avión. Ahora lo hacíamos porque no queríamos depender otra vez de las arbitrarias condiciones climáticas. Desde la ruta todo se ve con más nitidez, incluso la frialdad con la que la sociedad estadounidense vive el Mundial. Quizá tomó un poco de calor con el baile de su selección a Paraguay. Pero todavía está distante.
Salimos cerca de las 20 de Dallas y llegamos a las seis de la mañana a Kansas City, en el estado de Misuri, después de atravesar Texas y Oklahoma. Le pusimos diez horas, pero con paradas para cenar y cargar nafta; además, una vez le erramos a la salida y tuvimos que retomar, y en otra tardamos en aprender el sistema de autoservicio naftero. A pesar del cansancio, llegamos felices. Valió la pena hacerlo así.

Ese mismo sábado por la mañana llegó el alerta de tornado. La selección tuvo que adelantar el entrenamiento para poder resguardarse rápido. El día, si me preguntaban, parecía muy normal. Un cielo azul perfecto, un calor soportable, nada que anticipara el vendaval. Salvo para los que saben. Ya fuera por poco previsores o porque subestimamos la situación, por la tarde salimos a devolver el auto. Debimos haberlo hecho temprano, pero lo hicimos con lo justo. Tuvimos que estacionarlo en un lugar libre y tirar la llave en un buzón. Pedimos un auto enseguida.
Nunca llegó. Primero fue una lluvia suave, respetuosa, pero después vino el vendaval. Calvin, un joven empleado de una de las cabinas de ingreso al aeropuerto, nos dejó entrar a su lugar de trabajo. Nos refugió mientras seguía por la computadora el desarrollo de la tormenta. Que toda esa mancha violeta todavía no hubiera pasado indicaba que faltaba lo peor. Era como esperar la piña, verla llegar. La lluvia caía con violencia y un viento huracanado parecía llevarse todo puesto, incluso a nosotros y a la cabina. Bienvenido a tu primer tornado.
El chico, Calvin, estaba tranquilo. Le preguntamos si eso era normal y dijo que sí, que era normal. Pero en un momento soltó un «my goodness» y me di cuenta de que esto iba en serio.
Recién paró media hora después. Ahora solo llovía. Cristian, un argentino que se había quedado adentro de la camioneta junto a sus hijos hasta que pasara el temporal, nos ofreció llevarnos hasta su hotel. Desde ahí podríamos pedir un auto. En el camino vimos árboles caídos, el desastre que había dejado el tornado. Lo que para nosotros es una experiencia extrema, acá es algo cotidiano. Toman precauciones, tienen sus cuidados, pero saben que esto ocurre.
¿Cómo sigue el Mundial en México, Burgo? Ahora vas a tener Uzbekistán-Colombia en el Azteca. Todavía se me mueve ese estadio en el cuerpo. Acá, mientras tanto, pensamos en los vuelos cancelados, en los tornados y en el clima en general y, a la vez, pensamos en cómo todo esto va a cruzar al Mundial. ¿Tenés garantizado que vas a llegar a un lugar? ¿Y si algo así agarra a un estadio repleto? Los tiempos de reprogramación son muy acotados.
Pero este es el Mundial de Trump y acá se juega. Una bandera nos recibe cuando volvemos a la casa. Le pertenece a un vecino que la colgó en su puerta. La vemos flamear: “Abolish ICE”.
Hasta la próxima carta
