Luciano Molina: leer para que algo se mueva

Por: Malena Winer

El escritor es autor de una serie de novelas juveniles que se convirtieron en verdaderas experiencias de lectura sostenidas en la escuela secundaria.

Las novelas juveniles de Luciano Molina lograron algo poco frecuente: salir del circuito editorial y convertirse en experiencias de lectura sostenidas en la escuela secundaria. Docente, bibliotecario y escritor, reflexiona sobre los jóvenes lectores, el canon escolar y el lugar de la literatura en tiempos de crisis cultural.

No es habitual que una obra literaria circule con fuerza en las aulas, genere debates entre estudiantes y docentes, y al mismo tiempo construya una comunidad de lectores por fuera del mercado editorial. Ese recorrido es el que vienen realizando las novelas juveniles de Molina, atravesadas por lo fantástico, entre ellas No abras la última puerta (Editorial Rama Negra), la historia reciente y las leyendas urbanas de Junín. Escritas desde el interior de la provincia de Buenos Aires y leídas en escuelas de distintos puntos del territorio bonaerense, sus libros permiten pensar el vínculo entre literatura, educación y comunidad en un contexto adverso para la lectura y para el trabajo cultural.

Foto: Gentileza Luciano Molina

Entrevista a Luciano Molina

¿Cuál es tu formación?

Soy profesor de Literatura y bibliotecario, aunque vengo de una formación técnica: estudié Electrónica en la Escuela Industrial de Junín. Apenas egresé trabajé durante ocho años en el diario La Verdad, en el área de impresión. Esa experiencia con el mundo gráfico y periodístico fue muy formativa. Más tarde me recibí como profesor de Literatura en el Instituto N.º 129 de Junín y como bibliotecario en La Plata. Hoy doy clases en escuelas secundarias de Iriarte, Vedia y Alem.

¿Desde cuándo escribís?

Desde los doce años. Siempre tuve una imaginación muy activa. Al principio quise hacer historietas, influenciado por los clásicos de la editorial Columba, pero entendí que el dibujo no era lo mío. En una antología escolar escribí mi primer cuento y ahí apareció la certeza de que la escritura era el camino. Con el tiempo escribir se volvió una forma de ordenar la imaginación y también de pensar el mundo.

¿Pensás en un lector ideal cuando escribís?

Pienso en mi yo adolescente. Escribo para ese lector que fui, con sus miedos, intereses y lecturas. Muchas de esas lecturas hoy serían consideradas menores, pero fueron fundamentales en mi formación. Si una historia le hubiera interesado a ese chico, confío en que también puede interpelar a los adolescentes de hoy.

Tus libros suelen definirse como literatura juvenil, pero también dialogan con la historia reciente. ¿Cómo definís tu literatura?

Trabajo con lo fantástico, pero siempre anclado en contextos históricos y sociales concretos. En novelas como No abras la última puerta o Lo peor viene de noche, lo sobrenatural aparece en el marco de la crisis del 2001, con familias atravesadas por el desempleo y adolescentes en un clima de incertidumbre. Me interesa que el terror no tape la historia, sino que la ilumine y despierte preguntas.

Foto: Gentileza Luciano Molina

¿Por qué te interesa escribir desde ese cruce entre lo fantástico y lo histórico?

Porque lo fantástico permite decir cosas que a veces el realismo no alcanza a nombrar. Pero siempre me importa que esté vinculado con nuestra memoria colectiva. Dejo referencias reales, hechos, lugares y situaciones para que los lectores investiguen y se pregunten por ese pasado reciente.

¿Qué te motiva a escribir hoy?

El encuentro con los lectores. Los mensajes de adolescentes, las visitas a escuelas, los debates en el aula. Cuando un chico te dice que fue el primer libro que leyó entero o que leyó con su familia, todo cobra otro sentido. Esa devolución resignifica el acto solitario de escribir.

¿Siempre pensaste en escribir para jóvenes?

Mis primeras historias estaban protagonizadas por compañeros de escuela y ambientadas en lugares reconocibles. Después escribí para adultos, pero cuando volví a la secundaria como docente y vi lo que sucede cuando un alumno se apasiona por una lectura, entendí que tenía que volver a escribir para jóvenes y ser fiel a ese momento clave de formación lectora.

Junín aparece de manera recurrente en tus textos. ¿Qué lugar ocupa el territorio?

Junín es un personaje más. Aparecen casas, túneles, edificios, mitos urbanos y relatos orales de la ciudad. Me interesa trabajar con la memoria local para que lo fantástico dialogue con el territorio. En las escuelas surgieron recorridos literarios por esos espacios, en un cruce entre literatura, historia e identidad.

¿Cómo fue el ingreso de tus libros a la escuela?

Siempre soñé con que mis textos se leyeran en la escuela. Al principio circularon de manera espontánea entre docentes y alumnos. Después fueron incorporados a proyectos institucionales y planes de lectura provinciales, lo que permitió que llegaran a miles de bibliotecas escolares.

Foto: Gentileza Luciano Molina

¿Qué responsabilidades asume un escritor que es leído en el aula?

No subestimar a los lectores ni bajar mensajes cerrados. Si un libro llega a la escuela, tiene que hacerse cargo del contexto en el que se lee. La literatura no soluciona problemas sociales, pero puede ofrecer un espacio honesto para pensarlos sin cinismo.

¿Qué lugar ocupa hoy la literatura en la escuela secundaria?

La literatura es central. El problema no es el texto literario, sino algunas prácticas que siguen ofreciendo un canon rígido, desconectado de los lectores actuales. Hay libros contemporáneos que funcionan como verdaderas puertas de entrada al placer de leer.

¿Qué aprendiste de los adolescentes como lectores?

Que son lectores sensibles y exigentes. Detectan rápido la falta de honestidad, pero cuando una historia los interpela de verdad, se comprometen profundamente. No le temen a los temas difíciles; agradecen que se los tome en serio.

Si tuvieras que imaginar la escuela del futuro, ¿qué lugar debería ocupar la lectura literaria?

Ojalá deje de ser solo un contenido y vuelva a ser una experiencia. En un mundo de velocidad permanente, la literatura puede ofrecer otro tiempo: la pausa, la duda, la complejidad. Si después de leer un libro un estudiante se queda pensando, algo ya empezó a moverse.

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