Miguel Ángel Russo, el técnico que sabía de la vida y de fútbol

Por: Roberto Parrottino

Murió rodeado de amor. Como DT de Boca. Y fue despedido con el cuerpo cubierto de camisetas de clubes argentinos. Su espíritu futbolero genuino trascendió los colores. Hay muchas formas de vivir. Y de morir.

La chica de Rosario Central de la “Filial Gran Buenos Aires Miguel Ángel Russo” –jogging azul con el escudo de Central, buzo atado a la cintura, tatuaje en el antebrazo izquierdo del escudo de Central (y en el derecho del Gigante), mochila negra con el escudo de Central– llora desconsolada. Las lágrimas, cuando le tocan la boca, burbujean. Parada a 15 metros de la Puerta 3 de la Bombonera –donde ya se acumulan más de una treintena de coronas de flores que con su olor penetran las fosas nasales–, la chica mira hacia un punto fijo, cruzada de brazos. El adiós íntimo.

Son las 19:15 del jueves 9 de octubre de 2025. Es incesante el fluir de los que salen por la Puerta 3 y rompen en llanto. Algunos escuchan el “¡Migueeelo, Migueeelo!” que sale de un grupo de hinchas sobre Brandsen 805. El nene con la 5 de Paredes mueve el pie al ritmo del “bostero soy, y Boca es la alegría de mi corazón”. La canción que avisa que “ni la muerte nos va a separar, desde el cielo te voy a alentar”. La madre del nene, con la 10 de Maradona del 81, le restriega los ojos y le acaricia la cabeza. Por Brandsen, desde Avenida Patricios, irrumpe un grupo de la barra de Millonarios de Colombia con un par de coronas. Son de la “Peña Todo se cura con amor”: “¡Russo Russo querido/ Russo Russo querido/ aunque estés en la gloria/ ya no nos acompañes/ Millonarios recuerda/ las copas que ganaste/ las copas que ganaste!”. “¡Te amamos, Miguel, graaande!”, grita una voz con tonada bogotana.

Foto: Juan Foglia / NA

Miguel Ángel Russo murió rodeado de amor. Como entrenador de Boca. Y fue despedido con el cuerpo cubierto de camisetas de clubes argentinos. De Central, de Boca, de Estudiantes de La Plata, de Lanús, de Vélez, de San Lorenzo, de Racing. Y de Millonarios, de Cerro Porteño de Paraguay, de la U de Chile. Pero también de otras con las que no jugó ni a las que dirigió en los casi 50 años entre futbolista (13, en Estudiantes) y entrenador (1.254 partidos dirigidos en 36 años). Su espíritu futbolero genuino trascendió los colores. Hay muchas formas de vivir. Y de morir. En 2013, tres años antes de que muriera de un cáncer de pulmón, el escritor uruguayo Eduardo Galeano decía: “El cáncer es el cáncer, y qué le vas a hacer. No nació ayer, ni morirá mañana. Somos millones los que hemos peleado contra ese dragón de la maldad y hemos ganado, gracias a las conquistas científicas y sobre todo gracias a las ganas de vivir, que te dan una fuerza científicamente inexplicable”. Miguel, enfermo de cáncer de vejiga y próstata desde 2017, ganó ocho años de vida por la fuerza del fútbol. Los que lo lloraron, lloraron por su lucha vital, por los cercanos que perdieron por “ese dragón de la maldad” y por la propia finitud. La suerte de un hombre, a veces, resume la de todos los hombres. “Son momentos”.

En mayo de 2025, cuando lo buscó por segunda vez desde que es dirigente para que fuera el entrenador de Boca, Juan Román Riquelme sabía que Russo transitaba la enfermedad. Pero sobre todo, por el vínculo padre–hijo, que su cabeza disparaba detrás de una pelota. Lo eligió por amor. Fue un gesto de inmensa humanidad (miserables y mierdas, abstenerse). Riquelme, líder amoroso, hizo el bien en silencio. No le importó su “imagen pública”. “Las cosas no están bien, pero si me va a pasar algo, que sea siendo el DT de Boca”, le respondió entonces Miguel, y aceptó. En las últimas semanas, Riquelme y Marcelo “El Chelo” Delgado le dijeron que se quedara en su casa, que no era necesario que fuera al predio de Ezeiza. “Si ustedes me mandan a mi casa –les aclaró–, yo me muero a los dos días”. El viernes, una bandera de Boca cubrió el féretro con sus restos camino al cementerio desde la Bombonera. “¡Quiero que sepan que el Xeneize es mi alegría/ aunque no entiendan yo por Boca doy la vida/ Cuando me muera no quiero nada de flores/ Yo quiero un trapo que tenga estos colores!”, canta La Doce. Miguel se crió en la escuela pincharrata, se enamoró de los canallas –parte de sus cenizas serán arrojadas en el Gigante– y murió bostero. Eterno.

“¡Vení vení/ cantá conmigo/ que un amigo vas a encontrar/ que de la mano/ de Miguel Russo/ todos la vuelta vamos a dar!”. “¡Olé olé/ olé olé olá/ a Miguel Russo no lo vamos a olvidar!”. “¡Russo/ querido/ La Doce está contigo!”. “¡Muchas gracias Miguelo/ muchas gracias Miguelo/ Muchas gracias Miguelo / Muchas gracias Miguelo/ vos no diste la Copa/ vos nos diste alegría/ lo que hiciste por Boca/ no se olvida en la vida/ no se olvida en la vida!”. “¡Se siente, se siente/ Russo está presente!”. Durante la jornada del jueves –quinto velatorio en el hall central de la Bombonera tras las víctimas de la Puerta 12, Paulo Valentim, La Raulito y la histórica lavandera del club– en las calles de La Boca se cantó por Russo hasta pasada la medianoche. “Descansá en paz, Miguel. ¡Gracias por tanto!”, se leía hasta en la pizarra de Pastas Doña Rosa, en la esquina de Aristóbulo del Valle y Patricios. Último entrenador campeón de la Libertadores con Boca, en 2007 con Riquelme en la cancha, Russo tuvo una capacidad que alimentó a partir de un tacto humano fruto de la conjunción de vocación y oficio: entendió rápido a los clubes –contextos, identidades y dinámicas–, siempre desde el respeto, sin vender humo, siempre desde la sonrisa y los viejos códigos, siempre desde el esfuerzo inclaudicable, para convertirse, finalmente, en una voz familiar. “Boca es Boca”. “Boca es todos los días, cada minuto, Boca es distinto”. “A Boca nunca se le puede decir que no”. “Boca es un mundo adentro y otro afuera: yo me quedo con el de adentro”.

Miguel se quedó adentro de Boca porque la vida “son decisiones” (quizá recién ahora comprendemos la frase que intenta ocultar pero que dice mucho). La decisión final la llevó hasta la muerte: hacer hasta el último suspiro lo que se ama con pasión, lo que nos produce felicidad, a pesar de lo que cueste, de cargar con un cuerpo debilitado. David Bowie lanzó el disco “Blackstar” el 8 de enero de 2016, cuando cumplió 69 años (misma edad que Russo). A los dos días, murió. El 14 de septiembre –menos de un mes atrás–, Jorge “Fatura” Broun, arquero de Central, se le acercó a Miguel para saludarlo antes del partido ante Boca por el Clausura en el Gigante. “¿Cómo estás, viejo?”, le preguntó al oído, entre el ruido de los cohetes y la ovación del pueblo canalla. “Feliz”, le respondió, y se quebró. En el último partido que dirigió, en la Bombonera ante Central Córdoba de Santiago del Estero, el 21 de septiembre, Russo recibió una ovación mientras caminaba hacia el banco en el entretiempo. “De Boca hasta la muerte”, rezaba el jueves una bandera debajo de la Puerta 1.

“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol”, escribió Eduaro Sacheri en el prefacio en Esperándolo a Tito (2000), su primer libro, en unas palabras que ya le pertenecen a la cultura fútbol, apropiadas alguna vez por Ángel Di María, presente el jueves en la despedida en la Bombonera. Miguel Ángel Russo sabía de la vida y de fútbol. Y de los tránsitos. “El después –supo decir– es para siempre: vos quedás en la historia”.

Foto: NA

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