El grupo Aura! vuelve a sorprender con una nueva placa, "Caminos sin tiempo", donde redoblan la apuesta del trabajo anterior y logran dar una vuelta de tuerca sobre el folklore de la región a través del virtuosismo y la búsqueda en el terreno musical.

El virtuosismo y originalidad de estos tres reconocidos músicos que ya habían sorpendido con su primer disco, Tiempo latente, en esta segunda logran superar la apuesta anterior. El trío recorre a través de 12 composiciones instrumentales, en su mayoría propias, un territorio en el que el folklore latinoamericano es enriquecido con recursos sofisticados en los que demuestran su calidad como instrumentistas y creadores.
«Chacarera del 55» (de los Hermanos Nuñez) y «Por lo pandito» exploran de manera vital los paisajes que inspiran Tucumán y Mendoza, con figuras rítmicas que transforman a la agrupación en un llamativo crisol sonoro heredero del Trío de Manolo Juárez con la sutileza de Bill Evans y la potencia de algún grupo acústico de jazz fusión.
«Flores del mar» (inspirado en Mar del Plata) ofrece un remanso en el que un ensamble de cuerdaspermite que la melodía adquiera una cálida serenidad, mientras que «Don Aureliano» (Macondo) y «Playa amanecida» (Copacabana. Río de Janeiro) están rítmicamente sustentadas por la percusión y el contrabajo y permiten encontrarse con melodías accesibles y cantables a cargo del piano.
Barrio Norte está representado por «Yendo de la cama al living» de Charly García en una versión esencialmente orientada al jazz, con la participación del ensamble de cuerdas en un arreglo profundo y con el lucimiento de Guevara haciendo malabares con la percusión, vital también para «Tres negras (para un candombe) dedicado al Barrio Sur de Montevideo, en el que el contrabajo de Cánepa aporta, como a lo largo de todo la placa, una base sólida y contundente.
En «Cotopaxi» (Latacunga, Ecuador) una suite desarrollada en tres partes (I. El trono de la luna, II. Solo nocturno, III. El llanto del mundo) el contrabajo tiene un protagonismo casi excluyente en las dos primeras secciones, con Cánepa explorando todos los recursos de su instrumento, mientras que paulatinamente se va sumando la percusión para concluir con un final en el que el piano da paso nuevamente a las cuerdas en un final camarístico cargado de sutil dramaticidad. La Rioja, representada por «El Diablo de Vinchina» tiene un clima de regocijo. En esta pieza, el trío exhibe nuevamente una notable energía que no excluye una gran sutileza en lo armónico y en lo melódico.
Spatocco, Guevara y Cánepa conjugan en esta placa destreza técnica, imaginación y creatividad combinando complejidad y composiciones de gran tono emocional sin dejar de poner siempre el foco en las raíces de la música popular de América Latina.
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