Motosierrópolis: vacaciones en el parque de Milei

Por: Nicolás G. Recoaro

El receso invernal fue la excusa perfecta para recorrer Tecnópolis. Otrora uno de los predios temáticos más importantes del país, hoy convertido en una muestra más del vaciamiento oficial en cultura, ciencia y tecnología. Loas al capitalismo y al fin de la justicia social.

“Disculpe, señor, ¿hay que pagar para jugar?”. El pibito que pregunta debe ser un nostálgico de los tiempos en que los únicos privilegiados en la Argentina eran los niños, la ciencia y la tecnología. Un zurdo, comunista, parásito progresista, como gusta decir el presidente peinado por la mano invisible del mercado. Al pibe lo cruzo frente a los inflables del Hombre Araña y Super Mario que engordan el reabierto predio de Tecnópolis en las vacaciones de invierno. ¿Tecnópolis? ¿Vivo? Aunque usted no lo crea. La versión libertaria del parque es una galería de la desesperanza bajo el cielo abierto de Villa Martelli. Una muestra que exhibe el vaciamiento, la batalla cultural y la hipocresía mileístas. El hombre de seguridad, impiadoso como el loco de la motosierra, le contesta al inocente niño: “Diecisiete mil pesos, nene. Allá tenés la caja”.

La larga fila frente a la boca de acceso avanza sin prisa pero sin pausa pegada a la siempre abarrotada General Paz. Hay chicas y chicos con caritas de escuela primaria, padres y madres laburantes, pacientes abuelos de jubilaciones por el piso. Familias enteras llegadas desde el Conurbano profundo, la ciudad de la furia macrista y más allá. El estoico dinosaurio, pegadito al arco luminoso, y más acá el avión celeste y blanco de la desfinanciada Aerolíneas Argentinas les dan la bienvenida. La entrada es libre, con cupo limitado y reserva por la web. Las atracciones, vemos.

Se cotizan en varios miles de billetes de la devaluada moneda nacional. “Modelo de gestión colaborativa entre el Estado y el sector privado. Un espacio donde se potencia la inversión y se dinamiza la economía cultural”, celebran los cráneos ultraliberales en las redes sociales del parque. Tecnópolis en modo laissez faire ofrece postales con loas al capitalismo a ultranza, la tupacamarización de las políticas públicas y el fin de la justicia social. Motosierrópolis es decadente y depravado.

Foto: Antonio Becerra
Foto: Antonio Becerra

La batalla cultural

Conicet, Arsat, Aerolíneas Argentinas, Incaa, el desguace del Estado está a la vista en las 50 hectáreas del predio. “Hablan de ciencia, y destruyen el Conicet. Muestran películas nacionales y no apoyan el cine argentino. Son hipócritas”, cuenta una laburante en off para evitar el despido. La muchacha se gana el mango hace más de una década en la degradada Secretaría de Cultura que comanda látigo en mano el productor teatral Leonardo Cifelli, uno de los mariscales de la “batalla cultural” desatada por las fuerzas del cielo.

Durante el primer año del régimen libertario, Tecnópolis cerró sus puertas, pero no para todes. La escena recordaba el apagón de los años de Macri, cuando los funcionarios cambiemitas llamaban “Negrópolis” al parque de la ciencia y la tecnología inaugurado en 2011, durante el segundo kirchnerismo. ¿Ensayo privatizador? Hecho y derecho, en el predio funcionó durante 2024 el circo del blondo Flavio Mendoza y un parque de diversiones de aires yanquis. Fantasías libertarias de ayer y hoy. Milei estaba en Disney.

Detalla la trabajadora: “Ahora lo reabrieron, quizá porque vienen las elecciones. Cero inversiones, hay pocas actividades, y muchas hay que pagar. Ni sueñes con encontrar algo de Pakapaka. Zamba es mala palabra. Los precios arrancan en 15 mil pesos, imposibles para familias numerosas. Se ve mucho la diferencia en el poder adquisitivo entre los que pueden pagar las entradas a los espectáculos y la comida en los food trucks, y los que llegan en bondi, con los tupper con sanguchitos a pasar el día sin un mango. Da mucha tristeza el día a día”.

Frente a la versión low cost semiprivatizada, los laburantes siguen de pie. “Hubo muchos despidos, los compañeros están cansados de cómo nos forrean desde la Secretaría, pero seguimos peleando, defendiendo este espacio de conocimiento, la ciencia, el trabajo, el derecho al ocio de los que menos tienen”, se despide la muchacha. A unos pasitos, en un stand se lleva adelante una actividad artística donde los pibes pueden pintar con tizas la corteza de una camioneta. En rojo shocking algún pícaro dejó un saludo para el presidente: “Milei botón”. 

Foto: Antonio Becerra
Foto: Antonio Becerra

El reino del revés

“Las Malvinas son argentinas”, dice el viejo cartel y subraya los 1905 kilómetros que separan a Tecnópolis de Puerto Argentino. A unos metros, la nueva cartelería auspiciada por Speed destaca en spanglish los combos chatarra del día. Los pibes beben latitas de energizante mientras bailan en trance frente a una pantalla.

“Está mal que dejen entrar a estas empresas, que venden basura a los chicos. Ya vinimos otras veces, pero ahora veo todo muy cambiado”, se queja Germán, un diarero arrimado desde Moreno con su hijo, al tiempo que hace la fila para ingresar al galpón que ofrece una muestra dedicada a María Elena Walsh. El hombre levanta temperatura en el país de no me acuerdo: “Es como en los años noventa, abandonan el Estado y después quieren privatizar. Ahora cobran, encima no avisan nada en la web. No me extraña de este gobierno que vive sacando derechos. Ni los pibes se salvan”.

La kiosquera María se adapta al nuevo paradigma: “Veo bien que cobren, la vida no es gratis”. En su puestito, la señora ofrece pochoclos, pirulines y copitos de sabor anti-K: “Cuesta mucho mantener este lugar y pagar los sueldos, estábamos mal acostumbrados. Me gustaría que el año que viene cobren entrada directamente. Yo trabajo y me va bien”. María se salva sola.

Foto: Antonio Becerra

Belgrano y los dinosaurios

 “Llegamos ajustados a fin de mes, mirá si voy a tener para pagar el inflable. Vinimos a pasar el día tipo picnic”, confiesa Roxana, vecina de Villa Urquiza que vino al parque con su hijito Bruno. El pibe convida un sanguche de miga riquísimo. Las familias almuerzan frente al camión de la Secretaría de Cultura, donde se pone en escena una obra free pass. Más allá, la Secretaría de Deportes comandada por el camaleónico Daniel Scioli puso más carteles que aros de básquet. En el stand del Ministerio de Salud hay folletería sobre la inocuidad –no confundir con inequidad– alimentaria y se desarrolla un juego que enseña a pescar. Nada de “dar el pescado gratis”, como predica el primer mandatario.

“Tierra de Dinos” es uno de los clásicos de Tecnópolis desde su nacimiento. La fila es kilométrica para ingresar al parque jurásico hecho en Argentina. Por ahora y nada más que por ahora, la entrada es gratuita. Lo escribo bajito para que estos rastreros ultraliberales que son capaces de vender a sus madres no se aviven y empiecen a cobrar.

Pegado al predio jurásico, funcionaba el espacio del censurado Zamba y sus amigos de Pakapaka. Hoy luce un vacío ejemplar. Está clausurado. Queda en pie sólo la estatua de Manuel Belgrano en versión de dibujito animado. En soledad, desde las alturas mira las vallas y a la gente a la distancia. También el resto del parque vaciado por los libertarios. Sonríe el viejo patriota Belgrano. Sabe que los dinosaurios van a desaparecer. «

Foto: Antonio Becerra
Recorte

Mediante el Decreto 346/2025, tanto el Museo Nacional de Bellas Artes como Tecnópolis dejaron de ser organismos desconcentrados y pasaron a integrar la estructura organizativa de la Secretaría de Cultura para «reducir el gasto público».

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