La muerte del Indio Solari puso en primerísimo plano un fenómeno musical, cultural y social inédito. Sin concesiones, tanto junto a Los Redondos como en su carrera solista, escribió canciones que se volvieron refugio y señal para múltiples generaciones y una obra que desborda el tiempo.

Una vez confirmada y difundida la noticia, el dolor se expandió como una reacción colectiva. Pero no se quedó encerrado. Se volcó en diálogos familiares, entre amigos, en los medios de comunicación, en las redes y en esa conmovedora manifestación espontánea en la Plaza de Mayo. No fue un hecho casual, ni menor. En ese campo de resonancia histórico se jugaron gran parte de las pulseadas más determinantes de la historia argentina. Esta vez sin patas en la fuente, pero como la misma necesidad de que el homenaje a su ídolo asumieran una centralidad inapelable, los ricoteros no dudaron ni se dejaron amedrentar por la gendarmería ni por las provocaciones de los gobierno de la Ciudad y nacional. El amor y el dolor pudieron más. Como se repitió en forma más parcial ayer en el Obelisco y sin dudas adquirirá dimensiones monumentales hoy, en la despedida final en el Microestadio Gatica de Avellaneda, desde las once de la mañana.
Condensar en unas pocas líneas el carácter de la obra y la influencia del Indio Solari en la cultura popular resulta un ejercicio de solución imposible. Un recorrido con derrota asegurada antes de empezar.
Se podrán enumerar hitos, recordar anécdotas, citar frases indelebles de sus letras, jugar a la sociología de cotillón y hasta intentar alumbrar emociones propias. Todo vale y, al mismo tiempo, todo resultará insuficiente.
La dimensión artística y singularidad del Indio y su obra continuarán siendo objeto de miles de análisis, interpretaciones y veredictos. Pero acaso el mayor premio a toda esa dedicación y tenacidad –el Indio siguió componiendo y grabando hasta que su cuerpo le dijo basta– es cómo sus melodías y letras punzantes siguen y seguirán latiendo por décadas en millones de corazones. Es un triunfo de la potencia artística, de esa poesía por momentos oblicua y en otros de una frontalidad arrolladora. De esas canciones que en su momento vencieron las imposiciones de la televisión, las rotaciones pagas de las radios y hoy los algoritmos.
Durante la última etapa de su carrera dialogó con la muerte con una templanza y sabiduría sorprendentes. Y le dedicó algunas de sus más bellas composiciones, como “La muerte y yo”, “La oscuridad” y “Encuentro con un ángel amateur”. Ese futuro inevitable ya llegó. Pero el Indio lo enfrentó con su propio imperativo: sabiendo que ya no podía cumplir hazañas que prometió, pero cantando, grabando y comprometiéndose con múltiples luchas sociales.
Hoy el Microestadio Gatica será testigo de una despedida histórica. El dolor es y será irrevocable. Pero también el reencuentro. Carlos Alberto Solari ya no está y es una pérdida irreparable. El Indio, nuestro único héroe en este lío, seguirá viviendo en la cultura popular argentina y ofreciendo sus canciones como cobijo, lugar de pertenencia y bandera.
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