Hasta acá gana la FIFA. ¿Cómo no va a ser espectacular ese Fluminense-Dortmund un miércoles al mediodía de la Argentina? Acá tenemos, con jugadores de carne y hueso, los torneos que alguna vez armamos en algún juego de fútbol de cualquier consola.

Bosman inició su batalla en 1990 cuando el Royal FC de Lieja, el equipo para el que jugaba, pretendió renovarle su contrato con una fuerte rebaja y le impidió irse al Dunkerque de la segunda división francesa. Tenía 26 años. Bosman demandó en la justicia al club y a la UEFA. Reclamó que si un contrato se terminaba, el jugador podía irse libre, la ficha le pertenecía. Cinco años después, el 15 de diciembre de 1995, una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea no sólo le dio la razón en cuanto a los traspasos, también determinó ilegales los cupos de extranjeros cuando se tratara de ciudadanos europeos. Fue lo que cambió todo.
Con la Ley Bosman, los clubes más poderosos iniciaron su política de extractivismo. El pasaporte comunitario habilitó el éxodo de los cracks. Bosman fue mala palabra para el negocio del fútbol a pesar de que a sus colegas les permitió ganar millones. Una vez que sus contratos se terminaban, podían irse con su pase a cualquier club. Sólo unos pocos jugadores aportaron a un fondo para que Bosman pudiera vivir luego de haberse convertido en una persona envenenada, alcohólica y depresiva. El FIFPro, el sindicato internacional de futbolistas, le paga una pensión mensual.
A partir de Bosman se estableció el dominio europeo en las competiciones entre clubes. Los más poderosos se llevaron a los mejores, lo que amplificó las distancias futbolísticas. El Mundial de Clubes, aún en sus formatos anteriores, lo mostraron: sólo una de las últimas diecisiete ediciones la ganó un equipo sudamericano: Corinthians en 2012. Pero también impactó en la disputa entre selecciones. En los años siguientes, hubo sólo dos campeones mundiales no europeos: Brasil en Corea-Japón 2002 y la Argentina en Qatar 2022.
La ley Bosman iba a ser inevitable y no se puede culpar a un jugador por defender sus derechos y, por consecuencia, el de sus compañeros. La cuestión es el sistema. La compra masiva de cracks coincidió, sobre todo, con la explosión del negocio del fútbol, el estado bullish de los derechos de televisión, las marcas haciendo lo suyo, la venta de ropa por los aires, y una globalización que hizo que en las escuelas se poblaran de camisetas de Real Madrid. Porque ahí también se construyó otro deseo, el de jugar afuera, el de irse rápido a ponerse la camiseta del equipo con el que jugamos en la Play, como lo hará ahora Franco Mastantuono. No fue Bosman, fue el capitalismo.
Es tan así que ahora, por ejemplo, es Europa la que se queja de que Arabia Saudita tiente a sus jugadores con sus petrodólares. También se queja de que la FIFA y Estados Unidos entretenga a sus futbolistas con un Mundial de Clubes. Se disputan una mercancía, la atención de millones de futboleros en todo el mundo. Hasta acá gana la FIFA. ¿Cómo no va a ser espectacular ese Fluminense-Dortmund un miércoles al mediodía de la Argentina? Gianni Infantino sólo tuvo que estirar un poco más la masa de su producto fútbol, como lo llamaba Joao Havelange. Y acomodarlo al mejor horario de la televisión, en ocasiones inhumano para los jugadores. Acá estamos nosotros comprando, bajando la aplicación de DAZN que nos da todos los partidos a cambio de nuestros datos. Somos lo que consumimos.
El Mundial de Clubes es mercantilismo a tope y también competencia. Se les puede ganar a los europeos porque, atención, esto es fútbol. Están los mejores del mundo jugando entre ellos, aún con ausencias, y es lo que al futbolero le gusta ver. Acá tenemos, con jugadores de carne y hueso, los torneos que alguna vez armamos en algún juego de fútbol de cualquier consola. Las diferencias se mantienen desde aquella explosión noventista, pero el fútbol todavía genera la idea de igualdad, al menos por un rato.
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