En un River-Boca de 1982 en el Monumental, la hinchada local adhirió a una movilización a Plaza de Mayo. El siguiente texto es un extracto del flamante libro "Este es el famoso River", de Andrés Burgo, sobre historias poco conocidas de los 125 años que el club cumplirá en mayo.

Los eliminamos en la primera fase de la Libertadores, tras un 0 a 0 en la Bombonera y un 1 a 0 en el Monumental, y por la segunda ronda del Metropolitano les arruinamos sus chances de ser campeones con un 2 a 0 en rodeo ajeno, ya en el cierre de 1982, el 22 de diciembre. Fue la noche del mejor gol olvidado de la historia de los clásicos, uno de emboquillada de Daniel Messina desde 35 metros, una jugada y una definición tan sorprendentes que hasta tomó por desprevenidos a los camarógrafos: en los resúmenes de TV —los 90 minutos no fueron televisados— solo se registró una parte del gol.
Antes habían pasado dos empates. Uno de ellos, el 25 de abril por el Nacional, fue un 0 a 0 como visitantes el mismo domingo en el que los ingleses desembarcaban en las islas Malvinas y comenzaba a librarse la guerra, mientras en simultáneo los dirigentes de Boca y River deslizaban que podrían enviar a sus equipos a Puerto Argentino para improvisar un amistoso que alegrara «a nuestros valientes soldados». El otro empate, por la 12ª fecha del Metropolitano y ya en la papelera de reciclaje de la historia, se trató de un 1 a 1 en el Monumental que no merecería ninguna reivindicación sino fuera que, esa tarde del 19 de septiembre de 1982 —o sea en un país aún gobernado por los militares—, nuestra hinchada desplegó una bandera contra la dictadura.
En contraste con un equipo a la deriva en mitad de tabla y huérfano deportivamente —nueve días atrás había muerto nuestro director técnico, Vladislao Cap—, lo mejor de aquel River estuvo en las tribunas. Ya desgastados después de la Guerra de Malvinas, y con la economía nacional resquebrajándose por una inflación al galope y los sueldos estancados, los militares habían anunciado una apertura política: los medios informaban de una «entrega irreversible» del poder a más tardar en 1984, Reynaldo Bignone decía que esperaba ser el último presidente de facto y parte de la Iglesia ya pedía por los desaparecidos. Pero había, en simultáneo, rumores de un nuevo golpe de Estado y los partidos políticos y los sindicatos todavía no habían sido normalizados. En ese contexto de tensión, la Confederación General del Trabajo (la CGT, la principal central sindical del país) convocó a un paro nacional y movilización frente a la Plaza de Mayo para el miércoles 22, es decir tres días después del clásico.
Y fue entonces, a 72 horas de lo que se esperaba que fuera una de las manifestaciones gremiales más grandes desde el golpe de Estado de 1976, cuando la hinchada de River desplegó una bandera en contra de los militares: «Luchar es participar y movilizar. Luche y se van. El hambre no espera. El 22 a Plaza de Perón», decía la tela blanca con letras negras, de 22 metros de largo, colgada minutos antes del partido con Boca en la baranda de la tribuna Almirante Brown alta, hoy Sívori, donde se ubicaba la barra. La leyenda estaba firmada por la CGT y las 62 Organizaciones, otra estructura sindical también ligada al peronismo, el movimiento político al que habían adherido, al menos hasta entonces, varios de los líderes de la hinchada de River. La militancia justicialista del Tano Mingo en los 60, primer jefe del grupo que luego se llamaría Los Borrachos del Tablón, fue continuada por varios integrantes de la barra en los 70: durante la dictadura también desaparecieron algunos integrantes de la hinchada de River.
Ya en un puñado de partidos de aquel 1982 y del año siguiente, hasta la vuelta de la democracia con la asunción de Raúl Alfonsín en diciembre de 1983, nuestra barra entonaba la marcha peronista y el «se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar»: le seguía, no pocas veces, la represión de la policía. Aunque entre las hinchadas de diferentes clubes se disparaba la violencia —los estadios de fútbol se convirtieron en una de las primeras válvulas de escape a tantos años de represión estatal—, algunos de sus integrantes colaboraban durante la semana para el regreso de aquellas reuniones políticas y sindicales. El movimiento obrero ya había realizado una marcha en marzo de 1982, considerada para muchos el «comienzo del fin» de la dictadura, pero la recuperación de las Malvinas a inicios de abril había abierto un paréntesis en las movilizaciones que terminaría, justamente, con la llamada para aquel 22 de septiembre.
Entre esos territorios cada vez más coincidentes de tribunas y política, un militante de la Juventud Peronista que a su vez era líder de la hinchada de Defensores de Belgrano, el Tintorero —Luis González—, le preguntó en los días previos al superclásico al capo de la barra de River, Matute —Rubén Cóppola—, si durante el partido podían exhibir una bandera con un mensaje a favor de la marcha del miércoles 22 y la caída de la dictadura. La respuesta fue positiva. Fue entonces que, cuando los equipos salieron a la cancha de aquel partido olvidado con Boca, la bandera de «Luche y se van» colgó del Monumental unos pocos minutos, los que tardó la policía en detener a los responsables. Muchos años después, el Tintorero agradecería en un medio partidario de Defe los códigos de nuestra gente: «Cuando se colgó la bandera, la hinchada de River em pezó a cantar la marcha peronista. Vino la infantería a sacar la bandera y pidió que entreguen a los chicos que la habían colocado. Lo podrían haber hecho con una seña o una mueca. Pero no me entregaron. ¡Esos son los códigos! La bandera salió en todos los diarios».
En efecto, al día siguiente, el 20 de septiembre de 1982, Crónica publicaría una foto de esa bandera y diversos textos, como «Los muchachos no se callan» o «El fútbol no es un compartimiento estanco en la vida del país. Respira y late a su mismo ritmo. Tiene sus mismas preocupaciones. Y los avatares del futuro inmediato se vieron reflejados en una de las banderas que mostraba la hinchada de River», o «La apertura política producida en nuestro país suele encontrar sus mayores manifestaciones en los estadios de fútbol».
River y el resto de los equipos debían jugar justamente el miércoles 22 pero la fecha fue postergada por la movilización gremial en la Plaza de Mayo: más de 20.000 personas respondieron a la convocatoria, un nuevo paso para la caída de la dictadura, también alentada por nuestra gente. «
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