Más allá de la cumbre entre Trump y Putin, apenas un poco más que nada

Por: Eduardo J. Vior

El encuentro se focalizó en reuniones bilaterales, y entre ellas la de los mandatarios de EE UU y Rusia se llevó todas las miradas.

Angela Merkel quería capitalizar en la campaña para la elección general de setiembre próximo los acuerdos que esperaba se dieran en la Cumbre del G20 en Hamburgo, pero el vandalismo del Bloque Negro y la tozudez de Donald Trump le robaron la escena. En el documento final difundido ayer sólo se alcanzó un impreciso acuerdo comercial y la constatación de la diferencia de opiniones sobre el cambio climático. La canciller alemana logró impedir que la Cumbre estallara, pero el comunicado final está lleno de aire.

Donald Trump estaba exultante, ya que, envuelto en una vaga defensa del comercio libre, el documento acordado lo autoriza explícitamente a aplicar medidas proteccionistas cuando lo considere necesario. A cambio, Washington se comprometió a concertar con sus socios del G20 la regulación de los mercados financieros. Al mismo tiempo, 19 de los 20 países ratificaron su adhesión al Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, mientras reconocían la opinión diferente de Estados Unidos. 

En su discurso final Merkel subrayó los acuerdos alcanzados para promover inversiones privadas en algunos países africanos y para apoyar a mujeres empresarias en países emergentes, pero todos coincidieron en que lo más productivo de estos dos días fueron los encuentros bilaterales. Quienes más aprovecharon esta modalidad fueron Vladimir Putin y Donald Trump con su encuentro del viernes a la tarde, pero los demás líderes no se quedaron atrás.

La reunión entre ambos mandatarios estaba planeada para media hora, pero duró dos horas y media. Se realizó a puertas cerradas y en ella sólo participaron los presidentes, sus intérpretes, el ministro de Exteriores ruso Serguei Lavrov y el secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson. Con la mira puesta en el público norteamericano, Trump comenzó inquiriendo por las interferencias rusas en la campaña electoral de 2016, pero Putin le respondió que no había pruebas y que mejor miraran al futuro. Que fue lo que hicieron. La mayor parte del tiempo la dedicaron a Siria, hasta alcanzar un acuerdo para el cese del fuego en el suroeste del país, en la cuádruple frontera entre Siria, Líbano, Jordania y los territorios del Golán ocupados por Israel donde al-Qaeda lleva desde hace semanas una ofensiva contra las fuerzas gubernamentales apoyada por la artillería israelí y las fuerzas especiales norteamericanas ingresadas desde Jordania. Si se produjera un enfrentamiento directo entre Siria e Israel, se desataría una guerra en gran escala que Trump y Putin buscan ahora evitar. También convinieron moderar juntos las crisis en Corea y en Ucrania.

Según informó más tarde el ministro Lavrov, conversaron asimismo sobre ciberseguridad, aunque, en realidad, ninguno de los dos lo toma muy en serio. Si lo hicieran, Washington debería reconocer que los últimos ataques informáticos fueron realizados con armas robadas a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) por un grupo que se hace llamar “Los corredores de Bolsa en las sombras” (Shadow Brokers) y que vende en las redes suscripciones para recibir periódicamente virus actualizados, sin preocuparse por su uso. Hasta ahora Washington sigue sin reconocer el robo ni ha informado a sus aliados qué armas le fueron hurtadas. Por el otro lado, ambas potencias desean poder continuar espiando y saboteando a las empresas y personas que les convenga.

En Hamburgo los países del G20 acordaron, además, combatir el financiamiento del terrorismo y su propaganda en Internet. Los europeos ambicionaban también acordar medidas para superar la crisis causada por la afluencia de centenares de miles de refugiados, pero sólo lograron vagas promesas de combatir el tráfico de personas. En este contexto de desunión, pocos atendieron al mensaje del Papa Francisco en el que pidió a los líderes mundiales que se hagan cargo de la miseria y las catástrofes naturales que provocan las masivas migraciones internacionales, que sean solidarios con quienes más lo necesitan y que resuelvan los conflictos pacíficamente. 

Desde el inicio la Cumbre se apartó del plan de viaje fijado por los organizadores alemanes: los temas políticos impusieron su peso sobre los económicos y ecológicos, las reuniones bilaterales ocuparon más tiempo que las multilaterales y hasta el plan de actividades para las y los consortes de los mandatarios debió ser alterado varias veces por los choques en las calles de la ciudad.

Para los europeos el único saldo de esta reunión ha sido que el G20 no se rompió. En cambio, el presidente de los Estados Unidos vuelve a casa sin haber hecho ni una concesión de importancia y después de haber legitimado –como quería- a su colega ruso como interlocutor privilegiado. No es extraño, entonces, que Xi Jinping haya intensificado sus lazos con Angela Merkel. 

La Cumbre no resolvió ningún problema y dejó una ciudad muy dañada. Las reuniones bilaterales, en cambio, fueron muy provechosas, pero profundizaron los alineamientos de las potencias en bloques. Ahora el paquete pasó a manos de Mauricio Macri, quien en 2018 debe organizar la reunión en Buenos Aires. Un paquete muy, muy pesado. «

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