El Scudetto baña Nápoles, la ciudad que le habla al mundo entero

Por: Andrea Meccia

En las calles de la ciudad se vive una procesión desde el jueves, cuando el Nápoli gritó campeón después de 33 años. La presencia de Maradona y las claves del equipo.

En las calles del centro histórico hay una de las más importantes procesiones religiosas que marcan la vida de la ciudad. Hoy, 6 de mayo, el sábado que conduce al primer domingo del mes, se celebra como cada año el primer milagro del año de San Jenaro, el patrono principal de Nápoles. Mientras tanto, una multitud exterminada de personas camina por la ciudad, una metrópoli de sabor volcánico con vistas al Mar Mediterráneo, llena de turistas de todo el mundo y borracha de una alegría que tiene su epicentro en los Cuarteles Españoles. Es allá, entre sus callejones serpenteantes, que se venera el culto de Diego Armando Maradona, D10S. Hace dos días que el Napoli – tras el empate como visitante contra Udinese, en un estadio teñido de azul, más o menos a 800 kilómetros de aquí – es campeón de Italia por tercera vez en su historia

Desde el pitido final del árbitro es fiesta grande en toda la ciudad, con medio millón de personas por las calles. La del 4 de mayo, fue una noche de alegría manchada también por un homicidio de camorra (así titulan los diarios), la mafia ciudadana, en el cual murió un joven de 26 años. Un episodio espeluznante que no oscurece la actual imagen de una ciudad mil veces víctima de un cuento estereotipado en el cual domina el aspecto criminal. 

Son miles las citas literarias que rebotan entre las redes sociales y las pancartas que rediseñan el paisaje urbano hace semanas. La que quizás le queda como un guante a la Nápoles de estas horas es la de Pier Paolo Pasolini, el poeta asesinado que veía la ciudad como la «última grande aldea». Una aldea global podríamos sin duda agregar. De Londres a Buenos Aires, de New York a París, de Australia a Japón, la fiesta en honor al equipo (y a la ciudad) no tiene límites geográficos. Porque los napolitanos son un pueblo de inmigrantes, por supuesto, pero también porque Nápoles es una ciudad capaz de hablarle al mundo entero a través de sus expresiones artísticas y su historia. 

Volviendo a la del equipo, hay que recordar que acá se ganó el último scudetto hace 33 híper-simbólicos años, durante la única e irrepetible era maradoniana que vio el Nápoli triunfar en Italia (dos scudetti, una copa y una supercopa nacional) y en Europa (una Copa Uefa). El equipo de hoy – un plantel que tiene 19 jugadores extranjeros, un argentino (Giovanni el Cholito Simeone), sin campeones renombrados – fue capaz de destruir una dictadura futbolística del norte de Italia en la cual dominaron Juventus con 15 títulos, Milan con 8 e Inter con 6, dejando la sensación que los éxitos de Sampdoria (1991), Lazio (2000) y Roma (2001) fueron accidentes de la historia. 

El Nápoli del presidente-productor cinematográfico Aurelio De Laurentiis que hace 19 años dio vida al nuevo Nápoli después de la quiebra empresarial, del iluminado director deportivo Cristiano Giuntoli y del visionario entrenador Luciano Spalletti ofrece su imagen a la Italia y al mundo de «obra maestra sostenible». Así escribió el diario La Gazzetta dello Sport de obsequio a una de las categorías políticas del siglo XXI. Una sostenibilidad económica y societaria. Como recuerda el diario La Repubblica, Nápoli «en los últimos diez años ha gastado menos que Juve, Inter, Roma y Milan» llegando a ganar un campeonato con un mes de antelación y sin tener un verdadero rival. Algo difícilmente imaginable en agosto de 2022, cuando, entre el escepticismo de hinchas y medios de comunicación, el equipo empezó la temporada con el lateral derecho Giovanni De Lorenzo por primera vez como capitán, el desconocido georgiano Kvaratskhelia (hoy mago de gambetas y poeta del gol) como zurdo extremo, el coreano Kim en el centro de la defensa y el nigeriano Victor Osimhen, delantero con la camiseta número 9, hasta aquel momento incapaz de mostrar al mundo su fuerza explosiva. Un Nápoli rejuvenecido y profundamente renovado en el alma y en el espíritu que había saludado, con emoción, los protagonistas de las últimas maravillosas y inconclusas temporadas: el talentoso napolitano Lorenzo Insigne, el goleador- recordman Dries Mertens y el “muro” senegalés Kalidou Koulibaly. Un Nápoli muy bien conducido por Luciano Spalletti, 64 años. Maestro de fútbol a su primer y merecido título italiano, Spalletti ganó acá, en la única gran metrópoli italiana con un solo plantel que la representa. Nápoles, una ciudad, un equipo, un pueblo.

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