La obra protagonizada por Manuel Ramos retrata un universo donde la violencia convive con la falta de información y redes de contención. Al mismo tiempo recupera la música y la identidad cultural del Litoral.

Oriundo de Rafaela, Santa Fe, puede decirse que el joven de 29 años creció en los sets de televisión: lleva más de la mitad de su vida habitando ficciones. Llegó a Buenos Aires a los nueve años y, desde los doce, cuando empezó a trabajar profesionalmente, no paró. El gran público acompañó su crecimiento (físico y artístico) a través de éxitos como Consentidos, Esperanza mía, Amar, después de amar y, más recientemente, en series que lo hicieron conocido internacionalmente, como Go! Vive a tu manera y Entrelazados.
Pese a su fama, Ramos llegó a la obra de una forma más relacionada con la dinámica propia del teatro independiente. El año pasado se recibió de profesor de Teatro y, por medio de un amigo, hablando “del drama gauchesco en Argentina, de Juan Moreira”, en un momento le dice: “Che, ¿sabés que me propusieron hacer esta obra? ¿Estás para que la hagamos juntos?”. Así surgió su acercamiento con los directores y con la historia. Además, la obra tenía una conexión inicial con el mundo rural que reconoce que funcionó como una seducción más para alguien nacido en una ciudad como Rafaela, que pese a su dimensión conserva la dinámica general de los pueblos y ciudades de las provincias. «Me gusta contar historias que sucedan en los márgenes de la sociedad -agrega-. Creo que esta obra tiene algo de eso: correr un poco la mirada porteñocentrista con la que muchas veces se mira todo”. Y si bien aclara, casi riendo, que ninguno en el elenco es correntino, destaca que la obra se apega al universo litoraleño, que se mueve al ritmo de la música del chamamé. «La idea es traer ese mundo para acá. Hay una lógica de que el teatro profesional sucede en Buenos Aires, lo cual es verdad en cuanto a una lógica de trabajo, aun con lo cascoteada que está la profesión hoy en día. Pero nuestro gran sueño es poder llevarla a las provincias, al Chaco, a Corrientes, al Litoral».
A la cara linda Ramos le sumó estudio, acaso porque pronto aprendió que el mejor camino se forja a partir del no: empezar de chico prácticamente con trabajos de gran audiencia le enseñó pronto cómo funcionan las cosas. «La realidad de los actores es que a veces agarran lo que se puede», admite con empatía hacia sus colegas. «Pero por suerte tuve la posibilidad de decir que no a muchas cosas en las que yo no compartía el criterio ético. Creo que los ‘no’ muchas veces son más importantes que los ‘sí’, porque decir que no te va formando y te va forjando una identidad como persona y como profesional. Trato de hacer cosas que me gusten y que me convoquen emocional y éticamente».
Y sin que sea un botón de muestra, exhibe un par de antecedentes: pasó por la carrera de Comunicación Social y hasta hizo el CBC de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. «Cuando hacía Filosofía en Puan me encantaba, pero en un momento dije: ‘Quizás no es por acá’. Tenía la sensación de que necesitaba institucionalizar mi deseo», explica. Algo que en buena medida encontró estudiando el Profesorado de Teatro de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD). «No lo hice por el título, pero me ordenaba. Hoy tengo la posibilidad de meterle firme a la docencia si lo deseo más adelante. Me dio un montón de herramientas».
El tema del abuso siempre es áspero. Y a esa aspereza Mi cielo en el fondo del aljibe le agrega la característica de que sucede en el campo, lejos de “las grandes ciudades, donde las redes de contención, la información y la cercanía del Estado pueden, en ocasiones, facilitar las vías de escape o la denuncia; ahí la dinámica es muy distinta”. A eso hay que agregar en Mi cielo en el fondo… “la falta de educación que muchos de estos personajes tienen: marca una diferencia entre lo que podría suceder en el campo y en la ciudad. Hay un personaje que ingresa en la obra para poner al descubierto esta situación y abrir los ojos, desembocando en una tragedia rural».
Que Ramos reconozca su privilegio de tener trabajo seguido no obsta para que vea en el teatro independiente una posibilidad que no encuentra en ningún otro lado, incluso para hablarle y llegarle al público. «Formo parte de una generación que se crió viendo ficción y que hoy en día no la tiene, o tiene muy poca. Argentina supo tener una industria enorme y hoy eso no sucede. Pero los momentos de crisis son posibilidades de reinventarse. Y para mí, el teatro, sobre todo en este momento, es un espacio de resistencia absoluta e ideológica. Lo que pasa con el teatro es que, en los momentos más difíciles, es cuando más hay que estar y cuando más hay que hacer».
Con esa convicción invita a la obra, aunque de entrada no le salen tan fluidas las palabras. “Tiene el contrapunto perfecto entre la sensibilidad y la violencia», es su primer acercamiento. Y ya poniéndose la obra y el teatro independiente al hombro, como quien dice, redobla la apuesta: “El teatro genera perspectiva. Y en una época dominada por las pantallas, ir a la sala genera otra perspectiva. En este momento, más allá de lo social, soltar un teléfono y emocionarte viendo un chamamé o, como dice (Mauricio) Kartun, viendo un pájaro, es una micro revolución. Entender que es un artificio hecho por personas, no por una máquina. Y si bien entiendo el momento y la realidad económica de la gente, es vital bancar este momento y bancar la cultura, que es importantísima y la tenemos que sostener entre todos».
Dramaturgia: Gastón Chamorro. Dirección: Mariela Pizzo. Puesta en escena: Gastón Chamorro. Elenco: Manuel Ramos, Juan Ignacio Dericia, Agostina Innella, Pedro Risi. Los viernes a las 19.30 en Espacio Callejón Teatro, Humahuaca 3759 (CABA).
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