Ping Pong con Norman Briski: “No le doy mucha bola al paso del tiempo”

Por: Nicolás Peralta

A los 87 años, sigue actuando, escribiendo y militando. Su filosofía rechaza la nostalgia y apuesta siempre al presente.

Actor, director, dramaturgo y docente. Norman Briski es una institución. Nacido en Santa Fe en 1938, hijo de madre ucraniana y padre bielorruso, a los nueve años se fue a vivir a Córdoba, donde empezó con el teatro callejero. Militante desde siempre, comenzó a hacer cortos comprometidos con la realidad de sus tiempos, estudió en el conservatorio y empezó a trabajar en televisión gracias a María Elena Walsh.

Después del servicio militar escribió una obra que se llamaba Verde oliva, sobre las vicisitudes de lo que significaba el ejército en ese momento. A los 20 años fue a Nueva York a estudiar en el Actors Studio y también con Étienne Decroux, el maestro de todos los mimos famosos de aquel tiempo. Conoció a Buster Keaton en Chicago y volvió a la Argentina.

Desde entonces hizo unas 80 obras de teatro y otras tantas películas. Es uno de los máximos referentes de la cultura argentina y también uno de sus protagonistas más queridos y respetados.

—¿Cuál es su primer recuerdo del teatro?

—Empecé a los cinco a acercarme al teatro y tengo 87, o sea, hace ni más ni menos que 82 años. Me acuerdo que en el colegio estaban preparando una obra y en esa obra había una torta. Entonces dije: “Uy, si actúo en esa obra capaz que ligue un cacho de torta”. Bueno, toda mi vida fue parecida a esa obra (risas).

—¿Se siente un referente?

—No me preocupo por ser referente de nada. Si lo soy es porque el otro me considera así, pero no me pongo a pensar en eso.

—¿Cómo era en el colegio?

—Era un alumno muy buenito hasta que fui muy malito. Era muy dócil y relajado, pero luego se fue dando un cambio y era de agarrarme a las piñas. Soy técnico electromecánico, recibido en la escuela industrial, y en la escuela industrial podías tener de una a siete peleas diarias. Era prácticamente parte de la currícula (risas).

—¿Trabajó como técnico electromecánico?

—Sí. Después evidentemente cambié de rubro. Pero me vino bien para tener una gestión total del teatro en términos de lo que significan luces y escenografía. Tengo una noción más amplia que lo estrictamente artístico.
—¿Cómo llegó a su vida la docencia?

—Cuando estuve en el exilio empecé a ejercer de maestro de teatro en la comunidad latina de Nueva York. También trabajé como actor, pero ahí es donde ejercí por primera vez para hacer unos mangos, y me armé mi método propio. Desde entonces lo hago. Cuando volví después del exilio de diez años continué dando clases.

—¿Cómo recuerda el exilio?

—Es muy feo. Empecé en Perú, después Venezuela, después México, después Francia, después España y después fui a varias ciudades de Estados Unidos. Se sienten tantas cosas que es para escribir una novela, pero te lo resumo: el exilio es durísimo. Con el tiempo se va aprendiendo y uno se va acostumbrando, pero no es fácil. Yo tuve una ventaja que no todos tuvieron: mis padres también fueron exiliados. Entonces ya tenía una especie de cultura de estar en un país que no era el mío.

—¿Cómo fue la vuelta?

—También durísima. Volver al país y ver que es otro, que no es el que yo viví con esplendor: los tiempos buenos que vivimos cuando yo era chico, durante el primer peronismo, ya no estaban y no iban a volver. La alegría y los muchos juegos con los que me formé ya no estaban. Pero siempre le di para adelante. Hacer teatro me ayudó a canalizar y a poder seguir militando desde las obras que fuimos haciendo. Hago lo que tengo ganas de hacer. Hago obras, escribo, dirijo y doy clases.

—¿Hay una forma de sacar lo mejor de un actor y pulirlo?

Es un misterio eso. Depende de las ganas que tenga cada uno de dejar salir ese lado lúdico o expresivo que
tenemos.

—¿En su caso qué fue?

—Yo iba a un club y ahí nos poníamos a bailar, y yo bailaba distinto. Y cuando íbamos a jugar básquet, en el viaje a los partidos era el que hacía reír en el colectivo. Hubo personas que me empujaron a tomar confianza con el mundo artístico. Hay elementos que con ayuda salen. Mis padres nunca me cercenaron y mi hermano mayor siempre se ha reído mucho con las cosas que hacía. De adolescente iba a ver teatro casi todos los días.

—¿Cómo se alimenta la imaginación?

—Las ocurrencias en el campo de la creatividad son muy caprichosas. Te pueden llegar en los ensayos, charlando con un amigo o durmiendo. La ocurrencia aparece y listo.

—¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?

—No le doy mucha bola. En realidad el pasado o el futuro son medio parecidos: solo que uno ya lo hiciste y el otro no sabés qué te va a tocar. Todo es presente. Y cuando agarro algo de atrás, de lo que pasó, es porque es presente, no es pasado. Pero no me gusta recordar por recordar. Yo siempre voy a lo que me toca. Hacia adelante.

—¿Hay límites en el humor?

—Depende del contexto. Yo no hago chistes sobre cosas graves que están pasando, pero hay otros que tienen la capacidad de manejar bien el humor negro. No es mi vocación. Siempre hay algo que no es para reírse. Si hablás de Palestina, no es para reírse; del hambre del otro, o de la violencia o la discriminación, no sé si me puedo reír. Pero otro quizás entiende que es un chiste. Depende de cómo se diga, en qué contexto y por qué.


—¿Hay una clave para estar de buen humor?

—El entusiasmo. Si querés hacer algo, hacelo. Aunque no te salga: después le buscamos la vuelta.

—¿Es de cuidarse?

—Sí, un poco sí, pero me olvido porque quizás lo incorporé para sentirme bien. No quiero vivir mucho para durar, para aburrirme. Quiero estar bien para hacer cosas, para armar proyectos. «

Ping pong con Norman Briski



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