Murió Jennifer Finch, la arquitecta del rugido y la revolución de L7

Por: Gustavo Atonalam

Ayudó a forjar el sonido de una de las bandas más influyentes de los '90 y fue parte de un grupo que convirtió el feminismo en una práctica, mucho antes de que el activismo se volviera una estrategia de marketing para la industria musical.

La historia del rock suele escribirse con una peligrosa tendencia a simplificar. El punk tuvo a los Ramones. El grunge tuvo a Nirvana. El metal alternativo tuvo a Tool. Y L7 quedó archivada, durante demasiado tiempo, como «la banda de mujeres» que acompañó la explosión del rock/grunge/punk de los ’90. La muerte de Jennifer Finch, a los 59 años, obliga a revisar ese relato. Porque sin ella resulta imposible comprender no solo la identidad de L7, sino también el lugar que el grupo terminó ocupando en la evolución del hard rock, el punk y el rock alternativo.

Finch nunca buscó el protagonismo de una estrella. Su figura funcionaba de otra manera: era el punto de equilibrio entre la agresividad y el caos. Desde el bajo construía un sonido compacto, musculoso, sin virtuosismos innecesarios. Sus líneas no pretendían destacarse por encima de las guitarras de Donita Sparks y Suzi Gardner: las empujaban hacia adelante. Eran una plataforma de lanzamiento para una banda que entendía la potencia como una forma de expresión antes que como un despliegue técnico.

Eso explica por qué L7 envejeció mucho mejor que varios de sus contemporáneos. Mientras muchas bandas asociadas al grunge quedaron encapsuladas en una estética determinada, el cuarteto de Los Ángeles continúa sonando incómodo, urgente y peligrosamente vigente. Sus canciones no dependían de una moda. Se alimentaban del punk de Black Flag, del peso de Black Sabbath, de la suciedad de Motörhead y del sarcasmo de una generación que desconfiaba de cualquier discurso de corrección política antes de que ese concepto existiera.

L7 en sus años dorados.

Cuando apareció Smell the Magic en 1990, todavía faltaba un año para que Nevermind cambiara la historia del rock. L7 ya estaba construyendo una síntesis entre punk, metal y melodía que luego sería presentada como una revolución. Dos años después, Bricks Are Heavy, producido por Butch Vig, terminó de convertir esa intuición en una declaración de principios. Allí convivían himnos como «Pretend We’re Dead», «Shitlist», «Slide» o «Wargasm»: canciones capaces de sonar en MTV sin resignar un gramo de ferocidad.

L7 pioneras, Finch pieza decisiva

Finch fue una pieza decisiva de ese equilibrio. Su forma de tocar evitaba el lucimiento individual. Prefería la contundencia al ornamento, el riff repetitivo antes que el solo disfrazado de línea de bajo. En una época fascinada por el virtuosismo heredado del hard rock de los ochenta, ella proponía otra cosa: economía, precisión y violencia controlada. Su instrumento nunca competía con las canciones. Las hacía más pesadas.

Pero reducir su legado al aspecto musical sería quedarse a mitad de camino. L7 representó una anomalía dentro del ecosistema del rock. No porque estuviera integrada por mujeres, sino porque jamás aceptó desempeñar el papel que la industria esperaba de ellas. No cultivó una imagen sexy para vender discos ni suavizó su sonido para ampliar el mercado. En un universo dominado por hombres, el grupo eligió responder con humor negro, confrontación y una cantidad inagotable de volumen.

Finch desafiaba lso estereotipos de su tiempo.

La escena dejó postales inolvidables. La más famosa ocurrió durante el festival Reading de 1992, cuando Donita Sparks arrojó se sacó en pleno escenario un tampón y se lo revoleó al público que las estaba hostigando. El episodio se convirtió en un escándalo mediático. También en una síntesis perfecta del espíritu de la banda: desafiar cualquier convención con una mezcla de irreverencia, enojo y sentido del absurdo. Finch era parte inseparable de esa lógica. Nunca buscó moderar el mensaje para hacerlo más aceptable.

El compromiso tampoco terminaba cuando bajaban del escenario. En 1991, L7 impulsó Rock for Choice, una serie de conciertos en defensa del derecho al aborto que reunió a artistas de distintas escenas mucho antes de que el activismo se transformara en una estrategia habitual de marketing para la industria musical. Para ellas, la militancia no era un accesorio de época: era una extensión natural de la identidad del grupo.

Con el tiempo, la influencia de Finch comenzó a hacerse más visible. Músicos de distintas generaciones encontraron en L7 un modelo posible para combinar contundencia, humor, política y canciones memorables sin aceptar compartimentos estancos. El reconocimiento llegó lentamente, como suele ocurrir con las bandas que nunca negociaron demasiado con el mercado. Lo que durante los noventa algunos consideraban un grupo de culto terminó convirtiéndose en una referencia ineludible para buena parte del rock pesado contemporáneo.

Finch también fundó bandas como OtherStarPeople y The Shocker.

Después de abandonar L7 en 1996, Finch desarrolló proyectos como OtherStarPeople y The Shocker, además de dedicarse a la fotografía, otra pasión que ejercía con la misma mirada documental con la que había vivido la escena punk de Los Ángeles desde adentro. Sin embargo, su nombre quedó inevitablemente ligado a aquellos discos que redefinieron el sonido del rock alternativo de comienzos de los noventa.

La reunión de L7 en 2014 terminó de confirmar algo que los años habían ido decantando: el grupo no era una reliquia nostálgica, sino una banda cuya música seguía dialogando con el presente. Las nuevas generaciones ya no la descubrían como una curiosidad histórica, sino como un eslabón indispensable entre el punk, el grunge, el metal y el feminismo en el rock.

La bajista, fallecida el pasado sábado, deja una discografía relativamente breve, pero una influencia desproporcionada respecto de su exposición pública. Nunca necesitó ocupar el centro de la escena para modificarla. Le alcanzó con hacer sonar el bajo como si cada canción fuera una declaración de independencia. En una época que premia el brillo individual, su mayor legado quizás sea otro: demostrar que la verdadera potencia casi siempre nace del trabajo colectivo, del volumen compartido y de esa obstinación por seguir haciendo ruido cuando el mundo espera silencio.

Las L7 en Groove.
Foto: Leonardo Spinetti

Finch tocó en la Argentina el 31 de octubre de 2023, cuando L7 saldó una deuda de décadas con el público local y debutó finalmente en Buenos Aires. Sobre el escenario de Groove no hubo nostalgia ni intentos de domesticar un repertorio que siempre sonó incómodo y filoso: Finch tocó con la misma mezcla de potencia, ironía y desparpajo que la convirtió en una pieza clave de una de las bandas más influyentes del rock de los ’90. Menos de tres años después, aquella primera visita quedó también como su despedida. No alcanza para resumir una carrera, pero sí para recordar que, hasta el final, siguió haciendo exactamente lo que mejor sabía hacer: tocar el bajo como si cada canción todavía tuviera algo por romper.

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