La actriz recuerda sus inicios durante la dictadura, reivindica el riesgo artístico y sus valores: "Para mí es vital ser leal a mis convicciones y a la lucha de las mujeres".

—¿Cómo recordás tu infancia?
—Fue muy feliz, a pesar de ser una familia muy humilde. Vivíamos con mis abuelos y recién pudimos alquilar cuando yo tenía nueve años. Pero a los cinco ya estaba conectada con el mundo de la interpretación y la poesía.
—¿Cuándo supiste que querías ser actriz?
—No se me ocurría otra cosa. En la primaria decía poesías en todos los actos. En quinto año del Normal 1 fui al San Martín a ver Romance de lobos, con Alfredo Alcón, y supe que quería estudiar con quien dirigía eso. Así llegué a mi maestro troncal, Agustín Alezzo.
—¿Qué aprendiste trabajando en televisión y en teatro?
—Aprendí mucho estudiando, formándome. Eso me dio la capacidad para transitar muchos caminos y encontrar los matices que tiene que tener un personaje. Lo que más me costó fue Amor gitano porque el código es muy diferente. Una cosa es estar en un escenario y otra cosa es una cámara de televisión. Son otros códigos y los fui aprendiendo.
—¿Cómo se trabaja con el cuerpo y las emociones?
—Sin cuerpo no existimos: es la memoria viva donde están impresas las cicatrices. En 2004, mi madre se enfermó de algo autoinmune y yo paré de trabajar para cuidarla. Una amiga me propuso hacer un espectáculo sobre el “amor grande” y me llenó de libros de sabiduría oriental. Así nació El collar de la paloma. Fue un camino hacia la sanación. Me permitió convivir con el deterioro del cuerpo de mi madre desde otro lugar.
—¿Qué buscás en los personajes o en los proyectos que hacés?
—Para mí es vital ser leal a mis convicciones y a la lucha de las mujeres. Si mirás mis novelas, hay un sello: la mujer busca su realización a través de su propia identidad y deseo, no sólo por el amor de un hombre. Dije que no a muchos éxitos porque no contaban lo que a mí me interesaba.
—Te tocó empezar tu carrera en años muy oscuros. ¿Cómo se vivía el arte en dictadura?
—Era todo subrepticio. Cuando estrenamos Tiempo de vivir, el 1º de enero, teníamos un asistente de dirección que a los pocos días del estreno dijo que se iba a España porque se venía un golpe, cuando todavía ni se hablaba de eso. Se fue, efectivamente, y todavía vive en España. Mucho después nos enteramos de la cantidad de campos de concentración que había: no se sabía. Llegaban noticias, pero había un manto de secreto: no se podía hablar. Alezzo se ocupaba de hacer obras metafóricas. El arte era la única forma de decir lo que no se podía.
—¿Qué significa para vos la democracia hoy?
—Se me eriza la piel. Es el tema que nos ronda siempre: la patria. ¿Quiénes somos en comunidad? Por eso ahora presento De batallas y de amores con Facundo Ramírez. Es una celebración del coraje, de lo que nos atraviesa. Como decía un autor austríaco: “Cuanto menos tiene un ser humano, más patria necesita”. Es nuestro único amparo.
—¿Hay algún personaje que te gustaría volver a transitar o algo pendiente?
—Volver, no: hay que crecer hacia adelante. Me gustaría que volviera la ficción a la televisión abierta. Hoy falta representación. Los grandes somos “apéndices” de las historias, cuando la riqueza de la experiencia es extraordinaria. Una sociedad sin ficción es una sociedad enferma: necesitamos vernos reflejados para crecer.
—¿Qué hacés en tu tiempo libre?
—Me gusta el cine, leer, estar con mi familia. Me falta tiempo para informarme de todo.
—¿Algún libro que recomiendes?
—Últimamente estuve muy sumergida en la poesía de Diana Bellessi y leyendo sobre Dorrego y Artigas para el espectáculo. Releo mucho. Vuelvo a los lugares que me iluminaron.
—¿Qué música escuchás?
—De todo. Desde el último disco de Liliana Herrero o la intensidad reveladora de Chavela Vargas, hasta las bandas coreanas que bailo con mi nieta cuando viene a casa. Me apasiona ir descubriendo sonidos nuevos.
—¿Cuál es tu lugar seguro para descansar?
—Siempre es mi casa. Es el espacio donde puedo estar con mi familia, conversar, leer y simplemente habitar el tiempo con los míos.
—Con una carrera tan consolidada, ¿qué es lo que te motiva hoy a seguir subiéndote a un escenario y qué buscás transmitirle al público en esta etapa?
—Me interesa tomar riesgos. Estamos tan poco tiempo en esta tierra que hay que animarse a probarse en todos los colores posibles. En este espectáculo, De batallas y de amores, busco una reflexión poética sobre nuestra historia, pero no desde el dato duro, sino desde el contagio de la emoción. El teatro es un espacio de celebración del coraje donde nos encontramos con el otro. «
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