La ex jugadora, directora técnica y militante feminista, Mónica Santino analiza por qué la selección de fútbol dirigida por Lionel Scaloni nos emociona tanto.

Nadie se salva solo. La frase volvió a recorrer la Argentina de la mano de El Eternauta, pero mucho antes de convertirse nuevamente en un fenómeno cultural ya habitaba nuestra historia. Tal vez porque las mayores conquistas de este país siempre fueron colectivas. La Independencia de 1816, las luchas obreras, la recuperación democrática, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los organismos de derechos humanos, el matrimonio igualitario, la identidad de género, la marea verde. Ninguna de esas victorias tuvo un héroe único. Todas fueron posibles porque miles decidieron caminar en la misma dirección.
Por eso la Selección Argentina conmueve tanto.
No solamente porque juega bien al fútbol. No solamente porque disputó tres finales en los últimos cuatro mundiales. Ni siquiera porque volvió a instalar al país entre las grandes potencias deportivas del planeta.
Conmueve porque representa algo que la Argentina reconoce como propio: la potencia de construir entre muchos.
El subcampeonato mundial no disminuye ese legado. Por el contrario, lo vuelve todavía más evidente. Si millones de personas salieron otra vez a las calles sin una copa para levantar, entonces el verdadero triunfo estaba ocurriendo en otro lugar.
Lo que celebraba nuestro pueblo no era únicamente un resultado. Celebraba una manera de estar juntos, juntas, juntes.
Como ex futbolista, directora técnica y militante feminista, encuentro allí la enseñanza más importante que deja la Scaloneta. Mucho más profunda que cualquier medalla.
Durante décadas el fútbol nos contó la historia del héroe individual. Del diez que resolvía solo. Del salvador. Del distinto.
Sin embargo, este equipo eligió otro camino.
Lionel Messi, a sus 39 años, ya no representa únicamente al mejor futbolista de la historia. Representa una forma distinta de ejercer el liderazgo. La autoridad que no necesita imponerse. El prestigio que no humilla. El capitán que comprende que su grandeza crece cuando hace mejores a quienes lo rodean.
Lo mismo puede decirse de Lionel Scaloni. En tiempos donde el liderazgo suele confundirse con el personalismo, construyó exactamente lo contrario. Formó un cuerpo técnico que piensa colectivamente, un grupo donde el protagonismo circula, donde nadie parece indispensable y, justamente por eso, todos lo son.
El subcampeonato mundial no disminuye ese legado. Por el contrario, lo vuelve todavía más evidente. Si millones de personas salieron otra vez a las calles sin una copa para levantar, entonces el verdadero triunfo estaba ocurriendo en otro lugar.
Lo que celebraba nuestro pueblo no era únicamente un resultado. Celebraba una manera de estar juntos, juntas, juntes.
Como ex futbolista, directora técnica y militante feminista, encuentro allí la enseñanza más importante que deja la Scaloneta. Mucho más profunda que cualquier medalla.
Durante décadas el fútbol nos contó la historia del héroe individual. Del diez que resolvía solo. Del salvador. Del distinto.
Sin embargo, este equipo eligió otro camino.
Lionel Messi, a sus 39 años, ya no representa únicamente al mejor futbolista de la historia. Representa una forma distinta de ejercer el liderazgo. La autoridad que no necesita imponerse. El prestigio que no humilla. El capitán que comprende que su grandeza crece cuando hace mejores a quienes lo rodean.
Lo mismo puede decirse de Lionel Scaloni. En tiempos donde el liderazgo suele confundirse con el personalismo, construyó exactamente lo contrario. Formó un cuerpo técnico que piensa colectivamente, un grupo donde el protagonismo circula, donde nadie parece indispensable y, justamente por eso, todos lo son.
Hace otra cosa: construye comunidad que se organiza a partir del reconocimiento de cada persona que la constituye.
Las causas nacionales necesitan argumentos jurídicos e históricos, pero también necesitan símbolos compartidos. Necesitan cuerpos que las representen. Necesitan emociones que vuelvan a reunir a un pueblo alrededor de una historia común.
El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria. Consigue que una bandera vuelva a ser una conversación colectiva. Consigue que una causa vuelva a sentirse propia. Consigue que millones de personas, diferentes en casi todo, compartan por un instante la misma emoción.
Quizá sea uno de los pocos lugares donde todavía nadie se pregunta a quién vota la persona que tiene al lado cuando la abraza. Durante algunas horas desaparecen las diferencias sociales, religiosas, generacionales o partidarias.
Queda solamente la certeza de pertenecer. Y esa experiencia no es menor.
En una época atravesada por discursos que promueven el individualismo extremo, la competencia permanente y la idea de que cada quien debe salvarse por su cuenta, la Selección Argentina ofrece exactamente la imagen contraria. Nos recuerda que nadie llega lejos sin los demás.
Que el talento necesita organización. Que el liderazgo puede ejercerse sin autoritarismo. Que el prestigio puede ponerse al servicio del grupo. Que cooperar no es un gesto ingenuo sino una enorme inteligencia colectiva. Hay quienes dirán que es solamente fútbol.
Tal vez olviden que, en Argentina, el fútbol nunca fue solamente fútbol. Es una de las pocas experiencias capaces de reunir en una misma calle a quienes difícilmente se encontrarían en otro escenario. Allí donde tantas veces la política llega fragmentada, el fútbol todavía consigue producir un “nosotros”.
No reemplaza a la política. Le recuerda cuál es, quizás, su tarea más difícil y más hermosa: construir comunidad.
Por eso creo que el mayor legado de la Scaloneta no son las tres finales disputadas en cuatro mundiales, por extraordinario que ese recorrido resulte. Su legado más profundo es haber vuelto deseable la cooperación. Haber demostrado que el éxito puede construirse compartiendo. Haber convertido la solidaridad en una fortaleza competitiva. Haber hecho del liderazgo una práctica de confianza y no de vanidad. Y haber recordado, en tiempos donde pareciera imponerse el “sálvese quien pueda”, que la felicidad más intensa sigue siendo aquella que se vive con otros.
Quizá esa sea la verdadera victoria de esta Selección: no enseñarnos cómo se gana una Copa del Mundo, sino recordarnos que los pueblos alcanzan sus mejores versiones cuando deciden jugar en equipo.
Porque la alegría, cuando de verdad transforma, siempre ocurre entre muchos.
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