La banda liderada por Mike Patton hizo arte y descontrol controlado. Desarrolló su cóctel de metal extremo, avant-garde y absurdo en una performance que pegó como patada en el pecho. Los amigos de Deathbat cerraron la noche y dejaron a todos sus fans felices.

–Sí, obvio, Mike Patton es probablemente el mejor cantante de rock y casi todo lo demás sobre la Tierra. Pero no se trata solo de su rango vocal y versatilidad, que le permiten pasar casi de un segundo a otro de los gruñidos de poseso a las melodías celestiales –aunque siempre salpicadas de ironía y cierta malicia–. Además del manejo de su garganta, utiliza múltiples micrófonos, decenas de efectos, un theremin y juguetes impensados –en esta gira la “estrella” invitada fue el Sr. Chanchino– que lo emparentan con un Hendrix de la voz. Además, su aporte como compositor y líder de grupo siempre –de una u otra manera– lleva todo a un extremo desafiante que estimula y sienta bien.
-También es un frontman casi psiquiátrico y siempre querible. A Patton nunca le interesó jugar a ser un dios sexual como Robert Plant, interpretar a un acróbata como David Lee Roth o expresar un desdén calculado como Liam Gallagher. Camina incesantemente en círculos por el escenario –es decir, gran parte del show está de espaldas–, salta, hace chistes y se comunica en “mexicano” con todos los presentes. Usó la camiseta de la Selección con estampados de Mr. Bungle, tomó mate en el escenario (“me da fuerza en los huevos”, explicó entre risas) y dirigió a los fans con una naturalidad que no hay curso de marketing que logre fabricar.
-Las reencarnaciones de bandas pueden ser buenas. Es cierto: todo fan de la cultura rock quiere que sus grupos sigan por siempre con su formación original. Pero con los años y un poco de sentido común todos nos damos cuenta de que es entendible que los músicos –como con cualquier amigo de la juventud o compañero de trabajo– se terminen detestando. La formación original de Mr. Bungle puede ser invencible –el disco California (1999) es uno de los más audaces e inspiradores de su época–. Pero para esta música el aporte de Dave Lombardo –ex Slayer, colaborador de John Zorn, etc.– es lo mejor que le pudo pasar al grupo, y Scott Ian es un gran guitarrista rítmico de thrash y afines. Y la línea fundadora no afloja ni un centímetro: Trevor Dunn es un bajista que puede tocar todo lo que le tiren y Trey Spruance, primera guitarra y casi director musical, es una garantía de seriedad y delirio al mismo tiempo. Sí, Spruance demuestra que se puede. En un suceso de difícil explicación –de hecho nadie lo hizo–, Ian no estuvo en el escenario durante varios temas: salió unos cuantos después que el resto de la banda. El contratiempo, lejos de ponerlos nerviosos, pareció encender al resto todavía más y, sobre todo, estimular el frenesí guitarrístico de Spruance. En esta gira incorporaron temas de su primer disco y demostraron que esta formación tampoco le escapa a las punzantes dosis de funk, reggae, ska, pop o lo que pinte.
-Un repertorio en la pera. Mr. Bungle no dio exactamente un show: montó un carnaval de emociones extremas. Un circo romano con doble bombo, donde el thrash corría a máxima velocidad, los ritmos cambiaban como si la banda jugara a la ruleta rusa y Patton oficiaba de maestro de ceremonias, mitad predicador, mitad animador de kermés satánica. Arrancaban a los hachazos con «My Ass Is on Fire» y, cuando el pogo ya parecía una licuadora humana, se mandaban un injerto imposible de «Funky Town», como si la pista de baile de los ’80 hubiera chocado contra un garaje lleno de amplificadores Marshall. Después cayeron «Anarchy Up Your Anus» —punk mugriento, sonrisa torcida— e «Hypocrites / Habla español o muere», bilingüe, burlona, casi stand up metalero, todas tocadas con una precisión de cirujano y la actitud de un grupo de pibes rompiendo cosas en un cumpleaños. Entre medio, los volantazos: el rescate de la genial «Retrovertigo», con M. Shadows (cantante de Avenged Sevenfold) de invitado, y el delirio final de «All By Myself» convertido en himno de cancha, con Mike Patton entonando la melodía y el estribillo –en perfecto castellano– “¡¡¡¡A la mieeeeeeeerda!!!” y todo el estadio siguiéndolo. Nada solemne, nada lineal: un collage anfetamínico, virtuoso y lúdico, casi como si Frank Zappa se hubiera criado escuchando Slayer. Ojalá que la agitadísima agenda y la diversidad de proyectos de cada uno de los Bungle les permita volver pronto. Y que graben un disco de canciones nuevas. Mientras tanto, muchas gracias por los servicios prestados, Sr. Bungle.
-Avenged Sevenfold, los dueños de la pelota. La banda formada por M. Shadows en voz, Synyster Gates y Zacky Vengeance en guitarras, Johnny Christ en bajo y Brooks Wackerman en batería desplegó un show de gran profesionalismo. Disfrutaron de los lujos de todo lo que el manual de la industria musical le concede al acto principal: un sonido y luces infinitamente superiores al de Mr. Bungle. Lejos del desborde creativo de Patton & Cía., lo suyo fue cálculo, estructuras más largas, arreglos ampulosos y más melodías. Desde temprano quedó claro que jugaban de locales simbólicos: el grueso del público estaba ahí por ellos, y la banda manejó ese clima con oficio.
-M. Shadows, maestro de ceremonias. El cantante le dio al show un tono marcadamente teatral: poses ampulosas, dramatismo vocal y una puesta pensada para la épica, como si cada tema fuera el clímax de una película distinta. El set repasó piezas centrales de su carrera –entre ellas “Cosmic” y “Nobody”–, sostenidas por una maquinaria sólida, capas y capas de sonido y un despliegue de luces que multiplicó la experiencia. Dejaron a todos sus fans felices y volverán.
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