El trapo grita desde la esquina de San José con una tipografía redonda que ya es marca registrada del asfalto: “Todo preso es político”. A su lado, la iconografía plebeya hace lo suyo en otras telas que cruzan la silueta de Cristina con la fisonomía del Indio Solari bajo una pregunta heráldica: “¿De qué lado de la mecha estás?”.
El humo de las parrilistas copa Constitución en una tarde gris plomo que pesa desde el cielo. El almanaque marca un año exacto del encierro, pero en el cordón de la vereda el tiempo se mide en aguante. Javier se arrimó desde Haedo, en el oeste, donde el agite cristinista nunca duerme. “Ella está presa porque la Justicia está tomada por el mal, ella está presa porque le dio derechos al pueblo, ella está presa porque gobiernan los gorilas antipueblo”, dice este enfermero, desocupado desde el 2023. Tiene 38 pirulos sobre el lomo y la memoria despierta: “En el 2001 estábamos igual. Mirá que vengo de familia radical, y defendían a los indefendibles de la Alianza. Los escuchaba y me di cuenta de que ese no era el camino. Después vino la crisis y estalló todo; ahora estamos parecido”. Javier vino de a pie, con la tarjeta SUBE en rojo, pero con la convicción intacta: “No podía faltar, hay que bancar a Cristina”. Mientras habla, hace flamear dos banderas de tela: una con la cara del General y otra con la de santa Evita. “Contra el odio de los oligarcas, vamos a seguir peleando. El presente es muy bravo, el camino es luchar hasta sacarlos”.

En la calle, otro cartel se hamaca entre las columnas: “La libertad de Cristina es la libertad del pueblo”. A unos pasitos, la señora Julia sostiene un cartón tatuado a mano en prolija imprenta: “Gracias CFK”. La jubilada cuenta que gracias a la Jefa pudo tener la pensión salvadora, porque los patrones de la fábrica textil donde dejó la vida nunca le hicieron los aportes. “Si no era por Cristina, me moría de hambre. Le debo el plato de comida que me sostiene a los 76 años”. Bajo el implacable frío de junio, Julia peregrinó desde el Congreso hasta San José 1111 para poner el cuerpo frente al edificio donde encarcelaron a la expresidenta hace 365 días. “Vengo de la marcha de los jubilados. Siempre peleo: contra este gobierno miserable y represor, por una jubilación digna y porque liberen a Cristina”, dice y clava la mirada en el balcón del primer piso. “Es injusto lo que hacen con la compañera, mientras tenemos un Adorni que no para de robar, un presidente y su hermana que chorean. Esta causa contra Cristina es todo un invento; los libertarios tendrían que estar presos, no ella, que ayudó tanto a los pobres. La voy a defender porque soy peronista; mi primer juguete me lo dio Perón, ya van a volver esos días”. Frente al presente oscuro, Julia no baja los brazos: “Hay que unirse y seguir. Esto es caerse y levantarse, hasta la victoria siempre”.

La escena es un cuadro vivo de Antonio Berni: laburantes, jubilados, estudiantes, los nadies de la patria mirando hacia los ventanales altos, esperando el milagro de un saludo. La fachada de San José 1111 se transformó en un lienzo de amor plebeyo, un patchwork de pintadas, cartelitos y stencils que muerden las paredes: “Cristina libre”, “Gracias por todo”, “Siempre con el pueblo”, “El pueblo no olvida”, “Hay que ser muy cagón para no defender a Cristina”. En Constitución, las paredes siguen siendo las imprentas del pueblo.

Pablo Pérez se escapó un rato del laburo en el registro civil, ahí nomás, en Boedo. Hace un año que viene mínimo una vez por semana a hacer el aguante. Es la resistencia cotidiana: tomar mate en la vereda, charlar, conjurar la soledad y soñar con la libertad de la Jefa. “El día es gris como el año pasado. Medio bajón todo con Cristina que sigue presa, y encima el viernes se murió el Indio… son días difíciles”, dice con los ojos un poco húmedos. “Tenemos que meterle lucha para proyectar otro futuro, no podemos quedarnos en la bronca, la nostalgia y la melancolía. Hay que ponernos de acuerdo: primero la idea, después las personas”. Pablo cuenta con orgullo que pudo recibirse de licenciado en Ciencia Política en la Universidad de San Martín, cerca de su casa en Villa Adelina: “Esas universidades conurbanas que los gorilas odian; eso es un derecho, eso es el peronismo. Y por eso está presa Cristina, por dar derechos”.

A un costado, Julieta salta con sus compañeras de militancia llegadas desde Lanús. Tiene 21 años, hace changas en negro y vive al día, contando las moneditas que le quedan en el bolsillo. “Este gobierno dice que los jóvenes somos vagos, pero el tema es que nos sacaron el futuro. Si Cristina fuera presidenta, tendríamos estudio y un plato de comida”, dispara con la rabia de la juventud despojada. “El gobierno dice que no hay plata, pero se van de viaje y viven de joda currando. Con Cristina teníamos la heladera llena y los que nos íbamos de viaje éramos los laburantes. Ahora el deseo de un laburante es poder comerse un alfajor; miseria estamos pasando. Eso no pasaba con ella, ella es del pueblo”. Para espantar la tristeza, la piba tiene su propia receta: “Hay que luchar con fuerza y compartir el mate con todos los sectores populares. Unidos vamos a lograr la victoria, y esa ruta la marca Cristina”.

De golpe, el rumor de la marea humana se corta. Hay un estallido de bombos, los cantos se vuelven grito primario y las siluetas se amontonan contra el cordón. Cristina asoma al balcón, levanta las manos y saluda a las columnas. Abajo, algunas señoras mayores se quiebran en llanto. Las gargantas arrancan con las estrofas del Himno Nacional y, casi sin transición, el aire de Constitución se rasga con los primeros acordes de «Ji, Ji, Ji». Es el pogo más grande del mundo improvisado sobre el asfalto, un ritual eléctrico y furioso en honor al Indio eterno y a la Jefa sitiada. El torbellino de cuerpos arrastra el frío de junio, las penas de la molienda diaria y la certeza de una infantería plebeya que no disuelve la fiesta. Porque aunque el invierno judicial intente congelar el porvenir, las banderas siguen flameando en el pueblo. Al final, cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón.
