
La teatralidad, que no se mancha, es también un dominio pleno de lo mejor de la Humanidad, de los grandes seres humanos, como alguna vez escribimos en Tiempo, por ejemplo, sobre Hugo Chávez. Maradona es (y no digo “era”, porque sigue siendo) un caso de prodigiosa teatralidad. Fascina y seguirá fascinando como organizador de la mirada, dominador de aquello que hace falta para que todos los ojos se detengan en él. Donde está, hay que mirarlo. No se le pueden sacar los ojos de encima. Por su personalidad, por su carisma popular, por la inscripción de su historia y su origen social en su corporalidad y su habla, por su juego sagrado, por el misterio del don, por la ética que supo hacer del don una causa. Ni hablar de la pregnancia de sus grandes jugadas en la organización de la mirada futbolística: no hay indiferencia posible al verlo jugar, incluso teniéndolo en contra. Mucho más que ver a un jugador. En un mundo degradado, Maradona se cuenta y se seguirá contando entre esas personas que contagian y siguen contagiando mito, épica, acontecimiento, inminencia de acontecimiento, política. Como cuando dirigió a la Selección Nacional: algo trascendía el campeonato, regresaba la creencia, el deseo de creer, la necesidad de creer. No son muchos, y son indispensables. Maradona ya no está entre nosotros pero lo sigue haciendo, ahora, a través de la pasión que genera en quienes se lamentan de su muerte, quienes lo recuerdan. Plenitud del mito. Emociona la muerte de Maradona, pero más todavía emociona la pasión de la gente, su afectación, su pasión. Nace una teatralidad vicaria: Maradona nos sigue y seguirá fascinando por las pasiones que despierta y despertará su memoria.
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