Mi amiga Sol

Mientras te escribo, las lágrimas por la tristeza infinita se alternan con sonrisas intermitentes por los recuerdos de nuestras aventuras.

-¡Sol, hay fumata blanca!

Había leído la noticia en mi computadora y salí corriendo de la habitación para avisarte. Tú veías la tele en la sala. Era la tarde del 8 de mayo de 2025. Yo estaba otra vez de paso en Madrid y, como siempre, me quedaba en tu casa.

Pusimos un noticiero, escuchamos juntas el nombre y el discurso de quien sería León XIV e improvisamos una mini redacción en la mesa del comedor para escribir sobre el nuevo papa que, en principio, nos cayó bien porque habló en español y saludó a los peruanos. Durante un rato no pude concentrarme porque me maravilló verte, a tus 74 años, con más de cinco décadas como periodista, emocionada con la noticia, buscando información y ensayando el tono justo para el comentario que darías en la radio.

Tú, la periodista honesta, me reconciliabas con nuestro lastimado oficio. Ese día, ya hacía un par de meses que te ayudaba a organizar los archivos de tu columna semanal en El País. Los tenías impresos, más o menos acomodados por fechas. Te decía que ahí anidaba un libro pero tú, la periodista excepcional que no cultivaba el narcisismo, te resistías. Tampoco querías escribir tus memorias, vaya, ni siquiera tus anécdotas periodísticas. Preferías la discreción. La austeridad en todo sentido. Eras la periodista comprometida, a la que le importaba y defendía la democracia, la Constitución, los derechos humanos, las personas migrantes, las mujeres. Si habremos discutido sobre la cuarta ola. Y sobre el peronismo.

Nos conocimos en 2008, en una cena en Buenos Aires. Recién aterrizabas como corresponsal de El País y yo era corresponsal mexicana. Fue amistad a primera vista. En ese momento comenzamos a querernos y a compartir la vida y el periodismo: hacíamos entrevistas juntas, recorríamos librerías, paseábamos por los barrios porteños, salíamos al teatro, al cine, a la ópera, a comer sushi que estaba tan de moda. Contigo disfruté más que nunca la movida cultural de Buenos Aires. En los asados con los amigos argentinos o en las cenas en mi casa insistías en lavar los platos a modo de aporte porque la cocina no era lo tuyo. Solas, con copas de vino de por medio, hablábamos de nuestras infancias, tan distantes en el tiempo y en la geografía; de nuestras familias, tan parecidas todas; de la vida después de la orfandad. Del futuro que vislumbrabas con una esperanza perenne, a pesar de todo.

Eras generosa en cualquier oportunidad, como aquella vez que te conté que era fan de Alejandro Sanz y a las pocas semanas fue a Buenos Aires y me pediste que lo entrevistara y cediste tu privilegiado lugar en su concierto solo para que conociera a mi ídolo. Cuando nos acordábamos de esa anécdota, reíamos. Creo que eso fue lo que más hicimos juntas: reír. Tú, con esa risa sonora, musical, traviesa; con una alegría y sentido del humor que iluminaba a quienes estábamos cerca.

Solo estuviste un par de años en Buenos Aires pero dejaste huella como una corresponsal española seria, respetuosa, curiosa, amable. Con tu vuelta a Madrid, te convertiste en un nuevo pretexto para que yo volviera a cruzar de tanto en tanto el Atlántico. En los primeros regresos, me di cuenta de la admiración que provocaba la sola mención de tu nombre: Soledad Gallego-Díaz. En Argentina, bah, en ningún lado, habías hecho ostentación de tu trayectoria y tus galardones. Para mí eras simplemente mi amiga Sol, la que venía a las cenas de bienvenida y despedida; con la que compartía paellas, tapas, tortillas, vinos, caminatas, bromas.

En cada viaje, el inventario afectivo se agrandó con las noches de charlas y pelis en tu casa; las vacaciones en Alicante, el mar, el reencuentro apurado en Córdoba. Los libros que intercambiamos. Los abrazos. El consuelo de tu atenta escucha.  El «para eso somos amigas ¿no?» con el que me interrumpías para evitar que te agradeciera alguno de tus interminables gestos de bondad.

El año pasado me fui preocupada por tu salud y te prometí que volvería pronto a Madrid para visitarte. Lo logré, aunque sólo pudimos mandarnos correos y mensajes en el celu. Quedamos de vernos el domingo, en Mataderos, en una mesa por los 50 años de El País. No llegaste ni publicaste tu columna. Eran demasiados indicios. Dos días después, partiste. Pero chica, solo a ti se te ocurre morirte justo en el aniversario del periódico al que le entregaste tu vida, al que ayudaste a construir como reportera y a reconstruir como directora.

Mientras te escribo, las lágrimas por la tristeza infinita se alternan con sonrisas intermitentes por los recuerdos de nuestras aventuras. Qué suerte, qué orgullo haber conocido a una persona decente que, como ya lo dijo Maruja Torres, nos va a hacer falta en tiempos de canallas. Venir a Madrid no volverá a ser jamás lo mismo sin ti, amiga de mi corazón: te voy a extrañar.

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