
Unos meses antes lo había visto en Vélez, durante la primera noche del Festival Rock and Pop. El show fue extraordinario. Federico con su peinado y su encanto sobre el escenario, las chicas resplandecientes –Isabel de Sebastián y Celsa Mel Gowland–, los hits de Virus uno tras otro. Está el video en YouTube y lo volví a ver mientras «ambientaba» la escritura del libro –compartida con el colega y amigo Sebastián Ramos– que homenajeó su vida y obra. El muchacho petiso y bien flaco que miraba ensimismado una vidriera en la noche de un 31 de diciembre, y el gigante, moderno y carismático frontman capaz de hacer bailar y cantar un estadio, eran la misma persona. Así lo recuerdo hoy, a 30 años de su lamentada partida.
Federico Moura fue uno de los grandes personajes de la historia del rock argentino. Y no era del «ambiente». Venía de La Plata (como los Redondos, pero esa es otra historia) y fue el único conector con la vanguardia artística del Di Tella. Sus amigos y socios creativos eran pintores, diseñadores, coreógrafos, actores, poetas, sociólogos. Gente loca, culta y moderna. Las canciones de Virus tienen esa impronta: sobre algunas bases más o menos bailables propias de la época circulaban las palabras, envueltas en frases o juegos semánticos que casi siempre tienen doble-triple sentido. Son clásicos de nuestra cultura contemporánea. Por eso siguen sonando y varias generaciones de argentinos sienten algo en el corazón, la cabeza y los pies, cuando las escuchan. Así será por siempre. «
* Es autor del libro Federico Moura junto a Sebastián Ramos.
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