«Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí / Solo marchar, cantando”. Como lo hizo a su tiempo David Bowie en el álbum Blackstar, en 2021 Indio Solari comenzaba a despedirse cantando. Una despedida sin lágrimas, sin auto conmiseración. Valerosa, sin aspavientos, acaso respaldada por la convicción de haber sabido transitar el complejo camino de la música popular por fuera de los circuitos hegemónicos de la industria cultural. De artista del ambiente universitario platense de los ‘70 a ícono de la resistencia de jóvenes del conurbano, la voz cantante de los Redondos interpeló un tiempo de roturas sociales, desangelado, descreído de utopías y, al mismo tiempo, habitado por jóvenes decididos a dar batalla, con banderas en el corazón.

Canciones indelebles, mística y un símbolo de resistencia
Foto: Pablo Lecaros

 La singular parábola sociológica de Los Redondos, objeto de estudio de incontables tesinas de comunicación, constituye un activo clave para la cultura rock en la Argentina. En un comienzo, sus canciones se guardaban en casetes TDK que, como los puñales y los libros de poesía, se pasaban por debajo de la mesa, de mano en mano, y ocasionalmente se subían al aire de Radio Universidad de La Plata (quien esto escribe lo hizo, desobedeciendo un listado de grupos prohibidos en el que Los Redondos figuraban agregados con birome, entre la boutade de un operador y el decálogo filo-fascista del interventor de la emisora). Llegaron al disco en 1985, con Gulp!, y cerraron su ciclo discográfico quince años más tarde, con Momo Sampler. Del ocaso de la primavera democrática al fraude menemista. En ese lapso, una catarata de temas incisivos cruzó fronteras de clase e impactó de un modo profundo en la subjetividad de jóvenes de más de una generación.

Canciones indelebles, mística y un símbolo de resistencia

 ¿Qué curioso mecanismo sociocultural hizo de “Juguetes perdidos”, “Vencedores vencidos”, “Jijiji” o “Un ángel para tu soledad” clásicos instantáneos y masivos? ¿Qué escuchó el público ricotero en ese corpus? Estas preguntas carecen de respuestas categóricas, no hay encuesta de consumo que las resuelva satisfactoriamente. Pero en el cúmulo de factores, no cabe duda de que la voz/cuerpo de Indio jugó un rol fundamental. Esa voz levemente ronca, con su ataque sforzato y un rango vocal más bien restringido (esto nunca fue un problema: su admirado Leonard Cohen tampoco fue un cantante técnicamente virtuoso) encarnada en un cuerpo performático infalible, lanzaba al viento frases que, desprendidas de estrofas elípticas, sonaban como mantras de un saber y un hacer diferentes, a contrapelo de modas y estilo dominantes. Su público coreuta lo entendía perfectamente, así como la invitación al pogo extático, a dejarse llevar por esos riffs adhesivos. ¿Qué era aquello sino una práctica contracultural de tiempo completo? En este sentido, cabe reparar en la singularidad musical de una banda que no comulgaba con la new wave ni con ninguna otra forma de glamour, salvo para ironizar sobre ella. Una banda que, con leves retoques disco tras disco, contrastaba con resto de la oferta musical de su tiempo. Una banda que no buscaba el mercado continental cuando sus congéneres colmaban aviones rumbo a países vecinos (y un poco más allá también), y que, en ese desoír a las sirenas de la exportación cultural, formó una alianza “nacional y popular” sin duda paradójica. ¿Qué habrían dicho del arraigo ricotero aquellos intelectuales nacionalistas que en los ‘60 y ‘70 tildaban al rock de mascarón de proa del imperialismo cultural? En definitiva, he aquí un rock situado, forjador de un nuevo sentido de pertenencia a un país declinante que encontró en un puñado de canciones y su mago hechicero un punto de equilibrio entre la desesperación y la esperanza. «