Hay un saber muy antiguo en los inconscientes de los pueblos: que vendrá un héroe anónimo y con astucia y coraje enfrentará a los esbirros de un régimen injusto. Los malvados se han hecho con el poder, la gente sufre y como un rayo de sol entre los nubarrones emergerá un justiciero.

El ejemplo más descriptivo que tiene Occidente es la leyenda de Robin Hood. Ricardo Corazón de León, el rey bueno, fue a recuperar Tierra Santa en las Cruzadas y su pérfido hermano, Juan Sin Tierra, usurpó el poder. Nadie como la película de Disney de 1973 supo retratar mejor el régimen de terror de Juan y su personero, el sheriff de Nottingham. El noble Robin comienza la resistencia, el pueblo empieza a creer, y finalmente los usurpadores son derrotados y la justicia restablecida. En esencia, las aventuras de Martín Fierro, con la diferencia que su lucha queda inconclusa.

Ya en el siglo XX, el historiador Eric Hobsbawm estudió esta leyenda y otras más, en el sur de España e Italia y luego en América Latina. Descubrió que era una forma en que los pueblos se organizaban contra sus opresores, sobre todo donde el capitalismo fallaba como integrador social. Un criminal robaba a un poderoso, o ejecutaba a un miembro de las fuerzas represivas, repartía su botín entre la gente común, y estos a su vez lo ocultaban y defendían. Hobsbawm se interesó mucho por los cangaceiros del nordeste brasilero, pero incluso estuvo en Chaco y estudió el caso de Isidro Velázquez. Fundaba así una nueva corriente historiográfica: la del bandolero social. En Argentina esta línea tuvo sus herederos.

Tempranamente, en 1968, el sociólogo Roberto Carri (el papá de Albertina) investigó y publicó el caso de Velázquez. Al desaparecerlo, la dictadura eclipsó esta corriente histórica hasta que en los 80s el gran Hugo Chumbita escribió Jinetes Rebeldes. Allí el Gauchito Gil, Artigas, el «Chacho» Peñaloza, el cacique Llanquetruz, Martina Chapanay, Bairoletto y Mate Cocido engañan o derrotan a las fuerzas del poder. Conmovido, León Gieco, que no es un bandolero social pero casi, tomó nota y escribió ese himno de la resistencia campesina que es Bandidos Rurales. El bandolerismo social era una forma organizativa del mundo agrario.

Cuando las sociedades se urbanizaron, esta práctica se fue olvidando. Además, en los 80s comenzó la crisis del marxismo y también el marco teórico fue dejado de lado. Pero la gente viaja con sus propias memorias que hereda a sus hijos. Hijos que se fueron a vivir a las ciudades. En este artículo no busco demostrar que el bandolerismo rural migró a las urbes. Quiero señalar que existen los narradores de ese bandolerismo urbano, y Patricio Rey es uno de ellos.

La vida urbana tiene elementos casi opuestos a la rural: altísima densidad, poco espacio (es decir, hacinamiento), cercanía con la autoridad, es muy difícil producir uno mismo los alimentos y los elementos de primera necesidad, por lo que la dependencia al dinero es mayor. Sin embargo, las consecuencias son similares: la desigualdad no se puede ocultar y algunos se enriquecen gracias a la miseria de los demás. La injusticia es más explícita que nunca. Las condiciones materiales y subjetivas para los nuevos bandoleros urbanos están dadas.Un ejemplo muy claro es el libro de Cristian Alarcón “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”. Allí narra la historia de Víctor “El Frente” Vital, un pibe chorro que no acepta su destino miserable.

En el muy opaco universo del fútbol, las barrabravas habitan en la criminalidad pero también suelen proteger a los hinchas de las agresiones de otras barras, de las policías locales o internacionales, o presionan sobre jugadores indolentes o árbitros sospechosamente parciales. En los clubes del interior, donde los negocios criminales son ínfimos, las barras mantienen encendida la pasión cuando los resultados son adversos durante décadas. El docente y sociólogo Pablo Alabarces es quien más se acercó a esta dualidad criminal-popular de las barras, con el concepto del “aguante”. En el ámbito de la política, la resistencia peronista a partir de 1955 ilustra de modo más prístino la confrontación con un régimen opresor en el marco de la ilegalidad.

Posiblemente sea El Eternauta (publicado en 1957) el personaje que mejor grafica esa lucha. Dentro de los 18 años de resistencia peronista que van de 1955 a 1973 también se inscribe la actividad de Montoneros y otras guerrillas urbanas. Montoneros tiene su propio texto bandolero, El Eternauta 2, publicado en diciembre de 1976. Es en el mundo del rock nacional, con epicentro en los años 90s, donde más explícitamente se narran las aventuras de héroes contradictorios. Muchas veces son derrotados por sus propios vicios y a la vez, son víctimas de un sistema injusto. Esos personajes nobles e innobles a la vez, son reivindicados por los juglares. El más singular de ellos, es una voz inmaterial llamada Patricio Rey. Antes encarnada por Los Redonditos de Ricota, después por el Indio Solari, mañana quizás por los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

Dato de color: Rocambole, el responsable del arte de tapa de los Redondos estudió en Brasil durante la hegemonía de la corriente tropicalista, que a su vez estaba influida por la literatura de cordel, los folletines donde se pubicaban las historias de los cangaceiros. Propongo algunos ejemplos, seguramente innecesarios para los lectores más ricoteros. El escenario de miseria e injusticia social se refleja en “el futuro llegó hace rato, todo un palo, ya lo ves”. En Juguetes perdidos dice: “Cuando el granizo golpeó, la campana sonó, despertó sus tristezas, atronando sus nidos” y también “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”. Tomé solamente dos ejemplos de temas muy conocidos. A su vez el tema denuncia el accionar policial que tuvo como víctima a Walter Bulacio.

Respecto de la persecución y la represión que ejerce el sistema, en Queso ruso dice: “y muchos marines de los mandarines que cuidan por vos las puertas del nuevo cielo”. Nuestro amo juega al esclavo comienza así: “Mucha tropa riendo en las calles con sus muecas rotas cromadas y por las carreteras valladas escuchás caer tus lágrimas”. También hay muchas más referencias, como el tema Sheriff que habla casi exclusivamente de esto.

Los héroes contradictorios o antihéroes: un caso evidente es El pibe de los astilleros, que ya desde comienzo del tema se sabe que estuvo preso. Pero la canción también señala que todo lo hizo por amor. En Jijiji los protagonistas están al borde del desmán: “Esos chicos son como bombas pequeñitas” y “tipos que no duermen por la noche” que van “tiranizando a quienes te han querido” pero también (uno de ellos) “se ofreció mejor que nunca”.

En Me matan limón hay un consenso casi absoluto que refiere a la muerte del narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria. Para muchos, un protector de su pueblo. En fin: la letra críptica de Solari y los Redondos puede justificar muchas visiones pero hay un consenso casi total que la música de Patricio Rey representa rebeldía, insumisión, resistencia de los rotos y los subalternos. Que posiblemente sean derrotados, incluso por sus propios vicios, pero la represión cruenta del régimen demuestra que ellos tenían razón.

Martín Fierro narra sus propias desventuras. Patricio Rey narra las de sus herederos urbanos. Al finalizar la historia de Fierro, él parte, no cuenta hacia dónde. Pero en 2026 sí se sabe. Él o sus hijos se fueron a los cordones industriales de Buenos Aires, Rosario o Córdoba. PR es su descendiente directo en la ciudad, con sus miserias, fraternidades y esperanzas de un mundo más justo. Ese Patricio Rey, el de las luchas populares, es imposible que muera.