Menotti está vivo

Por: Roberto Parrottino

El Flaco permanecerá en la selección, por institucionalizarla, no sólo por la Copa del Mundo de 1978, la primera para la Argentina, y en cada humano que ama y ame al fútbol-juego.

“Pará, pará. Bielsa, Martino y yo somos rosarinos. Los demás son chacareros. Bauza es de Granadero Baigorria y Sampaoli, de Casilda. No mezclemos”, me chicanea César Luis Menotti, del otro lado del teléfono, cuando le marco que Rosario nutre de entrenadores al fútbol argentino, en especial a la selección argentina. Es 2017, pasará el caos de Rusia 2018 con Jorge Sampaoli y llegará Lionel Scaloni, otro rosarino. Pero aquella vez, y ahora en serio, Menotti se explaya. Y mientras explica, me enciendo por tener su testimonio para la nota acerca de la escuela rosarina de técnicos, pero sobre todo por lo que cuenta: “El fútbol en Rosario es un hecho cultural inimaginable. Hay una pasión por el fútbol de la que es muy difícil retirarse, un lugar de desarrollo de pasión que se da en pocos lugares. En Buenos Aires, el fútbol no es tan cerrado y cercano como en Rosario, y eso hace que te exija una comunicación diferente, es muy formativo, hace que sea un debate diario y vivís agonizando todo el día. Además, jugamos mejor que todos porque no vinieron los ingleses, vinieron los escoceses y se pasaban más la pelota”.

Lo había dicho Diego Maradona: “El Flaco te seduce con sus palabras”.

En el día en que se juega a la pelota, durante una tarde de garúa y de domingo en Buenos Aires, salida del bandoneón de Aníbal Troilo, porteña como la confitería Saint Moritz en la que paraba, y mientras se jugaba una final del fútbol argentino, murió Menotti. Pero está vivo.

Lo volverán a citar, acaso sin conocer de quién partió la conceptualización, cuando un futbolista haga lo que hizo Vinícius Júnior en el gol del 1–0 del Real Madrid ante el Bayern Munich en la ida de la semi de la Champions, antes del pase de Toni Kroos. “El amague, o el engaño, es un concepto básico del fútbol. No tenemos que cansarnos nunca de repetirlo. Y se puede resumir en una frase: ‘Cuando voy, vengo, y cuando vengo, es que voy’. Son trabajos para ensayar en las pequeñas sociedades”. Ahí Menotti vive, y vivirá.

Menotti permanecerá en la selección, por institucionalizarla, no sólo por la Copa del Mundo de 1978, la primera para la Argentina. Desde la conferencia de presentación como director de selecciones de la AFA, el 25 de enero de 2019, apoyó a Scaloni, incluso antes de que los periodistas preguntaran. De hacedor del 78 a mentor de Qatar 2022. Respeto. El fútbol es un hecho cultural y popular –repitió como un combatiente–, y es demasiado importante como para que se imponga el ruido de los veletas, el oportunismo de los paracaidistas, el resultado de los exitistas y la (des)cultura de los “fans”. Menotti vive en Pablo César Aimar, ayudante de Scaloni, llamado “César” por él, porque su padre lo admiraba. “Si está Aimar, está todo bien”, fue lo primero que le dijo a Claudio Tapia, presidente de la AFA.

Menotti aparecerá cada vez que se trate de comprender el origen de un futbolista, sus experiencias y sus sentimientos, porque “el jugador debe entender para qué juega y para quién juega”. Esto que cuenta Jorge Valdano –lo dirigió en España 1982– en Los 11 poderes del líder (2013) rastrea en las identidades de un jugador: “Una tarde fuimos a ver a uno de nuestros posibles rivales, una selección europea: sus jugadores nos parecieron superhombres. El fútbol europeo nos intimidaba por su velocidad y su fortaleza física, y Alemania, desde la misma presencia, confirmaba esa leyenda. Nadie decía nada, pero mirábamos aquel espectáculo físico con cierto complejo de inferioridad. Sin embargo, Menotti se mantenía tranquilo. De pronto, uno de los más atrevidos le dijo: ‘César, los alemanes son fuertísimos’. ‘¿Fuertes?’ –contestó Menotti con unos reflejos inolvidables–. ‘No diga bobadas. Si a cualquiera de esos rubios lo llevamos a la casa donde usted creció, a los tres días lo sacan en camilla. Fuerte es usted que sobrevivió a toda esa pobreza y juega al fútbol diez mil veces mejor que estos tipos’”. Era la reivindicación del potrero como la hora cero del fútbol argentino.

Menotti habitará cuando se desnude a los hipócritas y a los farsantes. A veces se adelantará, tirando el achique. Si Javier Milei expresó su “profundo dolor por la partida del líder de un grupo que le ha dado una de las más grandes alegrías al país”, Menotti ya había señalado, antes de que fuera electo presidente de la Nación: “Milei es un espanto. Es una irrespetuosidad cultural a la política”.

Menotti perdurará en su escuela de directores técnicos y en cada uno de los entrenadores a los que formó, a los que inspiró, como a Pep Guardiola. Trascenderá cada vez que alguien, como lo hago ahora, abra Fútbol sin trampa, un libro–manifesto publicado en 1986, del que se aprende –y mucho– en 2024 y del que se aprenderá siempre que al fútbol lo jueguen once contra once en 105×70. “Yo digo que el fútbol –nuestro fútbol– es de clase. Pertenece a la clase obrera. Y posee la amplitud, la nobleza y la generosidad de permitir que todo el mundo disfrute de él como espectáculo”, leo. Y Menotti cita a Adolfo Pedernera, uno de sus maestros: “Me hizo entender que el fútbol no estaba tan podrido como yo creía. Él supo como nadie antes, que el fútbol no existe, que son hombres que hacen fútbol, como son hombres los que escriben y los que hacen música”.

Menotti está vivo en cada humano que ama al fútbol–juego.

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