Napalm Death y Cannibal Corpse: es sólo grindcore y death metal, pero nos gusta

Por: Nicolás G. Recoaro

Los británicos y los neoyorquinos unieron sus fuerzas para una noche demoledora en el Teatro Vorterix. Ni el paro detuvo a los fans que llenaron y sacudieron el recinto de Av. Federico Lacroze al 3400.

En combi, auto o bicicleta, caminando y también a dedo. Así se acercan los fieles metaleros hasta el Teatro Vorterix, en el barrio de Colegiales, para celebrar –en este martes de paro– un ágape de durísimo heavy internacional. Una misa extrema presidida  por dos popes del gremio: los veteranos ingleses Napalm Death y sus colegas neoyorquinos de Cannibal Corpse.

“¡Por suerte fue bien pesado el paro! Costó llegar, pero acá estamos, evitando el ablande”, dice antes de ingresar al coliseo Leonardo, curtido fana llegado a pata desde Villa Urquiza. Agrega que la caminata fue la entrada en calor para el pogo que compartirá con otros colegas en el ruedo. El cuarentón todavía recuerda la primera vez que vio a Cannibal Corpse en el estadio Obras, circa 1994: años dulces del nefasto menemato. Presentaban el mortífero clásico de clásicos The Bleeding (La hemorragia). Venían de tener un cameo en el film Ace Ventura. Jim Carrey era fanático del grupo liderado en esos años por el barbudo Chris Barnes. “En ese show tocaron con Escabios, Deicide y Ratos de Porao –se despide el heavy memorioso–. No sé si fue el pogo más grande del mundo, pero sí el más pesado”.


Los Morferus, crédito local, son los encargados del primer acto de la noche. La banda de Banfield no defrauda y el público, de estricta etiqueta negra, celebra su entrega con algunos aplausos. “El loco del martillo” es el punto más alto de su brevísimo presentación.


A las 20:30, con estricta puntualidad británica, los Napalm Death encienden su maquinaria pesada. Con más de 30 años en el palo, no hay signos de oxidación en los padres del grindcore. ¿La génesis de su historia? Pibes de suburbio que querían tocar la guitarra a la velocidad de la luz. En 1981, Nicholas Bullen y Miles “Rat” Ratledge, dos quinceañeros de la industrial Birmingham, decidieron eludir su seguro destino como obreros automotrices, armaron una banda anarco punk y salieron a tocar en pubs de mala muerte. Gracias a los fanzines y el goteo postal de sus cassettes, los Napalm Death llenaban tugurios. Misteriosamente, uno de esos cassettes piratas llegó hasta los estudios de la BBC. A las manos de John Peel, mítico locutor que, después de difundir el trabajo de los primeros punks y el tsunami de la new wave, puso sus fichas en el grindcore y el death metal. El primer “hit” de Napalm Death que hizo sonar en la radio fue “You Suffer”, luego inmortalizado en la placa Scum: un estruendo de un segundo y medio de duración acompañado de un haiku hardcore: “Vos sufrís, ¿pero por qué?” Cuando detona en Colegiales, el teatro se derrumba. El público pide bis, y la banda repite. Comandados por el histórico bajista Shane Embury y el movedizo frontman Mark “Barney” Greenway, sin dudas los británicos juegan de local en la Argentina. Barney, que es socialista, pacifista y anticlerical, deja su mensaje de apoyo a la lucha de los trabajadores del Estado. En sintonía, la platea entona el “hit del verano” antiMacri. Para el cierre, la banda hecha nafta al fuego con un cover antifacista de los Dead Kennedys. Sublime.


El plato fuerte de la jornada es servido por Cannibal Corpse, reyes del “brutal” death metal. Presentan su disco Red Before Black, un trabajo que no rompe con la tradicional receta de machaque, riff salvajes, gruñidos guturales y ácidas líricas bañadas en la cultura gore, zombi y sus satélites. Los Cannibal Corpse salen a comerse el escenario desde el arranque. El headbanging de los pilares de la banda marea. Hace temer una tortícolis atroz. En más de una hora, repasan gemas feroces de sus discos capitales: Butchered at Birth (Descuartizado al nacer), Tomb of The Mutilated (La tumba del mutilado) y el de título menos metafórico Kill (Matar). Obras –y artes de tapa facturado por el ilustrador Vincent Locke incluido– que durante muchos años sufrieron la salvaje censura en algunas partes del globo. El cierre del show es a toda orquesta. El cantante George Fisher le saca chispas a su garganta al hacer tronar Hammer Smashed Face (“Cara aplastada a martillazos”). Entonces, la familia metalera emprende el regreso a casa satisfecha. En paz.

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