El mismo golpe, otra pantalla

Por: Mariano Quiroga

Cincuenta años después, los tanques ya no salen a la calle. Salen los algoritmos. Y la cadena de causalidad, aunque más larga y más difusa, sigue teniendo los mismos dueños en el extremo más alejado.

Treinta mil desaparecidos no fue el costo del orden: fue el precio de la transferencia. El Plan de Reorganización Nacional no reorganizó sólo el Estado: reorganizó la propiedad, los precios relativos, la estructura de clases entera. José Alfredo Martínez de Hoz, el ministro que lo ejecutó, era abogado de multinacionales y amigo personal de Rockefeller. Bajo su gestión, la deuda externa pasó de 7800 a 45.000 millones de dólares en siete años. Ese dinero no se evaporó: se transfirió sistemáticamente desde el salario argentino hacia los acreedores de Nueva York.

El terror y la economía eran la misma política con dos brazos. El desaparecido era el militante que se oponía al ajuste. El torturador, el brazo del acreedor. La picana, el argumento con que se respondía a la huelga. Nombrar eso no es metáfora, es descripción precisa de una cadena de causalidad que los juicios documentaron con nombres, fechas y órdenes.

Cincuenta años después, los tanques ya no salen a la calle. Salen los algoritmos. Y la cadena de causalidad, aunque más larga y más difusa, sigue teniendo los mismos dueños en el extremo más alejado.

BlackRock, el mayor fondo de inversión del planeta, tiene participaciones significativas en Alphabet -Google-, Meta, Microsoft, Amazon, Apple y OpenAI. Junto con Vanguard, constituye simultáneamente el mayor o segundo mayor accionista de las cuatro grandes corporaciones tecnológicas y de los grupos mediáticos más influyentes de Occidente. Los mismos apellidos financieros que aparecen en la historia de la deuda argentina -Rockefeller, Goldman Sachs, JP Morgan- tienen hoy posiciones dominantes en la infraestructura que determina qué información ve cada persona, qué noticias circulan, qué candidatos se vuelven virales y qué movimientos son silenciados.

La Escuela de las Américas, donde se entrenaron más de 60 mil militares latinoamericanos en técnicas de contrainsurgencia, cerró en el 2000. Pero su doctrina no murió: mutó. Hoy se llama Atlas Network, una red de más de quinientos think tanks libertarios en noventa países, financiada por Koch Industries, ExxonMobil y los mismos grandes fondos de inversión. Sus egresados no llevan uniforme: dan conferencias TED, asesoran presidentes, escriben  documentos de política económica que los organismos multilaterales traducen en condiciones de préstamo. La doctrina tampoco cambió en lo esencial: el Estado es el enemigo, el mercado es la solución, y cualquier intento de redistribución es un paso hacia el totalitarismo.

Pero hay un salto cualitativo en este nuevo instrumento que conviene nombrar con precisión. El algoritmo no sólo fragmenta la sociedad: individualiza la derrota. Donde antes había una fábrica tomada, un sindicato en pie, una asamblea barrial, hoy hay millones de pantallas que devuelven a cada sujeto su propia ansiedad envuelta en el papel de una elección personal. El algoritmo no te dice que tu salario perdió contra la inflación; te dice que te falta un curso de educación financiera. No te explica que el sistema de salud colapsa por decisión política; te sugiere que no hiciste suficiente ejercicio. La terapia se convierte, en ese contexto, en el sucedáneo de la militancia. No es azaroso: es el resultado de una arquitectura de plataformas que premia la introspección deshistorizada y penaliza la comprensión estructural, porque ese es el primer paso hacia la organización y la organización es la única amenaza que el capital nunca ha dejado de temer.

Lo que antes  llamaban contrainsurgencia y limitaban a territorios concretos -fábricas, universidades, villas- se transformó en una guerra cognitiva permanente librada en el terreno de la subjetividad. El objetivo ya no es solo derrotar a una organización política: es imposibilitar cualquier forma de organización política, disolver la confianza en lo colectivo, naturalizar la desigualdad, privatizar la esperanza. Es una guerra que no se declara, pero cuyas bajas se cuentan en salarios recortados, en soledades inducidas por la precarización de los vínculos y en depresiones que son la expresión psicológica de una derrota objetiva.

La víctima ya no desaparece: se desacredita, se ridiculiza, se cancela. El silenciamiento ya no requiere un centro de detención, basta con diez mil mensajes coordinados y un algoritmo que amplifica el odio porque el odio retiene más tiempo a los usuarios en la plataforma. El método cambió. La impunidad es la misma.

Cuando Milei asumió en el palco de honor no había ningún general. Había representantes de la Atlas Network: la Fundación Libertad y Progreso, la Fundación Pensar, el Cato Institute. Todos miembros o socios de esa red, todos activos durante años en la formación ideológica del presidente que llegó al poder prometiendo destruir el Estado con una motosierra.

Como en  1976, lo que siguió puede leerse en dos registros simultáneos. En el de los cuerpos: el salario real cayó, la pobreza creció, los jubilados perdieron poder adquisitivo, los comedores populares atendieron a más familias que en el 2001. El otro registro es el de los balances: el riesgo país bajó, los bonos subieron, los fondos con deuda argentina mejoraron, el FMI celebró el ajuste, los medios enmarcaron todo esto como audacia histórica. El círculo es el mismo. Solo gira más rápido y se ve menos.

La última escena no está en ningún despacho. Está en cualquier pantalla a medianoche. Alguien scrollea. Cuarenta minutos de videos cortos: un economista explicando que el déficit es la causa de todos los males, un influencer burlándose de los que protestan en la calle, una notificación sobre el tipo de cambio, un meme con la cara de algún dirigente sindical. No leyó nada de más de doscientas palabras. No encontró ninguna explicación que conecte lo que le pasa en su bolsillo con el balance de un fondo de inversión en Delaware. Está enojado -eso sí- pero no sabe muy bien con quién. El algoritmo lo hizo.

A 50 años del golpe, esa persona no está desaparecida. Está sentada, con el teléfono en la mano, completamente libre.

Esa es la perfección del nuevo instrumento: no necesita coartar la libertad. Solo necesita vaciarla de contenido hasta que sea indistinguible de la impotencia. Los tanques ya no salen a la calle. Ya no hace falta.

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