Con Maquiavelo en Davos

Por: Eric Calcagno

Es el momento en que los tiranos buscan reemplazar a la política por la metafísica, nos diría Maquiavelo, al mismo tiempo –mire usted- que desplazan a la ciencia para que reine la superstición.

Cuando Javier Milei anunció la muerte de Maquiavelo en Davos fue todo un acontecimiento. No sólo por la inesperada partida de este político y pensador a la temprana edad de 58 años que ostentaba, sino porque Nicolás Maquiavelo representa un momento en la construcción de la modernidad política. Como pocos, contribuyó para dejar de lado las explicaciones políticas en términos metafísicos para establecer una metodología basada en la observación y el análisis del poder, que permita considerar personas y asuntos como son y no como uno quisiera que sean. La ciencia no es tanto un conjunto de saberes como una metodología de trabajo.

Quizás un ejemplo de la práctica maquiaveliana sea considerar el discurso que pronunció Mike Carney en la llamada cumbre de Davos. Allí el primer ministro de Canadá la emprendió contra el imperialismo con características trumpianas, al decir que Canadá “defiende valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los estados”.

“Sabíamos”, continúa, “que la historia sobre el orden internacional fundando en reglas era en parte falso. Que los poderosos no lo respetarían y lo ignorarían cuando les conviniese (…) y que el derecho internacional era aplicado con más o menos rigor según la identidad del acusado o de la víctima”. En otro segmento constata que “los y las canadienses comprenden que nuestra concepción tradicional y segura según la que nuestra situación geográfica y nuestras alianzas nos garantizaban de manera automática la prosperidad y la seguridad no funciona más”.

Más que un análisis, parece una confesión teñida de reproche. Es que Canadá ha sido un fiel ladero de los Estados Unidos. Entre otros, participó en la guerra de Corea durante los años 1950, en la Guerra del Golfo de 1991, en la intervención a Somalia en 1992, en el bombardeo a Yugoslavia en 1999, en la invasión de 2002 en Afganistán, en el ataque a Libia en 2011, en la coalición contra el estado islámico en 2014 tanto en Siria como en Irak. Esos hechos no hablarían muy bien del proclamado respeto a los derechos humanos y a la solidaridad. En cuanto al desarrollo sostenible, recordemos que Canadá tiene 14 de las 50 mineras más grandes del mundo, entre ellas nuestra querida Barrick, al menos según Mining.com a abril de 2025. Por otra parte, parece que la soberanía y la integridad territorial sólo son importantes cuando son las propias las que están en juego.

Ah, ¿o sea que el “mundo basado en reglas” era un especie de trumpismo con buenos modales? ¿Y que las nobles naciones occidentales protestan no cuando se ejerce el imperialismo norteamericano, sino cuando Trump se los aplica a ellos? ¿Así que es posible matar negros, marrones o amarillos, pero amedrentar blanquitos hace tambalear los pilares de la civilización? ¿Si sabían que “el orden basado en reglas” era mentira, por qué no lo denunciaron? ¿Era necesario ser cómplices? ¿Acaso porque se aprovechaban? Debe ser difícil dejar la hipocresía disfrazada de metafísica cuando descubres que en vez de estar sentado en la mesa estás en el menú. Bon apétit!

Es cierto que la “Junta por La Paz” es un rejunte.

Pero no es menos ridícula o nociva que anteriores rejuntes realizados. ¿“Ruptura antes que transición”? Por supuesto. Pero existen continuidades. Así, el “Board of Peace”, por adefesio que sea y parezca, es apenas la formalización de una práctica que los occidentales instrumentaron para viabilizar intervenciones armadas fuera de la institucionalidad de las Naciones Unidas. En efecto, desde hace decenios existieron una treintena de esas violaciones al derecho internacional, a veces bajo el nombre de “grupo de contacto” como con Ucrania -también llamado Grupo Ramstein (una base norteamericana en Alemania), donde figura Argentina (¿?), cuya vocación es proveer de asistencia bélica al régimen de Zelinsky. También hay otro que se ocupa de la región de los grandes lagos de lagos en África, que porta sobre el conflicto entre Congo y Ruanda. Hubo otro sobre Libia. Otro más que trata de la “piratería” en el Mar Rojo. Y como “grupo de amigos de” encontramos a los que invadieron Siria. Aunque también puede llamarse “coalición de voluntarios”, usado en general para intervenir en Medio Oriente.

De este modo puentean a los organismos internacionales, y después de vaciarlos acusan a las Naciones Unidas porque no sirve para nada. El error de Trump es hacerlo explícito en la formalización de una práctica de hecho. Y que haya blanquitos de por medio.

El sistema internacional establecido se derrumba, como las paredes de la sede del UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo), demolida hace poco por el ejército israelí. Esta violación flagrante de las convenciones internacionales no levantó más polvo que el de los escombros, ni logra borrar la indiferencia -o complicidad- de los países occidentales frente a los acontecimientos en Gaza y en Cisjordania.

El genocidio en curso ha destruido todo límite en el ejercicio del poder. Es el momento en que los tiranos buscan reemplazar a la política por la metafísica, nos diría Maquiavelo, al mismo tiempo –mire usted- que desplazan a la ciencia para que reine la superstición. «

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