Luciano Frangi, sobreviviente y autor del libro sobre Cromañón: «Tenía mucha culpa por no haber ayudado a nadie esa noche»

Por: Gabriela Figueroa

A 20 años de la masacre en República Cromañón, incendio en el que murieron 194 personas, uno de los sobrevivientes publicó un libro que recopila testimonios, datos y enlaza historias e hipótesis con letras de rock. “Cromañón. Las cenizas siguen ardiendo” fue escrito junto a Facundo Martínez Reyes y puede descargarse de forma gratuita en la web de la editorial Jusbaires.

Luciano Cristian Frangi (46) estaba cansado de revivir ese momento en las conversaciones, de contarle a la gente qué pasó ese 30 de diciembre de 2004 y cómo salió con vida de aquel incendio devastador en República Cromañón. Por eso decidió escribirlo, un ejercicio de preservación de la memoria de esos hechos brutales y una manera de responder a las preguntas sin lastimarse cada vez. “Cuando me preguntaban, les decía que les mandaba un email. Y así empezó, hace 10 años, la idea de este libro”, dice Frangi a Tiempo, autor de “Cromañón. Las cenizas siguen ardiendo”, escrito junto a Facundo Martínez Reyes, editado por Jusbaires. Este domingo 29 de diciembre a las 19 horas se realizará una presentación del libro en Terraza Bar ubicado en Arismendi 2686, Parque Chas.

El libro recupera la memoria de la tragedia ocurrida durante un recital de la banda de rock Callejeros en la que murieron 194 personas, en su mayoría, por emanaciones de monóxido de carbono y ácido cianhídrico, producto del incendio de la mediasombra que simulaba un cielo estrellado en el techo del predio de 1.800 metros cuadrados, ubicado en Bartolomé Mitre 3038, barrio de Balvanera, Ciudad de Buenos Aires. Los registros oficiales dicen 1432 personas fueron atendidas en los hospitales y clínicas porteñas con motivo del incendio. También, que la edad promedio de los fallecidos fue de 22 años.

Aquella noche, después del primer tema –el único que la banda pudo tocar- se encendieron varias bengalas pero además, alguien del público encendió una candela. “Las primeras bolitas incandescentes rebotaron en el techo y cayeron encima del público, luego vino una seguidilla de tres o cuatro que quedaba pegadas una tras otra en la espuma de poliuretano que recubría el techo, otros destellos quedaban en la mediasombra y, en una milésima de segundo, se prendió todo”, dice el testimonio de Frangi en el capítulo “Presagios de esa noche”, que forma parte del libro.

– ¿Cómo recopilaste el material que se convirtió en este libro?

– Hay compañeros (sobrevivientes) que no sabemos qué les paso esa noche, no es algo que sea secreto sino que no sale hablarlo entre nosotros. Y yo me di cuenta que con la excusa de la entrevista, del libro, se abrían… contaban cuestiones que no le contaban a nadie o que nunca habían contado. Así empecé a compilar las fuentes, entrevisté a 50 o 60 personas a lo largo de estos años, armé una fuente propia no solo de archivo. Hablé con madres y familiares de víctimas fatales, pero también para dar con todo el contexto entrevisté a psicólogos, médicos, enfermeros de los hospitales porteños que atendieron esa noche. Y políticos, legisladores de varios bandos, sobre todo hablé de la destitución del (exjefe de Gobierno) Aníbal Ibarra. También lo entrevisté a él, aunque no dejó que lo grabe. En 2018, incorporé al proyecto a Facundo Martínez Reyes que no es sobreviviente y me aportó una mirada más ajena y sensible, y logramos sacar el libro.

– En el libro hay una reposición del contexto histórico de los años ´90 ¿Por qué te pareció importante describir esta etapa previa y además llamarla “el huevo de la serpiente”? 

– El huevo de la serpiente es el origen del mal y para contar Cromañón me voy a su origen que es 1997. Le doy contexto ya que quienes íbamos a ver recitales en el 2004 éramos hijos de los ´90 y del 2001, de padres que habían perdido el laburo y no conseguían otro. Hacíamos política en los recitales, escuchábamos las letras del Indio y Los Redondos. Y cuando se separaron, nuestra línea ricotera era Callejeros. Y cantábamos cuestiones que se fueron dando después como que el aborto sea legal, que el Gobierno sea de una mujer, que los jueces cumplan la ley. Parece un manifiesto político pero es una canción de Callejeros que se llama Imposible.

En 1997 se habilitó el inmueble de Cromañon, en realidad se malhabilitó porque está comprobado en el juicio que el inspector (Roberto) Calderini recibió una coima, fraguó los planos y malhabilitó el lugar. Empezó a funcionar El Reventón, un boliche de cumbia, después sus dueños, Rafael Levy y una sociedad off shore, lo gerencian, se lo dan sin contrato, de palabra, a Omar Chabán para hacer recitales de rock en el año 2004.

«Cromañón. Las cenizas siguen ardiendo» fue escrito junto a Facundo Martínez Reyes, editado por Jusbaires.

Contar esto era necesario para entender cuánta gente cabía en realidad, cuántos metros cuadrados había, si las puertas eran del tamaño que decían esos planos, cuáles puertas estaban tapiadas y cuáles no. Por ejemplo, había tres extractores de aire en el techo que los sacaron para hacer tres canchitas de fútbol. También, en el primer piso tenía que haber un ventanal de 7 metros que estaba todo tapiado. El inspector Calderini habilitó el lugar diciendo que tenía 1400 metros cuadrados pero en realidad eran 1800. Y lo hizo porque a partir de 1500, la figura cambia a mini estadio y con menor medida se llama Salón clase C y entonces, paga menos impuestos. Por eso, aunque la habilitación dice que cabían 1031 personas, en realidad era más grande.

– ¿Cómo contaste el entramado de corrupción y lo que llamás “cadena de irresponsabildiades?

Para que Cromañón sucediera hubo tres patas que tuvieron que estar. Una es la cultura del aguante, en la que estábamos sumergidos los que íbamos a los recitales donde estaba generalizado prender bengalas, en eso corresponde una mea culpa del público. Otra es la pata privada, que le llamo el capitalismo salvaje. Lo que está detrás de los eslabones de la parte privada es el dinero, o sea, pura codicia. Por ejemplo, recién decía que sacaron los extractores de aire para hacer canchas de fútbol y alquilarlas, es decir, para hacer más guita. Cerraron con candado la puerta de emergencia para no pagarle a cinco tipos más de seguridad y para que no se colara la gente, o sea, por plata. Chabán puso una media sombra que no era inífuga sino inflamable porque era más barata. Todo por la plata. La tercera pata es la estatal, y ahí viene lo de tu pregunta, la corrupción pero también negligencia, por ejemplo, del entonces Jefe de Gobierno. Ibarra tenía 376 inspectores y antes de la tragedia echó a 300 porque, según él, eran un foco de corrupción. Pero no los reemplazó, dejó que pase un año hasta que suceda Cromañón. Dejó solo a 76 inspectores a cargo de más de 30 mil locales en la Ciudad de Buenos Aires. Negligencia pura. Y después los otros, los que aceptaron coimas no solo inspectores, también Policía Federal, bomberos ya que la certificación estaba vencida y algo pasó para que no los controlaran.

– En casi todos los capítulos se enlazan citas a letras de canciones de rock con el relato  ¿Qué lugar ocupan y por qué decidiste incluirlas?

Antes las letras de las canciones eran muy políticas. Se hablaba de luchar sin atajos, trabajando para darle de comer a tus hijos y no tomar el atajo del fierro y robar. Las letras del rock y de Fontanet hablan de política. Los Redondos le cantan a los desangelados, a las clases más populares. Algunas letras que puse tenían que ver con presagios de esa noche. Me basé, sobre todo, en el disco Presión (Callejeros) que fue escrito un año antes del incendio. Y en el único tema que se cantó esa noche (“Distinto”) la letra dice “a consumirme, a incendiarme, a reír sin preocuparme. Hoy vine hasta acá”. Y son señales que uno va tomando.

– ¿Por qué optaste por abordar, además de los testimonios de la tragedia, lo que pasa después con los sobrevivientes y familiares que se organizaron?  

– En la etapa post Cromañón para mi la Coordinadora fue fundamental, soy uno de sus fundadores. Tenía mucha culpa por no haber ayudado a nadie esa noche, y pude trabajarla militando en la agrupación, dando algo a los que llamo en el libro los invisibles. Son aquellos compañeros que no existen para el Estado porque no fueron empadronados en 2005, un empadronamiento que se hizo de forma vulgar, casi sin publicidad y que por eso dejaron afuera de la Ley de reparación a un montón de gente que estuvo en la tragedia. También pudimos hacer mucho para mejorar la calidad de vida de los que quedamos, por ejemplo, en 2006 hicimos un convenio con el Centro de salud mental Ulloa que antes solo atendía a víctimas del terrorismo de Estado y de Malvinas. Muchas veces recibíamos llamados por intentos de suicidio y no sabíamos qué hacer y ahora podemos acompañarlos.

–¿Cuál es la situación de los sobrevivientes que no fueron empadronados?

Hasta ahora estamos empadronados alrededor de 1600 pero desde el 12 de diciembre pasado, podemos incorporar a los que quedaron afuera porque conseguimos la ley y se abrió el padrón por dos años, ahí van a poder entrar los que hicieron el juicio civil, con esa prueba. Les pedimos a quienes lean que para asesorarlos se comuniquen con las redes sociales de la Coordinadora o se acerquen los miércoles de 10 a 14 horas en la sede de Díaz Vélez N° 4662 porque cada situación es diferente.

– Hubo cuatro juicios orales pero todos los responsables que fueron juzgados se encuentran fallecidos o en libertad por haber cumplido su condena, desde empresarios, bomberos, policías, funcionarios públicos, músicos hasta mánager. ¿Cuál es la lectura que hacés de este panorama?

En la agrupación no hablamos de culpabilidades, nos dividía. Algunos estaban en contra o a favor ya sea de Callejeros, Ibarra o el kirchnerismo. Decidimos mantenernos alejados del tema de las culpabilidades. En lo personal, estuve en los juicios, lo tomé con tranquilidad. Pienso que estoy vivo porque cuando sucedió, tuve esa tranquilidad y pude distribuir bien mi energía. Eso hice con los juicios. Lo que me pone nervioso son los juicios civiles atrasados. Cobraron solamente el 20 % del total de los sobrevivientes y son más o menos 2 mil juicios, es un desastre. En mi caso, tengo ya una primera sentencia y seguramente se va a apelar a Cámara, me faltará un año o más. A mi me hicieron las pericias psicológica y física recién en 2020. O sea, en 2004 me lesioné un tobillo y la placa me la hicieron en 2020. Una justicia lenta no es justicia. También hay sentencias que son migajas para una persona que estuvo en coma, personas que recibieron por daño moral 1 millón de pesos 20 años después, sentencias donde nuestra vida parece que vale los $ 10 que salía la entrada. Hay otras que salieron mejores, pero es la situación.

El libro recupera la memoria de la tragedia ocurrida durante un recital de la banda de rock Callejeros.

–¿Cuántas veces volviste a Cromañón? ¿Cuál es la situación del inmueble que había sido expropiado?

Volví hace dos años más o menos, con la Coordinadora volvimos a hacer charlas en los colegios y los chicos quieren ir, nos juntamos en la puerta pero es un lugar fuerte, con mucha energía pesada. Los primeros años iba solo a las marchas, de pasada. Al predio lo expropiamos por ley hace dos años, incluso el estacionamiento y el hotel. Íbamos a hacer un sitio de memoria como la ExEsma pero no se mueve nada desde el Estado nacional. Por eso la diputada Paula Penacca presentó una prórroga y tenemos cuatro años más para que inicien el juicio de expropiación.

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