Tenía 84 años y era multifacética: antropóloga, docente, editora, escritora e infatigable gestora cultural. Con su marido, Rubens "Donvi" Vitale, se convirtió en referente de la producción musical autogestiva a través de Músicos Independientes Argentinos (MIA) que impulsó a diversos e importantes músicos, entre ellos a sus propios hijos, Liliana y Lito Vitale.

Esther era Licenciada en Ciencias Antropológicas y especializada en Arqueología, y participó del rescate arqueológico de El Chocón-Cerros Colorados, antes de la creación del lago que hoy forma parte de la cuenca del Río Limay. Fue, además, docente de la cátedra de prehistoria de la UBA hasta 1986. Desde 1976 realizó las producciones ligadas a las actividades artísticas del grupo MIA (Músicos Independientes Asociados) al crear, junto a Donvi un espacio de libertad artística musical que se transformó en un referente de la producción independiente a través de la autogestión.
Posteriormente continuó trabajando en las producciones de Lito y Liliana Vitale, entre otros artistas, como responsable del sello discográfico Ciclo 3, convertido desde 2013 también editorial. Es autora de los libros Adalay – las almas sin edad (2014), Epifanías profanas (2015), Memorias de un alma irreverente (2016) y Nocturnal (2017).
Desde hacía tres años era productora ejecutiva y formaba parte del comité editorial de la revista-libro Siwa de literatura geográfica, responsable de la edición de los números 4 y 5 de la misma. En 2015 recibió la mención Juana Azurduy que otorga el Senado de la Nación y también el Konex Premio a la trayectoria junto a «Donvi» Vitale (in memoriam).
Entrar a la vieja casona de San Telmo y recorrer el inmenso patio tapizado de centenarias baldosas calcáreas era (y lo sigue siendo) ingresar a un espacio en el que se respira libertad: la que proporcionan el arte, la música y las convicciones de personas que, como ella y Donvi, prodigaron a todo aquel que se acercara aunque más no fuera a saludar o a compartir un momento de charlas o proyectos.
En los últimos años y ante la ausencia física de su inseparable Donvi, la noche se transformó en su compañera. Y en medio del silencio de la casa, luego de que durante todo el día un incansable tránsito de músicos colmara la geografía hogareña, ella permitía que los duendes se transformaran en palabras que luego,quedaron plasmadas en los libros que publicó.
Se fue Esther Soto. Su alma irreverente a la que alude el título de uno de sus libros, desde ahora es más libre que nunca y, al igual que Donvi seguirá guiando a todos aquellos que tuvimos el honor de conocerla y, en mayor o menor medida, supimos aprender algo de sus enseñanzas.
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