¿Cómo interpretar, desde el peronismo, qué se está disputando en esta interna? Una forma posible —deseable tal vez— es evitar leerla solamente como una disputa de nombres, características personales o aparatos; intentar volver a las fuentes, a la historia, y a los textos que dejó el propio Perón sobre el movimiento y la conducción política, y evaluarla desde ahí. Hoy es común ver a viejos catadores de peronismo —con una dudosa certificación de sommeliers— decir en formato de video corto para TikTok quién es y quién no es peronista. Cristina no lo era pero ahora sí lo es, y Axel es un progresista alejado de la verdadera doctrina; pero, ¿de qué están hablando? Vayamos por partes.

El punto de partida no puede desconocer la historia reciente. Cristina Fernández es, desde hace muchos años, la principal referencia del movimiento peronista. No solo por haber sido dos veces presidenta, sino porque alrededor de su liderazgo se ordenaron identidades, lealtades, candidaturas, resistencias y expectativas. En ese sentido, si el peronismo tuviera que reconocer una conducción política en las últimas décadas, esa conducción es la de Cristina. La pregunta, sin embargo, es otra: ¿esa conducción debe impedir la emergencia de otro candidato si ese candidato expresa mejores condiciones para disputar el poder? En términos de Conducción política del propio Perón, la respuesta no es obvia, pero sí bastante clara: la conducción no existe para conservarse a sí misma, sino para asegurar el éxito del movimiento.

Por supuesto que alguien como Perón no pensaba la conducción como “dar órdenes”, o como una demanda de obediencia. La pensaba como una relación orgánica entre conductor, cuadros y pueblo organizado. En el manual, los elementos de la conducción política son “los conductores”, “los cuadros auxiliares de la conducción” y “la masa y su organización”. Es decir: el conductor no trabaja sobre una materia pasiva, ni sobre subordinados mudos, sino sobre una comunidad política que debe estar organizada, formada y puesta en movimiento. Por eso, en los términos del propio Perón, la conducción no debía confundirse con caudillismo. Perón decía que la vieja conducción argentina era “una forma de caudillismo o de caciquismo”, en la que había “hombres que iban detrás de otros hombres, no de una causa”. La frase nos parece decisiva para pensar la interna actual porque la discusión no puede reducirse a quién debe obedecer a quién, sino más bien a cómo expresar mejor las respuestas al conjunto de peligros extremos a los que se enfrenta el pueblo argentino hoy.

Desde ese punto de vista, el problema no sería que Axel Kicillof quiera proyectarse como candidato presidencial. La existencia de un dirigente con votos, gestión y capacidad de representar no es, en sí misma, una amenaza para la conducción. Por otra parte, Axel Kicillof es nada menos que el Gobernador de la Provincia más populosa y más grande en términos económicos del país, ¿por qué su ambición de poder es un problema? Podría ser, incluso, lo contrario. En Conducción política aparece una idea muy potente: “El último hombre que es conducido en esa masa tiene también una acción en la conducción. Él no es solamente conducido; también se conduce a sí mismo. Él también es un conductor, un conductor de sí mismo”. Una conducción que no produce nuevos conductores, sino sólo obediencia, se parece menos a la conducción política de Perón que al caudillismo que él mismo criticaba.

La diferencia entre los años sesenta y setenta y la situación actual ayuda a ordenar mejor el argumento. Durante la proscripción del peronismo, la militancia no militaba por “otro candidato” porque el problema central no era simplemente electoral. El problema era que el sistema político había excluido al fundador del movimiento, había prohibido su nombre, había intervenido su representación y había convertido la ausencia de Perón en el núcleo mismo de la injusticia política. Militar por la vuelta de Perón era militar contra la proscripción del pueblo peronista.

Las condiciones actuales son distintas. Cristina está mal condenada y eso la proscribe injustamente de la disputa electoral. Pero el peronismo no está prohibido como identidad política, no está impedido de competir electoralmente y no tiene clausurada toda posibilidad de representación pública. Axel no aparece como un sustituto impuesto por el régimen para aceptar la proscripción de Cristina, sino como un dirigente surgido del propio espacio, con legitimidad electoral y responsabilidad de gobierno y, de hecho, incluso, como una de las pocas posibilidades de la libertad de Cristina. Por eso la pregunta no puede resolverse por analogía simple con los años de la Resistencia. En aquel momento, la consigna “Luche y vuelve” condensaba una situación histórica excepcional: sin Perón, el peronismo era obligado a ser otra cosa. Hoy, en cambio, la discusión es si la conducción de Cristina debe ordenar una transición, habilitar una candidatura competitiva o bloquearla en nombre de su propia centralidad, con el riesgo de condenar al país a la continuidad, no ya de un proyecto liberal, sino de uno decididamente de disolución nacional.

Perón ofrece otro criterio para evaluar esto: la unidad de concepción y la unidad de acción. No alcanza con tener un candidato competitivo si ese candidato rompe la concepción común; pero tampoco alcanza con invocar la unidad si esa unidad termina paralizando al movimiento. Perón advertía que la política no puede resolverse con rigideces doctrinarias, porque la conducción exige adaptación, oportunidad y comprensión de la realidad. En uno de los pasajes más citados del manual, afirma: “La Política, a pesar de que en ella hay algunos intransigentes, es un juego de transigencias. Se debe ser intransigente sólo en los grandes principios. Hay que ser transigente, comprensivo y conformarse con que se haga el cincuenta por ciento de lo que uno quiere, dejando el cincuenta por ciento a los demás”.

Aplicado a la interna, eso significa que Cristina podría reclamar unidad estratégica, orientación doctrinaria y respeto por la historia del movimiento. Pero, desde una lectura de manual, difícilmente pueda justificar que la preservación de su lugar de conducción valga más que la posibilidad de construir una alternativa de poder, más aún cuando lo que se está disputando no es una diferencia de modelos, sino la supervivencia misma de la nación. Si Kicillof expresa mejores condiciones para disputar la presidencia, la pregunta no debería ser si su candidatura desplaza a Cristina, sino si ordena a la mayoría social que se quiere representar y si permite recuperar capacidad de conducción operativa frente a esta tragedia que estamos viviendo.

Por supuesto, también hay una advertencia en sentido contrario. Si nos basamos en sus textos, Perón difícilmente habría celebrado una candidatura construida sobre la pura ruptura personal, el resentimiento o la fragmentación de fuerzas. El manual insiste en la economía de fuerzas, en la idea de que no se puede gastar la energía principal en conflictos secundarios cuando hay un adversario político como el que tenemos enfrente hoy. Una candidatura de Kicillof que rompiera la unidad de acción, dividiera al peronismo y debilitara sus chances nacionales también sería objetable. Pero, de ninguna manera, es claro que la candidatura de Kicillof signifique algo parecido a lo anterior. Por el contrario, si la interna aparece debilitando al conjunto, parece ser más por las grietas derivadas de los cuestionamientos a la poca obediencia de Kicillof que a otra cosa.

La conclusión, entonces, puede formularse así: si Axel es el dirigente con mejores condiciones para salir de esta crisis o expresar una nueva etapa, bloquearlo en nombre de la jefatura no parece lo más consistente con lo que dejó escrito Perón. Porque la conducción no debería ser obediencia. La interna, vista así, no discute solamente una candidatura, o no debería. Debería discutir, humildemente, si el peronismo va a organizar su futuro alrededor de una lealtad personal o de una causa histórica. Y si se toma en serio a lo que escribió el propio Perón, la respuesta parece bastante evidente: los nombres importan, pero sólo cuando sirven al movimiento. Y la conducción vale, pero vale porque conduce hacia la victoria de una causa. «