La gala coronó una experiencia de divulgación científica que rompió con la lógica del entretenimiento puro. El gesto contrastó con la ofensiva del gobierno de Milei que deslegitima y desfinancia la investigación estatal.

El premio no fue solo un reconocimiento a la calidad técnica y narrativa del proyecto, sino también un gesto cargado de sentido político y cultural. En un contexto marcado por el ajuste, el recorte presupuestario y el discurso abiertamente hostil del Gobierno de Javier Milei hacia el sistema científico, la elección del CONICET como ganador del Oro funcionó como una toma de posición clara por parte de la industria y de la propia APTRA.
Desde su asunción, Milei ha señalado reiteradamente a la ciencia pública como un gasto prescindible, ha deslegitimado el trabajo de investigadores y ha puesto en cuestión la existencia misma del CONICET como política de Estado. En ese marco, la consagración de un stream científico en la gala que buscaba consagrar “lo mejor del streaming” operó casi como una respuesta simbólica. Frente a la lógica del entretenimiento rápido y el algoritmo, el premio destacó una propuesta que apostó por el conocimiento, la curiosidad y la producción de contenidos de largo aliento.
La transmisión premiada mostró, en vivo, imágenes inéditas del fondo del mar argentino, acompañadas por explicaciones de especialistas que tradujeron procesos complejos en un lenguaje accesible, sin subestimar al público. El éxito del proyecto confirmó que existe una audiencia interesada en contenidos científicos y que el streaming puede ser una herramienta poderosa para la divulgación, incluso en un escenario adverso para el sector.
La entrega del Martín Fierro de Oro cerró una ceremonia atravesada por debates sobre el sistema de votación y el lugar de las plataformas digitales en la cultura contemporánea, pero el momento del anuncio concentró una atención especial. No se trató solo de un premio más, sino de una consagración que desbordó lo estrictamente artístico o técnico y se inscribió en una discusión más amplia sobre el rol del Estado, el conocimiento y la producción científica en la Argentina actual.
Para el CONICET, el reconocimiento llega en uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. Con salarios deteriorados, proyectos frenados y una narrativa oficial que descalifica a investigadores y becarios, el Martín Fierro de Oro funcionó como una validación pública del trabajo que se realiza puertas adentro de los laboratorios y, en este caso, también en las profundidades del océano.
El premio dejó una imagen potente para el cierre de la noche: mientras el Gobierno insiste en señalar a la ciencia como un problema, una gala dedicada al presente digital consagró a un proyecto científico como lo mejor del año en streaming. En tiempos de ataque y desprestigio, la estatuilla de Oro terminó diciendo algo más que cualquier discurso.
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